La reciente ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán, que culminó con la muerte del ayatolá Alí Jamenei y varios altos mandos del régimen, sacudió el tablero geopolítico mundial.
Más allá del terremoto internacional, el episodio volvió a exhibir la fragilidad y ambigüedad de la política exterior mexicana bajo el gobierno de Claudia Sheinbaum.
México no es un actor marginal. Comparte con Estados Unidos la frontera más dinámica del mundo, una integración económica profunda y una agenda de seguridad que abarca migración, narcotráfico, tráfico de armas y cooperación en inteligencia. Pretender que los acontecimientos globales no impactan directamente a nuestro país es una ficción peligrosa.
La ofensiva contra Irán ocurrió tras el fracaso de negociaciones diplomáticas en Ginebra y en medio de una crisis interna iraní marcada por protestas, colapso económico y represión.
Teherán mantenía alianzas estratégicas con Rusia y China, además de vínculos políticos con regímenes latinoamericanos enfrentados a Washington. El mundo se reconfigura en bloques, y México no puede actuar como si estuviera al margen.
Tres golpes, tres mensajes
El ataque fue el tercer gran operativo ejecutado por la administración de Donald Trump en lo que va del año contra objetivos considerados amenazas estratégicas: primero la captura de Nicolás Maduro en Venezuela; después, el abatimiento en México de Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho; y finalmente la operación contra la cúpula iraní. Tres acciones de alto impacto, tres mensajes de fuerza y tres momentos en los que México quedó en una posición incómoda.
En el caso de Maduro, el gobierno optó por el silencio diplomático disfrazado de neutralidad. En el de El Mencho, la presidenta tardó más de un día en fijar postura y subrayó que no fue informada previamente, enfatizando la soberanía nacional. Más que liderazgo, el mensaje proyectó desconcierto.
El problema no es defender la soberanía, sino hacerlo selectivamente y con un tono que envía señales contradictorias. Más del 80% de las exportaciones mexicanas cruzan la frontera norte. La cooperación en seguridad es vital para contener a los grupos criminales que desangran al país. En ese contexto, la retórica confrontativa no es firmeza: es imprudencia.
Neutralidad o ambigüedad
Tras el ataque a Irán, la presidenta reiteró que “México siempre va a luchar por la paz”. La Cancillería expresó “profunda preocupación” y llamó al diálogo, ambas son fórmulas coherentes con la tradición diplomática mexicana, pero el momento y el tono importan: cuando el principal socio estratégico ejecuta operaciones que alteran el equilibrio global, limitarse a declaraciones genéricas puede interpretarse como evasión o distanciamiento calculado.
La gira presidencial a Culiacán añadió tensión. Desde ahí, Sheinbaum señaló que si Estados Unidos exige frenar el tráfico de drogas, debe detener el flujo de armas hacia México. El argumento es válido y respaldado por datos. Pero plantearlo en medio de una escalada internacional eleva innecesariamente el tono político.
Algunos interpretan esta postura como inclinación hacia un bloque distante de Washington; otros como narrativa interna de soberanía. Sea cual sea la intención, el resultado es incertidumbre sobre la dirección estratégica del país.
Riesgos compartidos
Venezuela, el crimen organizado en México e Irán comparten un elemento: la posibilidad de vacíos de poder tras la eliminación de liderazgos. Si esos procesos derivan en inestabilidad prolongada, México resentirá consecuencias económicas, de seguridad y gobernabilidad. Ignorar esa conexión sería irresponsable.
El gobierno mexicano parece caminar en una cuerda floja, intenta mantener distancia discursiva frente a Washington mientras depende estructuralmente de esa relación. El riesgo no es solo diplomático, sino económico y estratégico, y en un entorno global polarizado, los titubeos se pagan caros.
Defender la soberanía es correcto. Defender la paz es deseable. Pero la política exterior exige algo más que consignas: requiere de coherencia, oportunidad y visión de largo plazo, no mensajes ambiguos en un tablero internacional que se reacomoda a velocidad vertiginosa.
México necesita abandonar la defensa de la soberanía por impulsos ideológicos o cálculos políticos a corto plazo e ir por una diplomacia firme y estratégicamente alineada o terminar pagando el precio de sus titubeos.
X: @diaz_manuel




