México necesita defender el T-MEC porque sigue siendo una de las herramientas económicas más importantes del país, pero defenderlo no significa conservarlo a cualquier costo. Un tratado comercial debe servir para ampliar oportunidades, dar certidumbre, atraer inversión y fortalecer la capacidad productiva nacional; cuando para mantenerlo hay que aceptar condiciones que reducen márgenes de decisión, limitan relaciones con terceros o someten permanentemente nuestra política económica a los cambios de prioridades de Washington, deja de ser solamente un instrumento de integración y empieza a convertirse en una fuente de dependencia. La revisión del acuerdo ha entrado en una etapa de negociación continua y eso obliga a México a pensar no sólo en cómo preservarlo, sino en cómo llegar a cada conversación con más opciones y menos vulnerabilidades.

La relación con Estados Unidos y Canadá es demasiado importante para trivializarla. Norteamérica constituye una región productiva profundamente integrada y México ha construido durante décadas cadenas industriales que sería absurdo pretender desmontar. El comercio con Estados Unidos sostiene millones de empleos mexicanos y permite que sectores como el automotriz, electrónico, agroalimentario, aeroespacial, médico y manufacturero funcionen dentro de redes continentales. Defender esa integración es sensato. Lo que no sería sensato es arrodillarse ante ella.

México debe negociar, defender cada empleo, pelear cada acceso preferencial y utilizar todos los mecanismos disponibles dentro del propio tratado. Pero también debe entender que ningún país puede construir una estrategia económica de largo plazo suponiendo que un solo mercado permanecerá permanentemente abierto bajo las mismas condiciones. Marcelo Ebrard acaba de reunirse con Jamieson Greer y ha dicho que México está cada vez más cerca de nuevos acuerdos con Estados Unidos para aliviar presiones arancelarias sobre sectores como automóviles, acero, aluminio y cobre. Es una señal positiva, pero también confirma algo importante: aquello que antes parecía protegido por reglas relativamente estables necesita hoy negociarse una y otra vez.

Ahí está el verdadero desafío. Durante décadas nuestra cercanía geográfica con Estados Unidos fue una ventaja extraordinaria y lo sigue siendo. Ninguna política económica responsable debería desperdiciarla. Pero la cercanía también produjo una concentración comercial que nos vuelve vulnerables cada vez que Washington modifica aranceles, reglas de origen, criterios de seguridad económica o prioridades industriales. Una amenaza comercial estadounidense pesa sobre México mucho más de lo que una decisión mexicana comparable podría pesar sobre Estados Unidos. Eso se llama asimetría, y las asimetrías no desaparecen mediante discursos: se reducen construyendo alternativas.

Por eso México debe defender el T-MEC y simultáneamente ampliar su horizonte económico. No para sustituir a Estados Unidos, porque eso sería irreal y además innecesario, sino para dejar de depender de una sola puerta de salida. Europa, India, Japón, Corea, el sudeste asiático, América Latina y Medio Oriente deben dejar de aparecer únicamente en los discursos sobre diversificación para convertirse en mercados concretos para productos mexicanos, destinos de inversión y fuentes alternativas de tecnología y proveeduría. La agenda comercial reciente de México ya apunta hacia una mayor diversificación y ese camino debe profundizarse.

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Pero diversificar exportaciones es solamente una parte de la tarea. La otra está dentro de México. También debemos preguntarnos qué estamos importando que podríamos producir razonablemente en el país y dónde existen dependencias estratégicas que pueden convertirse en debilidades. No se trata de regresar al viejo proteccionismo ni de pretender fabricar absolutamente todo. Se trata de distinguir entre apertura económica y vulnerabilidad. Medicamentos, componentes electrónicos, equipo médico, semiconductores, fertilizantes, productos químicos, acero especializado, maquinaria, autopartes, insumos alimentarios y tecnologías energéticas son áreas donde conviene identificar qué capacidades nacionales necesitamos desarrollar para que una crisis logística, una guerra comercial o una decisión política extranjera no paralicen cadenas completas de producción.

