REFUTACIONES POLÍTICAS

En la madrugada del 28 de junio de 1969, los adoquines de Greenwich Village no presenciaron un desfile patrocinado por marcas de lujo ni una coreografía diseñada para el algoritmo de una red social. Lo que estalló en el bar Stonewall Inn fue una revuelta brutal y espontánea de los expulsados del orden civil; una respuesta frontal del cuerpo frente a la porra policial y la taxonomía psiquiátrica que pretendía confinar la existencia a la categoría de la patología y el calabozo. Aquella no fue una fiesta de la tolerancia; fue un acto de legítima hostilidad política contra el monopolio de la moral de Estado.

Casi seis décadas después, el panorama ofrece una mutación tan paradójica como perversa. Las corporaciones globales se apresuran a teñir sus logotipos con el arcoíris durante el mes de junio, los bancos financian contingentes en las marchas y el discurso público se engolosina con un nominalismo infinito que inventa una sigla, una etiqueta o un casillero para cada minúscula variable del deseo. Lo que nació como una trinchera de liberación se ha convertido, bajo el sutil embrujo de la cultura woke y el neoliberalismo camaleónico, en un sofisticado nicho de mercado. El militante peligroso de ayer ha sido domesticado, desarmado y devuelto a las calles convertido en un pulcro consumidor.

Hay que decirlo con claridad y sin concesiones: la división binaria entre el “homosexual” y el “heterosexual” no es un descubrimiento de la biología ni una verdad ontológica inmutable. Es una burda invención clínica y jurídica del siglo XIX —acuñada por el activista Karl-Maria Kertbeny en 1869 y secuestrada por la psiquiatría punitiva de Krafft-Ebing— cuyo propósito de fondo jamás fue la libertad, sino el control biopolítico. El Estado industrial y burgués necesitaba gestionar las poblaciones, medir la natalidad y asegurar la reproducción de la mano de obra; para ello, resultaba indispensable etiquetar lo “anormal” para edificar, por contraposición, la obligatoriedad de la familia nuclear productiva.

En el mundo antiguo, esa camisa de fuerza conceptual habría resultado incomprensible. Para los griegos de la polis clásica, el deseo no era un documento de identidad ni un pasaporte estamental. No se era homosexual; se ejercía la sexualidad como un espectro natural de actos donde la única frontera moral era la sophrosyne: la moderación y el autogobierno frente a los excesos de la carne. El error de nuestro siglo ha sido comprar la premisa del opresor decimonónico, creyendo que la emancipación consiste en multiplicar los casilleros de la celda en lugar de derribar los muros de la prisión.

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El progresismo neoliberal ha cooptado la disidencia sexual vaciándola de toda potencia revolucionaria. Al desplazar la batalla política desde la exigencia de justicia material y la soberanía del cuerpo hacia disputas puramente lingüísticas, estéticas y punitivas, el capital ha respirado aliviado. Mientras los ciudadanos se despedazan en las redes sociales por el uso de un morfema, las estructuras económicas de opresión que verdaderamente marginan a los desposeídos permanecen intactas. Se ha cambiado la abolición de la norma burguesa por la asimilación mercantil: ya no se impugna al sistema; se le exige que nos venda mercancías inclusivas.

Frente a esta fragmentación identitaria que le hace el trabajo sucio al poder dividiendo a los sujetos políticos en infinitos guetos de consumo, se vuelve urgente rescatar la radicalidad del humanismo. Es momento de abandonar las etiquetas artificiales y reclamar el derecho a la sexualidad a secas y a la identidad a secas. La libertad absoluta en el ejercicio de la existencia no necesita el permiso de un catálogo mercantil ni la validación de un Estado interventor.

El único límite legítimo es el viejo imperativo categórico kantiano: entender y tratar a las personas siempre como fines en sí mismas, poseedoras de una dignidad ontológica inalienable, y jamás como meros objetos de consumo, desecho o propaganda. Solo despojando a la diversidad de su envoltorio corporativo podremos recuperar la dignidad de la calle y la memoria de la barricada. De lo contrario, seguiremos marchando no hacia la libertad, sino hacia la caja registradora.

@RubenIslas3

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