No es difícil refutar un artículo de opinión como el de Denise Dresser publicado hoy en Reforma. La columnista, profesora de ciencia política en el ITAM —institución cuyos valores no son precisamente nacionalistas—, utiliza la metáfora de la soberanitis para cuestionar la coherencia del gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum.
Dresser no entiende, o no se lo enseñaron que la soberanía no es un mal, sino la esencia de una nación, precisamente, soberana. Ella tiene un concepto de soberanía distinto: el de las universidades extranjeras en las que ha colaborado o realizado posgrados: la Universidad de California (San Diego), el Centro de Estudios Internacionales de la Universidad del Sur de California, el Diálogo Interamericano en Washington D. C., Berkeley, Georgetown, Princeton y la Fundación Rockefeller.
Tales centros, pilares de la cultura en el país que se siente un nuevo imperio romano, EEUU, manejan un concepto de soberanía que subordina las necesidades genuinas de cualquier pueblo a las exigencias de una globalización que beneficia a quien tiene el mayor poder: el gobierno estadounidense. Es un hecho que a Washington se subordinan prácticamente todos los organismos internacionales.
En el siglo XXI resulta sencillo distinguir la existencia de dos conceptos de soberanía: el primero exige para una nación el control total sobre su territorio y la absoluta no intervención en sus asuntos internos; el segundo, que se ha puesto en boga con la globalización, es una soberanía limitada que admite, y aun exige, que los países cedan trozos de autonomía a gobiernos foráneos, organismos internacionales o tratados comerciales para merecer beneficios económicos o de seguridad.
El México actual, el de la 4T, participa en toda clase de foros internacionales y respeta cualquier tratado comercial, de derechos humanos o de propiedad industrial que apoye el desarrollo, pero sin ceder —este es el punto— ni una mínima parte de su soberanía.
Así las cosas, no es válido para nuestro gobierno el argumento de combatir al narco con la intervención de fuerzas armadas de EEUU en México. Ni tampoco pueden aceptarse informes como el reciente de la ONU sobre desapariciones, en especial porque no contienen el punto de vista mexicano ni reconocen el esfuerzo que se hace para solucionar el problema.
Dichos documentos les podrán parecer objetivos a Denise Dresser, a sus colegas de Reforma, como Sergio Sarmiento, o a intelectuales como Héctor Aguilar Camín, de Milenio, pero en realidad dañan a la marca México —deliberadamente usé la expresión marca México, propia del lenguaje mercadológico neoliberal, para que tales personas me comprendan mejor si acaso me leen—.
Dresser y los otros en sus textos presentan a los organismos internacionales como árbitros neutrales y técnicos. No lo son. Se trata de entes políticos que hacen política. Son instituciones, en estos tiempos, comprensiblemente interesadas en apoyar el discurso del gobernante al que más temen, Donald Trump; al presidente de EEUU le tienen sin cuidado estos organizaciones que, la verdad sea dicha, sin la participación del poderoso vecino del norte perderían su viabilidad financiera y operativa. Entonces, sus informes no son objetivos, sino herramientas de presión geopolítica.
Debería la comentocracia analizar las cosas con más cuidado. México, un país suficientemente grande, por supuesto sin renunciar a la cooperación internacional, defiende la idea de que la verdadera soberanía radica en la capacidad interna para resolver cualquier problema sin aceptar la tutela extranjera.
Artículos como el de Dresser sugieren que el rechazo a los diagnósticos de la ONU es irracional. En realidad, se trata de fijar límites: el Estado mexicano permite a las Naciones Unidas opinar, pero sin dañar. Cuando sus juicios tienen costos reputacionales para nuestra sociedad, lo único sensato es presentar argumentos para demostrar sus inconsistencias. Si en algún momento México necesitara apoyo analítico, lo pediría. Por lo pronto, no hace falta.
En fin, lo enfermizo es decir que la soberanía es una enfermedad.
Silva-Herzog Márquez
La enfermedad de este editorialista de Reforma es distinta y quizá peor: la totalitaritis. Jesús Silva-Herzog Márquez es un hombre inteligente y culto. Comprendo que sea crítico de la 4T por su formación en una de las facultades más conservadoras de la UNAM, la de Derecho; por su trabajo en el Tecnológico de Monterrey y por sus actividades académicas en la Universidad de Columbia, Georgetown y el Centro Woodrow Wilson. La gente es lo que consume: y don Silva-H M., creció imbuido desde la cuna por el dogma de las tesis políticas conservadoras.
Pero una cosa es la ideología y otra ejemplificar con verdaderas ridiculeces. En su columna de hoy, Silva-Herzog Márquez sugiere abiertamente que la estrategia de comunicación de Claudia Sheinbaum es parecida a tres modelos históricos: el de Fidel Castro en Cuba, el de Stalin en la URSS y el de Hitler en la Alemania nazi. Qué falta de seriedad.
¿No es enfermedad ver dictadores del siglo XX en cada esquina del México de izquierda? ¿No puede reconocer un dato elemental todo un profesor del Tec de Monterrey: que en esos regímenes no existía libertad de prensa, mientras que en la 4T la libertad de expresión es plena?
La libertad de expresión enorme en México la demuestran las muy frecuentes y duras críticas —e incluso insultos— contra Sheinbaum del mismo Silva-Herzog, y de Dresser, Sarmiento, Aguilar Camín, Riva Palacio, Jorge Castañeda, Carlos Marín, Hiriart, Nuño, Beltrán del Río, Gómez Leyva, Loaeza, Fernández Menéndez y el muy extenso etcétera. Hay periodistas que asisten a las mañaneras y hasta faltan al respeto a la titular del ejecutivo, mientras Claudia, con notable paciencia, solo pide que moderen sus palabras.
¿A qué viene comparar la política de comunicación de la 4T con la de regímenes genocidas o totalitarios? ¿Es todo lo que puede dar la innegable cultura del señor Silva-Herzog Márquez? ¿Cuándo lo infectó el virus del fanatismo? Algún especialista en tratar la inestabilidad emocional podrá diagnosticarle la totalitaritis aguda y curarlo, espero… ¿o será que, de plano, eso no tiene remedio?


