La difícil comprensión sobre la actual etapa que se despliega ante nosotros, en buena medida, se debe a la complejidad de una doble fractura; una ocurre en la vida política del país, la otra tiene lugar en el plano internacional; ambas coinciden en tiempo y espacio, dando como consecuencia el surgimiento de nuevos paradigmas y pautas de acción para la nación.
Por lo que respecta al tema internacional, es evidente el abandono del precario equilibrio generado entre las principales potencias económicas y militares, como lo son Estados Unidos, Rusia y China, las tres encaminadas a detonar su potencia para asentar la dominación que buscan ejercer en sus inmediaciones territoriales y en la aspiración de extenderla a otros confines.
En el caso de la Unión Americana el discurso de su presidente, Donald Trump, en el inicio de su segundo mandato, fue singularmente explícito en cuanto a profundizar su dominio en el continente americano. Recuérdese cuando deslizó expresiones como las del Golfo de América en vez del Golfo de México, al tiempo de referir ambiciones de dominio sobre Canadá y Groenlandia. Más adelante, esas líneas serían concretadas en el llamado new deal, en remembranza de la tesis de América para los americanos
Por lo que se refiere a Rusia, destaca su conflicto con Ucrania en el marco de una visión que pretende que le corresponde el dominio sobre ese país, lo que significa repudiar y combatir la incorporación de este a la OTAN, al tiempo de reconstruir las bases de su predominancia geopolítica en la zona, y tomar el control sobre los valiosos recursos que se tienen ahí en cuanto energía, producción agrícola y tierras raras, entre otros aspectos.
A su vez, China plantea el dominio sobre Taiwán y su emergencia como potencia que disputa el primer lugar a los Estados Unidos y que, como tal, ejerce su poderío en su zona de influencia e, incluso, a escala mundial. Pareciera que nuestro vecino del norte advierte que está en la coyuntura de plantarse con la supremacía indiscutida en todo el orbe y dejar en claro su predominio sobre el avance que han logrado los chinos. El dilema que enfrentan tiende a ubicarse en una perspectiva de urgencia temporal en el sentido de que es ahora o ya no lo será nunca.
El protagonismo combativo de Estados Unidos se refleja en nuestro país mediante una interlocución más exigente y demandante, donde se reducen nuestros márgenes de autonomía, al tiempo que se nos plantea un claro alineamiento hacia la orientación que aquel define; el costo de resistir se traduce en declaraciones y distintas presiones de carácter comercial, así como en pronunciamientos que deslizan la posibilidad de ser sujetos de embates para combatir el narcotráfico.
La segunda fractura que vivimos como país se presenta al interior y tiene como principales aspectos el régimen político, el modelo de gobernabilidad, la capacidad del Estado para garantizar el orden jurídico, la paz, el crecimiento y el desarrollo en condiciones de estabilidad y pluralidad.
Un proceso de centralización política y de concentración de facultades en el poder ejecutivo que desarticula a los otros poderes, muestra una gestión pública desbordada en facultades discrecionales, al tiempo que plantea un cambio de régimen político que suspende la propensión de perfeccionar la democracia dentro de un viraje que se encamina a un populismo autoritario. Independientemente del juicio ético ideológico que pueda hacerse sobre esa tendencia, es evidente que entra en colisión o incompatibilidad con el propósito de mantener y ampliar nuestra apertura comercial y proyectar el tratado comercial con los Estados Unidos, dentro de la aspiración de alcanzar una permanencia estable hacia el futuro y en condiciones de certeza sobre la aplicación de las reglas acordadas, de manera de favorecer las inversiones y alentar el crecimiento económico.
México exhibe una importante vulnerabilidad en su Estado de derecho y plantea un desempeño del poder judicial endeble y sometido a los intereses del gobierno, en el marco de un esquema sui generis para la elección de jueces, magistrados y ministros, que genera desconfianza y que ha mostrado un proceso brutalmente manipulado hasta el grado de llegar a su caricaturización por el empleo de los llamados acordeones para inducir la votación que define la magistratura del poder judicial.
Por si eso fuera poco, se ha instrumentado una reforma por parte del gobierno que debilita la institución del amparo, a la par de encontrarse en vías de presentación una iniciativa de reforma electoral que tenderá a debilitar el sistema plural de partidos en favor de la fuerza política que gobierna.
Ante el escenario externo que enfrenta el país, especialmente de cara a la relación con los Estados Unidos, el proceso interno que tiene lugar en México genera una clara desarticulación, pues ocurre justamente cuando aquel plantea las exigencias más fuertes de los últimos años en cuanto a la orientación que nos formula, así como de los instrumentos de los que hace uso para garantizarlo.
Nuestro vecino del norte realiza el protagonismo más activo de las últimas décadas para construir nuevas y mejores bases para mantenerse y proyectarse como la primera fuerza del orbe. No estamos dentro de esa órbita; en tanto, caminamos por una línea que desacopla nuestro modelo de gobierno y de gestión pública por una vía que asimila facultades discrecionales, que empatiza con la corrupción, la falta de transparencia y pautas que se acercan a las dictaduras dentro de un esquema que no ha sabido desvincularse de los intereses y operación del narco.
México no ha podido plantarse como un interlocutor confiable, con fuerza moral y con la capacidad para influir positivamente en el concierto internacional, mientras a nivel interno luce una gobernabilidad errática marcada por la delincuencia y la inseguridad.
En esa tesitura, el país parece encaminarse a un naufragio que tiene su escenificación en el contexto de una doble fractura; la relacionada con un modelo de gobierno que impulsa una clara orientación autoritaria y, por otro lado, un reacomodo del orden internacional que no alcanza a comprender.





