“Soy el jefe de jefes, señores
Y decirlo no es por presunción
Muchos grandes me piden favores
Porque saben que soy el mejor
Han buscado la sombra del árbol
Para que no les dé duro el sol”.
Los Tigres del Norte
Durante los últimos años nos explicaron —con paciencia pedagógica desde Palacio Nacional— que México se mandaba solo. Que la soberanía no se negociaba. Que los tiempos de subordinación habían terminado.
Y sin embargo, el nombre que durante años flotó como espectro omnipresente —ciertamente durante el gobierno de López Obrador, quien no hizo nada de nada por capturarlo— terminó siendo abatido bajo presión extranjera: Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación.
El hombre invisible para Morena.
Qué curioso concepto de pacificación tuvo y ha tenido el obradorismo: el Estado se retira y el crimen administra.
No hablo de sobres amarillos, esos son aparte. Me refiero al diseño estructural. Cuando un gobierno decide no confrontar frontalmente, el actor violento que sí confronta ocupa el espacio. Eso no es teoría conspirativa de derechas. Es física del poder.
Y entonces ocurre lo inevitable: el vecino del norte se impacienta. Particularmente cuando está lidereado por el anaranjado personaje.
Estados Unidos no actúa por altruismo. Actúa por fentanilo, por presión del Congreso, por ciclos electorales, por titulares incómodos. Actúa cuando su problema doméstico cruza la frontera. Y de pronto, lo que era un fantasma intocable se vuelve prioridad internacional.
Si la intervención estadounidense fue decisiva —y todo indica que lo fue— la pregunta es devastadora: ¿Dónde estaba la famosa autosuficiencia estratégica?
Porque aquí solo hay tres opciones, y ninguna es halagadora:
1. No sabían exactamente dónde estaba ni cómo operaba: incompetencia.
2. Sabían y no actuaban: tolerancia funcional.
3. Actuaron solo cuando la presión externa lo volvió inevitable: dependencia.
Elija usted la tragedia institucional que prefiera. Lo que no cabe es la épica soberanista. Después de todo, la captura ocurre en un momento de máxima presión bilateral por el fentanilo y con Washington elevando el tono. Las coincidencias, en política de seguridad, rara vez son inocentes.
Resulta fascinante que el gobierno que presume hasta el precio del limón guarde prudente sobriedad cuando se trata del jefe del grupo criminal más expansivo del continente. Para inaugurar una obra hay mañanera especial. Para el capo mayor, silencio administrativo. La prudencia selectiva es el nuevo humanismo. Si el operativo fue fruto de cooperación sostenida, bienvenida. Pero entonces que se diga con claridad. Lo que no cabe es vender autosuficiencia y practicar interdependencia silenciosa.
El CJNG no es solo droga. Es control territorial, captura municipal, financiamiento local, disciplina electoral en regiones completas. No se sostiene una estructura así durante años sin redes de protección política, financiera y logística. El crimen organizado no opera en el vacío. Opera en ecosistemas permisivos.
Y aquí entra lo verdaderamente incómodo: la coexistencia. El movimiento que prometió barrer con la corrupción terminó gobernando un país donde el grupo criminal más sofisticado del momento amplió presencia territorial. No fue un choque frontal. Fue una convivencia paralela. Dos estructuras expandiéndose en mapas distintos… Pero superpuestos.
Eso no necesariamente es pacto explícito. Puede ser algo más moderno y más cínico: colusión funcional. El Estado reduce confrontación directa. El cártel reduce confrontación abierta con el Estado. Cada quien administra su parcela. Hasta que la presión externa rompe el equilibrio.
Porque el equilibrio no lo rompió una decisión moral. Lo rompió Washington.
Y ahí está la paradoja que duele: la seguridad mexicana depende del calendario político estadounidense. Si en Estados Unidos el fentanilo se vuelve tema de campaña, en México aparece de pronto la eficacia operativa. Eso no es cooperación bilateral madura. Eso es auditoría involuntaria.
El discurso fue soberanía. La práctica fue GPS prestado.
Y hay algo más. Cuando un liderazgo criminal de esa magnitud cae o es neutralizado, no llega la paz. Llega la fragmentación. Los reacomodos. Las disputas internas. Las venganzas territoriales.
La narrativa oficial venderá firmeza. Dirá que no hay guerra. Pero lo que veremos es reconfiguración. Cruenta reconfiguración. De esa que obliga a uno a guardarse en casa.
Pero no es que México no pueda operar. Es que decide operar cuando el incentivo externo supera el costo interno.
Porque los capos no sostienen estructuras solos. Sostienen equilibrios. Y cuando el equilibrio se rompe, la violencia suele democratizarse.
El Mencho no cayó. El Mencho fue soltado por la narrativa de autosuficiencia. Fue soltado por la presión externa. Fue soltado por la necesidad de demostrar cooperación. El operativo puede haber sido impecable. Lo discutible no es la eficacia técnica, sino la cronología política.
Y lo que quedó al descubierto no es solo un criminal. Es la fragilidad de un discurso de la 4T que prometía control total mientras el mapa real se pintaba de otro color.
La verdadera transformación no fue moral. Fue territorial. Claro que sí. Y la soberanía no se perdió el día que cayó El Mencho. Se perdió el día que quedó claro que la voluntad política dependía de la presión exterior.



