Chantaje, fuerza y silencio: señales de un orden global en crisis.
Hay momentos en los que la política internacional deja de operar bajo reglas, equilibrios y consensos, y se transforma abiertamente en un sistema de intimidación. El poder ya no persuade ni negocia: presiona, castiga y amenaza, convencido de que el mundo terminará cediendo. Cuando la intimidación sustituye a la ley y el mundo duda en reaccionar, no estamos ante una anomalía pasajera, sino frente a una mutación peligrosa del orden global.
Lo que hoy ocurre alrededor de Groenlandia, la escalada arancelaria contra aliados históricos y la violencia interna normalizada en Estados Unidos no es una suma de episodios inconexos ni una cadena de excesos retóricos. Es un patrón. Y lo más inquietante es su coherencia.
La amenaza explícita de imponer aranceles del 10%, con el ultimátum de elevarlos al 25% si no se acepta “negociar” la cesión de Groenlandia, marca un punto de inflexión. Ya no se trata de bravatas ni de globos de ensayo. Es coacción económica directa para forzar la entrega de territorio soberano bajo el pretexto de la seguridad nacional. Un argumento tan elástico que sirve lo mismo para justificar sanciones, intimidación comercial, despliegues militares y la demolición deliberada del derecho internacional.
El mensaje es brutal en su simpleza: o se someten, o pagan. Donde antes había diplomacia, hoy hay extorsión; donde había alianzas, ahora hay facturas; y donde se hablaba de seguridad colectiva, se impone una lógica primaria: obediencia o castigo. Así se configura un riesgo real: un orden mundial gobernado por la amenaza y el miedo.
Europa ha respondido con una mezcla de firmeza verbal y cautela estratégica. Dinamarca, Alemania, Francia, Finlandia; pronunciamientos claros desde París y Londres; el rechazo categórico del parlamento de Groenlandia “por cien generaciones”. Se han movilizado tropas, reforzado posiciones y, al mismo tiempo, emitido mensajes ambiguos que intentan desescalar, presentando los despliegues como ejercicios ordinarios e incluso invitando a Estados Unidos a participar. Esa ambivalencia no es debilidad: es el reflejo de un dilema profundo. Resistir sin provocar. Disuadir sin detonar.
Porque Groenlandia no es solo una isla. Es un nodo estratégico en rutas marítimas, defensa aérea y control geopolítico del Ártico. El interés existe y es comprensible. Lo que resulta inadmisible es pretender resolverlo mediante chantaje, amenazas y presión unilateral, como si la soberanía ajena fuera una cláusula comercial más.
En paralelo, el frente interno estadounidense se degrada con rapidez alarmante. Las arbitrariedades del ICE y de otras agencias federales ya no se limitan a migrantes indocumentados. Alcanzan a ciudadanos, residentes legales, veteranos de guerra. Personas detenidas, golpeadas o asesinadas por “parecer” extranjeras. La violencia se acumula, la impunidad persiste y la respuesta oficial es cerrar filas, negar, desacreditar a las víctimas y atacar a quienes exigen rendición de cuentas.
Se insinúa incluso la posibilidad de recurrir a leyes del siglo XIX para justificar estados de excepción, toques de queda y despliegues federales sobre ciudades enteras, bajo el argumento de que los gobiernos locales no pueden controlar la protesta social. El manual autoritario clásico, reempaquetado con lenguaje empresarial y amenazas comerciales.
Todo ocurre dentro de una auténtica caja china del poder. Groenlandia tapa al ICE. El ICE tapa la fractura con aliados. Los aranceles tapan la violencia. El ruido sustituye al análisis; el cansancio reemplaza al juicio. Y en ese torbellino, el abuso se normaliza.
Algunos todavía creen que se trata de una jugada maestra: un ajedrez temerario en el que se apuesta a que nadie responderá por miedo a perder mercados, contratos o estabilidad financiera. Puede ser. Pero también puede ser algo más simple y mucho más peligroso: la conducta de un sicofante de la política, un empresario convertido en gobernante que confunde intimidación con liderazgo y parece divertirse llevando cada crisis al borde solo para ver quién parpadea primero.
El problema es que esto no es un ring ni una negociación inmobiliaria. Es el equilibrio global. Apostar a que nadie reaccionará equivale a encender cerillos en un almacén de pólvora.
Macron lo ha advertido con una claridad poco habitual: cruzar ciertas líneas puede desencadenar procesos imposibles de revertir. Si Estados Unidos rompe con la OTAN o intenta imponer su voluntad por la fuerza, Europa no tendría muchas alternativas. Defenderse podría implicar alianzas impensables hace apenas unos años, incluso con China o con Rusia. No por afinidad ideológica, sino por supervivencia.
El mundo observa como aquel personaje de la anécdota: recostado en la hamaca, pidiendo el antídoto antes de que el alacrán pique. Todavía no duele. Pero ya se ve venir. Y cuando ocurra, no bastará con alegar sorpresa.
El chantaje puede funcionar un tiempo, pero siempre deja cicatrices. Los imperios no suelen caer cuando ya no pueden imponer su fuerza, sino cuando descubren que nadie está dispuesto a seguir legitimando su despotismo no ilustrado. Confundir paciencia con resignación y cálculo con sometimiento es una apuesta temeraria.
Si esta deriva no encuentra un límite claro, no será Groenlandia el problema central, ni los aranceles, ni siquiera la violencia interna normalizada. El daño real será haber aceptado que la intimidación sustituya a la ley y que la paz se administre como una mercancía más.
Y entonces la pregunta dejará de ser quién provocó la crisis.
La pregunta será : ¿quién, viéndola venir, decidió no detenerla?
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