Ese subtítulo le dice al lector que no va a encontrar un ataque personal, sino un análisis del ejercicio del poder.
Y creo que el texto debe arrancar con una entrada fuerte como ésta:
Durante años, Donald Trump hizo de la edad y de los aparentes signos de deterioro cognitivo de Joe Biden uno de los ejes de su estrategia política. No se limitó a cuestionar sus decisiones de gobierno; ridiculizó sus lapsus, exageró sus tropiezos y convirtió el paso natural del tiempo en un argumento para desacreditar a su adversario. Millones de estadounidenses terminaron aceptando esa narrativa, convencidos de que la fortaleza física y mental constituía una diferencia esencial entre ambos.
La vejez, sin embargo, no es una ofensa. Tampoco la disminución paulatina de algunas facultades. Es una condición inherente a la naturaleza humana que alcanza, tarde o temprano, a todos. Lo que sí merece una reflexión política es haber utilizado esa realidad biológica como instrumento de burla, como si quien lo hacía estuviera exento del mismo proceso. La política tiene una memoria implacable y el tiempo acostumbra colocar a los dirigentes frente al espejo de sus propias palabras.
Los episodios recientes protagonizados por Trump han vuelto inevitable esa comparación. Declaraciones confusas, errores públicos, lapsus, cambios bruscos de tono, momentos incómodos durante encuentros internacionales y una creciente necesidad de protagonismo han comenzado a generar preguntas que hace apenas unos meses parecían reservadas exclusivamente para Biden. No corresponde convertir esos episodios en diagnósticos médicos ni en descalificaciones personales. Lo que sí corresponde es reconocer la ironía política: el argumento que Trump utilizó con tanta insistencia para debilitar a su adversario regresa ahora para interpelarlo a él.
Pero el espejo refleja algo más profundo que el paso del tiempo.
Refleja la soberbia del poder.
Cuando un dirigente permanece demasiado tiempo rodeado de aplausos, cuando deja de escuchar voces críticas y comienza a creer que su intuición está por encima de los hechos, aparece una peligrosa ilusión de invulnerabilidad. Es entonces cuando los errores dejan de reconocerse, las rectificaciones se consideran una muestra de debilidad y el poder empieza a confundirse con la razón misma.
En ese contexto deben entenderse episodios recientes que van mucho más allá de un simple lapsus. Su protagonismo durante la ceremonia del Mundial de Clubes, desplazando el centro de atención desde los auténticos protagonistas hacia la figura presidencial, mostró una tendencia preocupante a invadir espacios que pertenecen al deporte y a la sociedad, no a la política. El futbol, como tantas otras expresiones universales, debería seguir siendo un punto de encuentro entre los pueblos, no un escenario para la exaltación del poder.
Algo semejante ocurre en la política internacional. Las tensiones con aliados históricos dentro de la OTAN, la forma en que ha conducido algunos desencuentros diplomáticos y ciertos episodios recientes durante reuniones multilaterales reflejan un liderazgo cada vez más personalista, menos dispuesto a la prudencia y al consenso que exige la conducción de una potencia democrática.
El caso de Venezuela también merece una reflexión. Durante la campaña y al inicio de su mandato, Trump presentó la causa venezolana como un compromiso prioritario con la libertad y la democracia. Hoy, mientras el pueblo venezolano continúa padeciendo una de las crisis más profundas del continente, la causa parece haber perdido centralidad dentro de la agenda de Washington. Los discursos pueden ganar elecciones; los pueblos juzgan a los gobernantes por la constancia de sus compromisos.
Lo mismo ocurre con la política migratoria. Ningún Estado puede renunciar al derecho y al deber de hacer cumplir sus leyes. Pero una democracia también se define por la manera en que ejerce ese poder. Cuando la firmeza se transforma en abuso, cuando la autoridad tolera excesos, cuando ciudadanos e inmigrantes son víctimas de actuaciones incompatibles con el Estado de derecho, el problema deja de ser migratorio para convertirse en un problema institucional y moral.
La ironía de la política consiste en que nadie permanece para siempre del mismo lado del espejo. Quien ayer juzgó con dureza las debilidades ajenas puede descubrir mañana que enfrenta exactamente las mismas preguntas. La edad alcanza a todos. El desgaste del poder también. Lo verdaderamente importante no es envejecer, sino conservar la humildad suficiente para reconocer que ninguna persona, por poderosa que sea, está por encima de la naturaleza, de las instituciones o del juicio de la historia.
Porque el tiempo termina colocando a todos los gobernantes frente al espejo de sus propias palabras. Y pocas pruebas resultan más severas que descubrir, demasiado tarde, que aquello con lo que se pretendió humillar a un adversario terminó convirtiéndose en la medida con la que la historia habrá de juzgar al propio protagonista.
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