Hay algo más indignante que recibir en los hogares agua sucia, turbia y con olores que hacen desconfiar de su calidad: observar cómo una crisis que afecta directamente la salud y la tranquilidad de miles de familias comienza a convertirse en oportunidad para quienes, con la mirada puesta en las elecciones de 2027, parecen más interesados en obtener ventajas políticas que en contribuir a resolverla. Guadalajara y su zona metropolitana enfrentan un problema serio que exige investigaciones, responsabilidades, recursos y soluciones. Pero también requieren evitar que la legítima inconformidad ciudadana termine siendo utilizada como combustible para una confrontación partidista en la que algunos pudieran encontrar más conveniente mantener encendida la hoguera que contribuir a apagarla.

Lo primero que debe quedar establecido es que la discusión actual no gira fundamentalmente alrededor de cuánta agua tenemos, sino de la calidad del agua que recibimos. Una cosa es enfrentar problemas de disponibilidad, abastecimiento o crecimiento de la demanda, y otra muy diferente que el líquido llegue a los hogares en condiciones que provoquen desconfianza sobre su seguridad. No se trata de negar la necesidad de obras hidráulicas ni de desconocer las deficiencias acumuladas durante décadas, sino de entender que disponer de mayores volúmenes no resuelve automáticamente la contaminación de las fuentes. Si confundimos el diagnóstico, corremos el riesgo de discutir soluciones que no atiendan lo que hoy preocupa a la población.

Y precisamente porque hablamos de calidad, resulta indispensable mirar hacia el origen del recurso hídrico. El agua no aparece espontáneamente en las instalaciones de distribución ni comienza su recorrido cuando entra a las redes metropolitanas. Proviene de fuentes naturales cuya protección, vigilancia y saneamiento involucran atribuciones fundamentales de las autoridades federales. La Constitución y la legislación mexicana establecen responsabilidades de la Federación sobre las aguas nacionales, la regulación de descargas en cuerpos receptores de su competencia y la protección ambiental. La Comisión Nacional del Agua, la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales y la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente, dentro de sus respectivas facultades, no pueden quedar al margen de una discusión que involucra la contaminación de nuestros cuerpos de agua.

Jalisco conoce desde hace décadas las consecuencias del deterioro ambiental de ríos y otros cuerpos hídricos. Las descargas urbanas, industriales y de diversas actividades económicas han generado problemas que demandan vigilancia permanente, cumplimiento de normas y sanciones cuando corresponda. No sería técnicamente responsable afirmar, sin estudios específicos, que toda la mala calidad del agua que hoy llega a determinadas colonias proviene de esas fuentes de contaminación. Pero sería igualmente irresponsable ignorar la importancia de investigar las condiciones de los cuerpos de agua que abastecen a la metrópoli y exigir a las autoridades encargadas de proteger las aguas nacionales que cumplan plenamente sus obligaciones.

La protección de nuestras fuentes hídricas no puede seguir postergándose. Es indispensable fortalecer las acciones federales de inspección, vigilancia y saneamiento, identificar las descargas contaminantes y determinar las medidas necesarias para impedir que continúe el deterioro de un recurso esencial para millones de personas. La complejidad del problema exige coordinación institucional, pero también una actuación decidida de las dependencias que cuentan con facultades específicas para intervenir en materia ambiental.

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Existe además un elemento imposible de ignorar: los recursos financieros. Nuestro sistema fiscal concentra en la Federación una parte decisiva de la capacidad recaudatoria y presupuestal del país, mientras los estados y municipios enfrentan enormes necesidades de infraestructura y servicios públicos. Jalisco, por su importancia económica, industrial, comercial, agropecuaria, tecnológica y demográfica, ha reclamado durante años una atención presupuestal acorde con sus necesidades y con su contribución al desarrollo nacional. La discusión sobre la suficiencia y distribución de los recursos federales es legítima y debe sostenerse con información verificable, pero hay algo que resulta indiscutible: atender las fuentes contaminadas, fortalecer su vigilancia y realizar las inversiones necesarias para el saneamiento exige dinero, coordinación y decisiones presupuestales concretas.

Por eso quienes representan a Jalisco en el Congreso de la Unión tienen una responsabilidad especialmente importante. Los diputados federales y senadores, independientemente de su filiación partidista, deben contribuir a gestionar recursos, exigir el cumplimiento de las obligaciones ambientales federales y promover las acciones necesarias para atender la contaminación. No basta con denunciar lo que ocurre en Guadalajara si no se utilizan también las facultades legislativas, presupuestales y de fiscalización para contribuir a resolverlo. La defensa de los intereses de Jalisco debería encontrarse por encima de cualquier cálculo partidista, especialmente cuando se trata de un asunto que afecta directamente la salud de la población.

También el sector industrial debe asumir sus responsabilidades. Las empresas que generan descargas tienen obligación de cumplir las disposiciones ambientales aplicables, tratar adecuadamente sus aguas residuales y responder cuando se acrediten incumplimientos. No es aceptable que actividades particulares obtengan beneficios económicos mientras trasladan a la sociedad los costos de la contaminación que puedan provocar. Pero la exigencia debe sustentarse en pruebas, distinguir entre quienes cumplen y quienes incumplen y evitar acusaciones indiscriminadas. Lo que necesitamos es vigilancia efectiva, identificación de responsables y aplicación de la ley, no señalamientos generales que terminen diluyendo las responsabilidades concretas.

