“Quien mucho abarca, poco democrática aprieta.”

“No hay reforma, solo remodelación para quedarse.”

“Si no puedes ganar en votos… cambia las reglas.”

“Los tramposos, entrampados”

DICHOS APLICADOS A NUESTRA REALIDAD

Aplausos para la 4T: primero usaron el sistema para llegar al poder y ahora quieren patearlo tan lejos que nadie más pueda alcanzarlo. Bravo. El resto de las y los mortales —es decir, los mexicanos que no mandan— saldremos vapuleados, pero lo dicen con gusto como si fuera un logro.

La supuesta reforma electoral que promueve el gobierno de Claudia Sheinbaum —a cargo de Pablo Gómez en comisiones internas— no es una “corrección técnica” ni un ajuste de manitas. Es el manual práctico para rescatar el poder absoluto de un solo partido bajo el eufemismo de “modernización democrática”.

Aquí está la ironía tan gruesa como un cajón de plurinominales: quienes ayer lloraban por la representación proporcional, la autonomía del Instituto Nacional Electoral y por separar elecciones de la lógica del Ejecutivo… hoy quieren cortar de tajo los mecanismos que benefician a las minorías y concentrar todo en un poder central.

Sí, señoras y señores, las dictaduras modernas no llegan por golpes de Estado espectaculares ni por tanques en la calle. Se cocinan a fuego lento, con cambios legales que parecen “puré democrático”, pero terminan siendo gelatina con sabor a dedazo. Un día dices “reduciremos costos”; al siguiente, que el INE debe ser más amable con el gobierno.

En el apogeo del cinismo, los partidos aliados que han aplaudido becas, sobrerrepresentaciones y acomodamientos varios —el PT y el PVEM— ahora quieren que les demos un “gracias por oponerse”. No, no es amor por la democracia ni un súbito arranque de ética política: es la lógica del feudo. Defender su tajada, aunque hayan sido cómplices del desmadre hasta hace dos días.

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Se dice que desaparecerían los diputados y senadores plurinominales. Pero ojo: no se trata solo de un trámite. Es la eliminación de uno de los pocos mecanismos que permiten que una segunda fuerza política tenga voz en el Congreso. La idea según los promotores es que los “pluris” sean elegidos directamente por la gente o reducidos sustancialmente.

Y aquí viene la mano de obra intelectual detrás del nuevo modelo: menos plurinominales, menos financiamiento a partidos, reducción de curules y de paso una revocación de mandato adelantada para 2027 (¡qué coincidencia!), que le permitirá a Sheinbaum hacer campaña con cargo al erario mientras presenta a los futuros inquilinos “oficiales” del Congreso.

Eso sí, lo que no dicen con el mismo entusiasmo es que redestribuir distritos electorales cuesta dinero —mucho— y que rehacer la cartografía electoral nacional no es gratis. Pero bueno, para acabar con la representación plural siempre hay dinero.

El argumento oficial del ahorro suena tan convincente como decir que si le quitas gasolina a un auto, ahorras… aunque no llegue a ningún lado. Reducir el financiamiento a partidos suena bonito hasta que te das cuenta de que la lógica es sencilla: si tu oponente no puede financiarse, su capacidad de competir se reduce… y la tuya brilla más.

Entre propuestas en borrador, declaraciones cruzadas y negociaciones detrás de telones, la única certeza es que no hay nada definitivo. Ni siquiera se ha presentado un texto formal de la reforma. El diputado Ricardo Monreal ha advertido que sin consenso con el PT y el PVEM la iniciativa no tiene viabilidad. Sí, el mismo que —para sorpresa de nadie— ahora cuida que sus aliados no pierdan sus privilegios mientras construyen la nueva carta magna del control político.

Que quede claro: esta no es una reforma técnica de mantenimiento democrático. Es una reescritura del software político para instalar un modo de poder prolongado, apretando botones que antes protegían la pluralidad, ahora destinados a garantizar hegemonía. Si el contexto te suena muy Maduro —y no es coincidencia— es porque estas maniobras recuerdan los pasos conocidos de concentración autoritaria disfrazada de reforma electoral.

Si la historia sirve de algo, lo que hoy se discute no solo influirá en 2027 y 2030, sino que puede marcar un largo periodo de desventaja competitiva para la oposición y la pluralidad en México. Y todo bajo el pretexto de “democratizar” procesos que simplemente se ajustan para asegurar permanencia.

Al final del día, el destino de la democracia mexicana no está en un debate técnico, sino en el resultado de las negociaciones, concesiones y tras bastidores con el PT y el PVEM. Ironías de la política: los guardianes ahora negocian su propio reinado.