La relación con China obliga además a actuar con inteligencia. México tiene una elevada dependencia de importaciones chinas en múltiples cadenas industriales mientras Estados Unidos busca reducir la presencia de ese país dentro de la arquitectura productiva norteamericana. El error sería sustituir una dependencia por otra. Reducir vulnerabilidades frente a China no puede significar simplemente aumentar todavía más nuestra dependencia estadounidense. La meta debe ser fortalecer producción mexicana, diversificar proveedores externos y escoger relaciones comerciales conforme al interés nacional, no conforme a las rivalidades de las grandes potencias.

Estados Unidos tiene derecho a diseñar su estrategia frente a China. China tiene derecho a defender sus intereses. México tiene exactamente el mismo derecho. Ésa debe ser la lógica frente a la revisión del T-MEC: defender lo que funciona, negociar lo que pueda mejorarse, rechazar aquello que resulte excesivo y prepararnos para cualquier escenario. El error más peligroso sería acudir a cada ronda transmitiendo que México necesita el tratado a cualquier precio, porque en una negociación quien sabe que el otro no puede levantarse de la mesa posee una ventaja formidable. México necesita demostrar que quiere el T-MEC, no que no puede vivir sin él.

Pero las alternativas no se construyen solamente abriendo nuevos mercados. México necesita también encontrar nuevas formas de detonar inversión privada nacional y extranjera. No basta con promover al país en foros internacionales o repetir que tenemos una posición geográfica privilegiada. El capital necesita certeza jurídica, infraestructura, energía suficiente y competitiva, seguridad, reglas previsibles, trámites ágiles y condiciones que permitan planear inversiones de largo plazo.

Al mismo tiempo debemos revertir la tendencia de una parte del capital mexicano a buscar mejores condiciones fuera del país. No todo flujo de inversión hacia el exterior es negativo; empresas mexicanas fuertes deben internacionalizarse y conquistar mercados. Pero cuando empresarios nacionales prefieren colocar crecientemente recursos fuera porque encuentran mayor certeza, rentabilidad o seguridad, debemos preguntarnos qué condiciones estamos dejando de ofrecerles aquí. Resulta contradictorio pretender atraer capital extranjero mientras una parte del capital nacional considera más conveniente invertir lejos de México. El primer capital que el país debería ser capaz de convencer para invertir en México es el mexicano.

Eso exige también una auténtica reconversión industrial. No podemos competir durante las próximas décadas solamente ofreciendo cercanía con Estados Unidos o costos laborales inferiores a los de otras economías. México debe incorporar automatización, inteligencia artificial, robótica, digitalización y nuevas tecnologías a sus procesos productivos, pero sin cometer el error de considerar al trabajador como un elemento prescindible. La tecnología debe elevar la productividad del capital humano, no simplemente desplazarlo. El verdadero salto industrial consiste en conseguir que una persona, acompañada de mejores herramientas, conocimientos y procesos, produzca más valor y pueda aspirar también a mejores ingresos.

Ahí aparece un componente que durante demasiado tiempo hemos subestimado: la capacitación. La mano de obra mexicana no debe seguir promoviéndose ante el mundo únicamente como abundante o competitiva en costo. Tenemos que convertirla cada vez más en mano de obra altamente calificada, especializada y certificada. Cada trabajador que adquiere nuevas competencias, domina una tecnología, mejora un proceso o acredita formalmente una capacidad profesional incrementa el valor agregado de aquello que México produce.

La certificación de competencias puede desempeñar un papel fundamental en esa transformación. México necesita avanzar hacia una economía en la que el conocimiento y la experiencia laboral puedan acreditarse, reconocerse y convertirse en productividad. Certificar competencias no significa simplemente entregar documentos; significa darle valor verificable al conocimiento del trabajador, elevar la calidad de los procesos y hacer más competitivos nuestros productos en los mercados internacionales. Cuando una empresa puede demostrar que su personal cumple estándares reconocidos de competencia, también aumenta la confianza en aquello que fabrica y exporta.

Ésa debe ser una de nuestras grandes apuestas: exportar productos con cada vez mayor contenido mexicano, pero también con cada vez mayor conocimiento mexicano incorporado. Porque el valor de una exportación no está solamente en la materia prima, la maquinaria o la planta donde se fabrica. Está también en la experiencia, la innovación, la preparación y la capacidad de las personas que participan en producirla.

