Todos y todas somos reemplazables en la política, en el gobierno, en cualquier trabajo y hasta en algunas relaciones personales, menos para nuestros padres. Es una realidad cruda, pero necesaria de asimilar.

El mundo sigue girando cuando alguien parte, los escritorios se ocupan de inmediato. En la carrera por demostrar que somos indispensables, estamos entregando lo único que no se puede sustituir, la vida misma. El estrés hoy está cobrando vidas de todas las edades y está acabando con la salud mental y física de una sociedad que camina al límite.

Hemos normalizado vivir bajo presión permanente. En el entorno laboral, tristemente, el estrés se ha convertido en una absurda medida de valor, una competencia tóxica para ver quién aguanta más, quién duerme menos o quién soporta el peor trato. Qué urgente es que en los espacios de trabajo se deje de minimizar este problema. Quemarse la cabeza y el cuerpo no es sinónimo de compromiso, es el síntoma de un sistema enfermo que prefiere la productividad inmediata al bienestar humano.

La solución de raíz no está en parchar la crisis cuando ya es tarde, sino en prevenirla. Qué importante es que desde niñas y niños se enseñe a gestionar las emociones y el estrés.

Si desde la infancia aprendemos a identificar el miedo, la frustración y el cansancio, creceremos como adultos capaces de poner límites y de entender que el éxito no tiene por qué costar la salud o la propia vida.

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El bienestar emocional no es un lujo, es un derecho y una urgencia. Por eso, juntas y juntos impulsemos entornos donde cuidar de nuestra salud mental laboral sea la verdadera prioridad, recordando siempre que ningún trabajo vale más que nuestra propia vida.

Jennifer Islas. Política y conferencista.

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