Celebré el triunfo de México.
Lo celebré como millones de mexicanas y mexicanos: con emoción, con orgullo y con esa alegría colectiva que sólo despierta la Selección cuando nos hace sentir que, por unas horas, todo un país cabe en una camiseta, una bandera y un grito.
Fui al Ángel de la Independencia. Grité. Festejé. Compartí esa euforia que atraviesa clases sociales, edades, ideologías y diferencias. Durante unas horas, México pareció abrazarse a sí mismo.
Pero después de la fiesta vino la realidad.
Basura por todos lados. Calles sucias. Mobiliario urbano dañado. Infraestructura pública afectada. Espacios que tendrán que limpiarse, repararse y pagarse con recursos públicos; es decir, con dinero de todas y todos.
Y quiero decirlo con absoluta claridad: no estoy de acuerdo con destruir espacios públicos.
No lo estoy cuando ocurre en una marcha.
No lo estoy cuando ocurre en una celebración deportiva.
No lo estoy cuando ocurre en cualquier concentración masiva.
El espacio público se respeta. El patrimonio se cuida. La ciudad es de todas y todos. Nuestro mobiliario urbano, nuestros monumentos, nuestras calles y nuestros espacios comunes forman parte del patrimonio mexicano, y dañarlos nunca debería normalizarse.
Pero justamente por eso hay que hablar de la doble moral.
Porque cuando los destrozos los deja una celebración futbolera, buena parte de la sociedad se vuelve comprensiva. Entonces se habla de pasión, de emoción, de euforia, de descontrol momentáneo, de “se les pasó la mano”, de “es que ganó México”.
Se explica. Se matiza. Se justifica. Se perdona.
Pero si una marcha feminista deja pintas, basura o daños materiales, el país entero monta un tribunal moral.
Ahí sí aparecen los guardianes del patrimonio.
Ahí sí salen los defensores del mobiliario urbano.
Ahí sí los noticieros repiten durante horas las mismas imágenes.
Ahí sí las redes sociales piden castigo, cárcel y mano dura.
Ahí sí todos se vuelven expertos en civismo, urbanismo, legalidad y respeto al espacio público.
Y entonces, como siempre, la conversación deja de ser sobre las mujeres asesinadas, violadas, violentadas o ignoradas, para convertirse únicamente en una discusión sobre pintura, vidrios, bardas y monumentos.
Ese es el punto.
No se trata de justificar daños. Se trata de señalar que la condena social no es pareja.
Cuando miles de hombres toman las calles para celebrar un partido, se les llama apasionados. Cuando miles de mujeres toman las calles para exigir justicia, se les llama locas.
Cuando ellos gritan, es emoción. Cuando ellas gritan, es histeria.
Cuando ellos se desbordan, es pasión nacional. Cuando ellas se desbordan, es vandalismo.
Cuando ellos dejan basura, destrozos y desorden, se habla de celebración. Cuando ellas dejan pintas, se habla de amenaza.
Cuando ellos toman el Ángel, es fiesta. Cuando ellas toman las calles, es caos.
Esa doble moral es brutal.
Porque el problema no es sólo lo que se rompe. El problema es a quién decidimos perdonarle lo roto.
Si de verdad nos importara el espacio público, nos indignaríamos igual siempre.
Si de verdad nos importara el patrimonio, lo defenderíamos sin importar quién lo dañe.
Si de verdad nos importara la ciudad, no habría excusas para unos y linchamiento para otras.
Pero no ocurre así.
Cuando el daño viene acompañado de playeras de la Selección, cerveza, gritos y festejo, la sociedad busca entender.
Cuando el daño viene acompañado de pañuelos, consignas y nombres de víctimas, la sociedad busca condenar.
Ahí está la hipocresía.
No se mide igual la euforia masculina que la rabia femenina.
No se juzga igual el desbordamiento del futbol que el desbordamiento del dolor.
No se perdona igual una calle tomada por celebración que una calle tomada por mujeres que exigen justicia.
Y hay que decirlo fuerte: a una parte de esta sociedad le molesta más una mujer protestando que una multitud destruyendo después de un partido.
Le indigna más una pared pintada que una denuncia ignorada.
Le duele más un monumento rayado que una niña abusada.
Le preocupa más una avenida cerrada que una mujer atrapada con su agresor.
Le incomoda más una consigna feminista que una historia de violencia repetida hasta el cansancio.
No porque el patrimonio no importe. Claro que importa.
Pero también importa la vida. También importa la dignidad. También importa la seguridad. También importa la justicia.
Y muchas veces parece que a la sociedad le resulta más fácil defender una pared que creerle a una víctima.
Las pintas se limpian. Los vidrios se cambian. El mobiliario se repone. Las calles se barren. Los monumentos se restauran.
Pero una mujer asesinada no vuelve.
Una niña abusada no borra el trauma con una cubeta de pintura.
Una madre buscadora no encuentra a su hija porque alguien defendió una estatua.
Una víctima no recupera su vida porque la sociedad decidió indignarse por una barda, pero no por su agresor.
Ese es el fondo de la discusión.
No es si debemos cuidar el patrimonio. Sí, debemos cuidarlo.
La pregunta es por qué ese cuidado aparece con tanta furia cuando marchan las mujeres y con tanta tibieza cuando celebran multitudes futboleras.
La pregunta es por qué a ellas se les exige marchar bonito, protestar bajito, no incomodar, no cerrar calles, no ensuciar, no pintar, no gritar, no enojarse demasiado.
Pero a ellos se les permite desbordarse porque “es futbol”, porque “ganó México”, porque “era la emoción”, porque “así es la afición”.
No se trata de justificar a unas y condenar a otros. Se trata de exigir una vara pareja.
Si destruir está mal, está mal siempre.
Si tirar basura está mal, está mal siempre.
Si dañar el patrimonio está mal, está mal siempre.
Si ocupar el espacio público implica responsabilidad, implica responsabilidad siempre.
Pero entonces dejemos de llamar “apasionados” a unos y “locas” a otras.
Dejemos de perdonar el desorden cuando viene de la euforia masculina y de condenar con furia cuando viene del dolor femenino.
Dejemos de medir el valor del espacio público dependiendo de quién lo ocupa.
Porque ahí está la verdadera discusión: no es sobre civismo, es sobre género. No es sobre paredes, es sobre poder. No es sobre monumentos, es sobre a quién le permitimos expresar rabia y a quién le exigimos silencio.
Yo celebré el triunfo de México. Lo celebré con orgullo. Y precisamente por eso creo que también debemos tener la madurez de mirar nuestras contradicciones.
Cuidemos la ciudad, sí.
Cuidemos el patrimonio, sí.
Respetemos el espacio público, sí.
Pero hagámoslo siempre. No sólo cuando marchan mujeres. No sólo cuando conviene condenarlas. No sólo cuando la rabia femenina incomoda más que la basura, los daños y los excesos de una celebración futbolera.
Porque México no será una sociedad verdaderamente justa mientras una multitud que destruye por futbol sea llamada apasionada, y una mujer que protesta contra la violencia sea llamada loca.
La verdadera pregunta no es si debemos cuidar las paredes. La verdadera pregunta es por qué nos duele más una pared pintada cuando la pinta una mujer, que una ciudad dañada cuando la rompe la euforia de un partido.
El día que midamos con la misma vara una celebración y una protesta, tal vez empecemos a ser una sociedad menos hipócrita.
María Teresa Ealy Díaz. Diputada Federal. LXVI Legislatura.
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