Cuando la fuerza de la cultura popular avasalló al poder histérico
El dato no está en lo que siguió al Super Bowl.
El dato está en lo que no siguió.
No hubo réplica.
No hubo contraofensiva cultural.
No hubo una narrativa capaz de disputar el sentido de lo que ya había ocurrido.
Y cuando el poder no responde, no es porque esté reflexionando.
Es porque ya no tiene con qué.
El domingo la masa habló. El lunes, la cultura siguió su curso. Y del otro lado quedó un vacío incómodo, un silencio espeso, una ausencia que pesa más que cualquier tuit o descalificación tardía. Porque el problema nunca fue el espectáculo. El problema fue la reacción. O mejor dicho: la incapacidad de reaccionar.
Durante años bastó con el gesto adusto, el desprecio, la amenaza velada, el grito. Bastó con deslegitimar, ridiculizar, señalar. Esta vez no. Esta vez el grito rebotó contra una pared de música, baile y emoción compartida. No hubo eco.
Lo que ocurrió en el Super Bowl no fue una provocación. Fue algo peor para quienes viven del conflicto: fue una afirmación. No se trató de desafiar a nadie, sino de existir con plenitud, de ocupar el espacio sin pedir permiso, de hablar —y cantar— desde la propia voz. Eso es lo que desarma. Eso es lo que deja sin libreto.
Por eso, después del baile, ya no se discutió si “era apropiado”.
Se discutió por qué conectó tanto.
Por qué millones se sintieron incluidos.
Por qué el idioma dejó de ser frontera.
Por qué la emoción fue transversal.
Ahí está el verdadero desplazamiento. La conversación cambió de eje. Cuando eso ocurre, el poder simbólico se mueve de manos.
La cultura no se detuvo a esperar reacciones. Siguió. Fluyó. Se expandió en playlists, videos, conversaciones, recuerdos. El Super Bowl se convirtió en referencia, no en polémica. En punto de partida, no en excepción. Y eso es devastador para cualquier proyecto que necesita del escándalo para sobrevivir.
Porque el desprecio funciona solo mientras intimida.
Cuando deja de intimidar, se vuelve caricatura.
El silencio posterior no fue elegancia. Fue orfandad narrativa. No hubo artistas que equilibraran la balanza. No hubo símbolos alternativos que prendieran. No hubo un momento capaz de competir. Solo intentos dispersos, tardíos, desconectados del pulso social. Nada que se pareciera a una respuesta real.
Y mientras tanto, la masa —esa entidad tantas veces subestimada— hizo lo que sabe hacer cuando se reconoce a sí misma: seguir caminando. No volvió a su sitio. No bajó la cabeza. No pidió disculpas por haber bailado. Siguió hablando en su idioma, literal y simbólico.
Eso es lo que queda después del baile: una certeza.
Que la cultura ya no espera validación.
Que la identidad ya no se explica.
Que la música ya no pide traducción.
Que el poder que no entiende eso, llega siempre tarde.
No hubo cierre porque no hacía falta. El momento no se clausuró con un comunicado ni con una consigna. Se clausuró solo, como se cierran las cosas que ya cumplieron su función: dejando una sensación clara, difícil de revertir.
La masa no volvió al silencio.
El silencio volvió al poder.
Y en ese silencio hay una confesión involuntaria: el baile no fue un episodio.
Fue un umbral.
Después de cruzarlo, ya no alcanza con ruido.
Hace falta cultura.
Y esa, esta vez, ya no estaba del otro lado.
X: @salvadorcosio1 | Correo: Opinión.salcosga23@gmail.com