La gravedad de lo que está ocurriendo obliga también a profundizar en las investigaciones técnicas. Es indispensable conocer con precisión las condiciones de las fuentes de abastecimiento, identificar posibles agentes contaminantes, determinar su origen y establecer qué factores están contribuyendo al deterioro de la calidad del recurso. Las conclusiones deben surgir de estudios especializados, análisis verificables y procedimientos científicos que permitan distinguir entre problemas históricos de contaminación y situaciones específicas que requieran intervenciones inmediatas.

Particular atención merecen las descargas clandestinas o irregulares que pudieran existir en los cuerpos de agua. Su identificación, cuando haya indicios que justifiquen investigarlas, permitiría determinar responsabilidades y aplicar las sanciones correspondientes. La vigilancia ambiental no puede limitarse a reaccionar cuando la contaminación adquiere dimensiones alarmantes; debe constituir una tarea permanente, respaldada por recursos suficientes, personal especializado y mecanismos efectivos de supervisión.

La investigación tiene que servir para esclarecer, no para fabricar culpables ni ofrecer explicaciones apresuradas. Ninguna hipótesis debe transformarse en verdad por simple sospecha y ninguna irregularidad acreditada debe quedar impune. La salud de los ciudadanos exige información verificable, no rumores ni interpretaciones interesadas. Y esa misma exigencia debe traducirse en decisiones que permitan avanzar hacia la recuperación de nuestros ríos y demás cuerpos hídricos.

El aspecto político merece una advertencia particularmente seria. La cercanía de las elecciones de 2027 puede despertar en algunos actores la tentación de utilizar la crisis del agua para desgastar adversarios, multiplicar confrontaciones y obtener beneficios electorales. La crítica a las autoridades es legítima, necesaria y forma parte de cualquier democracia. También lo son la protesta social, la denuncia de irregularidades y la exigencia de responsabilidades. Pero una cosa es fiscalizar y otra muy distinta es pretender que el problema continúe o se agrave porque ello podría resultar políticamente rentable.

Nadie debería confundir la inconformidad ciudadana con una mercancía electoral. Quienes hoy denuncian deficiencias tienen derecho a hacerlo y deben ser escuchados, pero quienes además poseen atribuciones o capacidad de gestión deberían demostrar su compromiso contribuyendo a conseguir soluciones. Resultaría mezquino que un representante político encontrara tiempo para multiplicar declaraciones y señalamientos, pero no disposición para gestionar recursos, promover acuerdos o exigir la intervención de las dependencias que pueden actuar. Y sería todavía más reprobable que alguien pretendiera obstaculizar una solución únicamente porque sus resultados pudieran beneficiar a un gobierno de signo partidista diferente.

El agua no distingue preferencias electorales. Afecta por igual a quienes votaron por el gobierno actual, a quienes lo hicieron por sus adversarios y a quienes no participan en política. Por eso la respuesta tampoco puede quedar subordinada a esas diferencias. La Federación debe ejercer plenamente sus atribuciones sobre las aguas nacionales y la contaminación; el sector industrial debe cumplir sus obligaciones ambientales, y los legisladores de todos los partidos deben contribuir a conseguir los recursos y acuerdos necesarios. La coordinación entre instituciones debe prevalecer sobre cualquier intento de utilizar políticamente una situación que demanda soluciones de fondo.

Lo verdaderamente importante es actuar sin perder tiempo. Investigar las causas, identificar responsabilidades, proteger las fuentes hídricas, fortalecer la vigilancia ambiental y comprometer inversiones suficientes. Las medidas inmediatas deben contribuir a esclarecer las condiciones reales del recurso y atender las preocupaciones de las familias afectadas; las de mediano y largo plazo deben impedir que la contaminación continúe reproduciéndose. Pero todas deben construirse con información pública, coordinación institucional y participación ciudadana. La crisis no necesita más discursos que soluciones, ni más enfrentamientos que voluntad para resolver.

Jalisco tiene derecho a exigir una respuesta federal proporcional a la importancia de sus necesidades y a la magnitud de los desafíos ambientales que enfrenta. No se trata de establecer una competencia para determinar quién tiene más culpa, sino de conseguir que las instituciones con atribuciones en la materia ejerzan sus facultades y aporten los recursos necesarios. Y si alguien dispone de capacidad de gestión o influencia política para ayudar, lo responsable es que la utilice. La sociedad no tendría por qué aceptar que quienes pueden contribuir a resolver el problema prefieran limitarse a observar cómo crece la indignación.

La advertencia debe quedar muy clara para quienes pudieran estar pensando en convertir esta crisis en una oportunidad rumbo a 2027: tengan cuidado. La desesperación de las familias no es patrimonio de ningún partido, la contaminación del agua no constituye una plataforma electoral legítima y la indignación ciudadana no puede administrarse indefinidamente como instrumento de desgaste político. Quien pretenda llevar agua a su molino aprovechándose del sufrimiento ajeno, quien prefiera avivar la confrontación antes que contribuir a resolver el problema o quien obstaculice soluciones por mezquindad partidista puede encontrarse con una reacción social exactamente contraria a la que espera.

Porque la ciudadanía tiene derecho a exigir responsabilidades, pero también a exigir que quienes buscan representarla demuestren de qué lado están cuando se necesita actuar. Y esa es la sentencia: el agua sucia puede convertirse en una crisis para los gobiernos, pero también en un bumerán para los oportunistas. Quienes hoy pretendan cosechar votos alimentando la desesperación de los jaliscienses podrían descubrir mañana que la sociedad sabe distinguir entre quienes contribuyeron a encontrar soluciones y quienes prefirieron ensuciar la política.

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@salvadorcosio1