México debe dejar atrás la idea de que nuestra principal ventaja competitiva es una mano de obra relativamente barata. Esa estrategia pudo tener utilidad durante determinada etapa de desarrollo, pero tiene límites evidentes. El objetivo ahora debe ser competir por calidad, productividad, innovación y especialización. Un trabajador más capacitado produce más valor; un trabajador certificado puede demostrarlo; una empresa con mejores trabajadores compite mejor y un país cuya producción contiene mayor conocimiento puede vender más, vender mejor y entrar a mercados más exigentes.

La reconversión industrial no tiene por qué significar sustituir personas por máquinas. Puede significar exactamente lo contrario: utilizar las nuevas tecnologías para elevar el valor del trabajo humano. No se trata de proteger empleos obsoletos frente a la tecnología, sino de preparar a las personas para ocupar los empleos que esa tecnología está creando. La política industrial, la política educativa y la política laboral deberían empezar a verse como partes de una misma estrategia de competitividad.

Además, el contexto económico obliga a acelerar esa transformación. El Fondo Monetario Internacional acaba de estimar para México un crecimiento moderado de 1.5% en 2026 y 1.8% en 2027, en buena medida condicionado por incertidumbres externas. Eso significa que México no puede esperar que el T-MEC, por sí solo, resuelva nuestros problemas de crecimiento, productividad e inversión.

México necesita entonces una estrategia de dos carriles funcionando simultáneamente. En uno, defender con toda firmeza la integración norteamericana, proteger nuestras exportaciones, reducir aranceles y preservar reglas que permitan seguir compitiendo dentro de la región. En el otro, construir opciones: más mercados, más inversión, más empresas nacionales fuertes, más proveedores mexicanos, más infraestructura, más tecnología, más reconversión industrial, más capacitación y más certificación de competencias.

No son políticas contradictorias. Son complementarias. Cuantas más opciones tenga México fuera del T-MEC, más fuerte llegará México a negociar dentro del T-MEC. Cuanto mayor sea nuestra capacidad para producir aquello que hoy importamos estratégicamente, menor será nuestra vulnerabilidad. Cuanto más capital mexicano permanezca e invierta aquí, mayor será nuestra fortaleza. Cuanto más capital extranjero llegue para producir, innovar y generar cadenas de valor, mayor será nuestra capacidad exportadora. Y cuanto más preparado esté nuestro capital humano, mayor será el valor mexicano incorporado en cada producto que salga de nuestras fronteras.

Durante demasiado tiempo confundimos proximidad con destino. Estados Unidos será inevitablemente nuestro principal socio económico durante muchos años y probablemente durante generaciones. Pero principal no significa único. Integración no significa obediencia. Tratado no significa sometimiento. Y amistad comercial no significa renunciar a construir alternativas.

México debe defender el T-MEC porque conviene a México, no porque tema lo que ocurriría sin él. Debe negociar con Estados Unidos desde la realidad de nuestra profunda integración, pero también desde la conciencia de que un país de más de 130 millones de habitantes, una enorme base manufacturera, acceso a dos océanos, múltiples tratados comerciales y una posición geográfica excepcional tiene capacidad para construir mucho más de una sola ruta económica.

Ése debería ser nuestro objetivo: conservar Norteamérica y ampliar el mundo; producir más, exportar hacia más destinos, sustituir inteligentemente importaciones estratégicas, atraer inversión productiva, retener y multiplicar capital mexicano, incorporar tecnología, reconvertir nuestra industria y elevar continuamente el valor de nuestro capital humano mediante capacitación y certificación de competencias.

Porque preservar el T-MEC es importante. Preservar la capacidad de México para decidir su propio futuro económico lo es mucho más.

Defender el T-MEC, sí. Arrodillarse para conservarlo, nunca.

La verdadera fortaleza negociadora de México no se construirá solamente en Washington ni en una mesa de revisión: se construirá aquí, en nuestras empresas, nuestras fábricas, nuestra tecnología, nuestra inversión y, sobre todo, en una fuerza laboral cada vez más preparada, productiva y certificada. Porque quien negocia sin alternativas termina aceptando condiciones; quien construye capacidades y opciones puede empezar a ponerlas.

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