“El futbol es un lenguaje que se habla sin palabras; una fuerza que une a las personas, que convierte a desconocidos en amigos y que nos recuerda todo lo que tenemos en común”.

Tom Cruise. Discurso previo al partido de la final del Mundial 2026

Caído el telón mundialista, no resulta extraño hacer una analogía con los gobiernos populistas: la construcción de un relato alrededor de un líder único e indispensable, de un pueblo al que dicen representar y de instituciones que terminan subordinadas.

Todo, mientras el guion funciona. Pero tarde o temprano la realidad termina imponiendo límites. Las reglas, las instituciones y la competencia auténtica acaban por prevalecer sobre la propaganda.

Espectáculo y credibilidad

El desenlace del Mundial dejó una polémica generalizada. Una buena parte de la afición estuvo convencida de que la FIFA había construido un camino privilegiado para Argentina y Lionel Messi, el principal rostro comercial del torneo.

La percepción empezó a generarse temprano, desde la elaboración del calendario, que implicó para la escuadra argentina menos desplazamientos que para otros contendientes, y creció con decisiones arbitrales discutibles, anulaciones de goles y otras jugadas controversiales que alimentaron la sospecha de un criterio desigual.

No obstante, de que se tratara de percepciones y sospechas, la acumulación de episodios terminó deteriorando la credibilidad del torneo.

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Y, el desenlace pareció convertirse en epitafio de ese populismo deportivo, cuando la institucionalidad y el juego consiguieron imponerse sobre una narrativa que durante semanas alimentó la idea de un torneo diseñado para favorecer a un equipo y a sus figuras.

Los últimos momentos del campeonato reflejaron el desgaste previo. La ceremonia de premiación estuvo marcada por escenas lamentables protagonizadas por jugadores y directivos argentinos. Empujones, agresiones verbales y un ambiente alejado del espíritu deportivo. (No refleja esto al gran país que es Argentina y su gente).

El remate, un árbitro ampliamente rebasado y hasta Donald Trump buscando protagonismo durante la premiación, politizando un momento que pertenecía exclusivamente a los campeones.

En contraste, el rey de España, el presidente del Gobierno e incluso los integrantes de la selección española, privilegiaron el reconocimiento al esfuerzo colectivo, el respeto al rival y la celebración institucional. Sin convertir la victoria en un instrumento de confrontación.

La política entró a la cancha

La organización del torneo, encabezada por Gianni Infantino se caracterizó por episodios de populismo.

Durante el sorteo de los grupos Infantino otorgó a Trump el primer Premio de la Paz de la FIFA. Levantando cuestionamientos de Organizaciones civiles independientes y de parlamentarios europeos.

Por otro lado, las políticas migratorias del gobierno estadounidense también provocaron tensiones frente a los principios de apertura que históricamente ha defendido la FIFA. Sin embargo, las restricciones de visados afectaron el desplazamiento de miles de aficionados y obligaron a modificar aspectos logísticos de la selección de Irán.

Previo a la final, en una recepción privada en la Torre Trump, Infantino elogió al mandatario y expresó que “el sueño americano se había hecho realidad”, presentando la justa como el mayor acontecimiento sociocultural del planeta. Trump, fiel a su estilo, bromeó con la posibilidad de organizar una Copa del Mundo sin México ni Canadá.

En México tampoco faltó el componente político. La presidenta Claudia Sheinbaum anunció que no asistiría a los partidos del Mundial por coherencia con su política de austeridad y, en un acto populista, “regaló” su boleto del juego inaugural a una niña indígena.

Aseguró reiteradamente que prefería mantenerse cercana al pueblo y no acudir a actos protocolarios. Sin embargo, participó en la cena de gala celebrada en el Castillo de Chapultepec junto a figuras del poder político, económico, artístico y deportivo.

Y acudió a la ceremonia de clausura, argumentando una invitación de última hora del presidente Trump, se canceló el viaje en vuelo comercial y terminó siendo en aeronave de la fuerza aérea. Una imagen que terminó contrastando con el discurso de austeridad y sencillez que había buscado proyectar durante todo el torneo.

El silbatazo final

Quizá la mayor enseñanza que deja este Mundial es que los relatos populistas pueden dominar durante un tiempo. Pueden construir héroes, emociones y hasta convencer que un proyecto es invencible.

Pero cuando se pierde la credibilidad, cuando las reglas dejan de percibirse como iguales y el espectáculo parece sustituir al mérito, la confianza se desmorona y ninguna propaganda es capaz de imponerse indefinidamente sobre la realidad.

Eso ocurre en el futbol y también en la política.

X: @diaz_manuel