El poder no se está fortaleciendo: se está quedando sin respaldo. Y cuando eso ocurre, el reto ya no es intentar gobernar con respaldo social… es sostenerse y evitar la estrepitosa caída.
El problema ya no es lo que hace. Es que cada vez menos gente lo acepta. Porque el poder desbordado puede imponerse durante un tiempo, puede presionar, saturar, gritar más fuerte que los demás, atropellando a quienes no le son afines…, pero llega un punto en el que no solo deja de convencer a los cada vez menos seguidores, sino que provoca una pérdida casi total de credibilidad y cae en la deslegitimación social. Y cuando eso ocurre, cambia todo. Ya no es solo descontrol, es desgaste pleno y preludio del final.
Las encuestas lo confirman sin necesidad de precisión milimétrica: la aprobación cae, el rechazo crece y el deterioro deja de ser percepción para convertirse en realidad política; no importa si es 60, 65 o 70 por ciento, importa la dirección, y la dirección es una sola: hacia abajo. Y cuando la caída se vuelve tendencia, el poder —ese poder prepotente, desbordado— deja de sostenerse por apoyo y empieza a sostenerse por inercia. Ahí es donde el problema se vuelve más profundo, porque el tirano no entiende que no entiende: no entiende que el respaldo no es automático, no entiende que la imposición tiene límite, no entiende que el desgaste, cuando se acumula, no se revierte con más presión… se acelera.
Y en lugar de corregir, intensifica: aumenta el tono, endurece el discurso, multiplica las amenazas. Pero cada uno de esos movimientos no fortalece el control, lo debilita. En paralelo, la percepción pública empieza a cambiar; episodios que sugieren desconexión, mensajes contradictorios, decisiones que parecen más reactivas que estratégicas dejan de ser hechos aislados y se convierten en patrón, y cuando se instala el patrón, la autoridad se erosiona. A eso se suma el frente institucional: cuestionamientos a procesos, insinuaciones de no aceptar resultados, presión sobre mecanismos que sostienen el orden democrático; no es nuevo, pero cada repetición pesa más, porque lo que está en juego ya no es una decisión, es la credibilidad del sistema frente a un poder tiránico que se comporta como si estuviera por encima de todo orden político y socioeconómico.
Mientras tanto, hacia dentro, aparecen señales que no deben ignorarse: si bien aún no hay ruptura en las Fuerzas Armadas, sí hay incomodidad creciente; no hay insubordinación, pero sí distancia, y esa distancia es clave, porque cuando la estructura que ejecuta comienza a dudar de la dirección, el sistema erosionado se vuelve más débil y empieza a tensarse, y cuando se tensa lo interno, lo externo se vuelve más riesgoso.
En el escenario internacional, el efecto ya es visible: el mundo se mueve sin esperar. China avanza, Rusia mide, Europa coordina, la mayoría de naciones de América se desentiende; pero lo más claro es que nadie se detiene. No esperan al tirano que desgobierna en Estados Unidos porque ya no hay certeza de liderazgo; y cuando no hay certeza, hay cálculo, y cuando hay cálculo, hay oportunidad frente a un poder faccioso que pierde la capacidad de liderar y solo intenta reaccionar para evitar la inminente caída.
Mientras tanto, el frente interno sigue acumulando presión: la manada de elefantes ya no solo está en la sala, ocupa la casa entera —migración desbordada, fractura política, tensión social, deterioro económico, desgaste institucional, violencia que se alimenta de decisiones erráticas y de una narrativa de confrontación permanente— y no solo permanece: crece, se multiplica, se vuelve más pesada. Es un entorno interno que el propio poder tiránico ha contribuido a exacerbar, alimentando polarización, desconfianza y conflicto.
Y como si ese desgaste no bastara, emerge un elemento adicional que retrata el momento: la necesidad de construir escena. Las imágenes difundidas —cascos, armas largas, movimientos abruptos, un despliegue que irrumpe y extrae— no solo documentan un protocolo, proyectan algo más. El contraste es evidente: el incidente reportado ocurrió fuera del recinto y, según lo disponible, ni siquiera en proximidad inmediata; sin embargo, lo que queda en pantalla es otra cosa: una sensación de emergencia total, de amenaza amplificada, de sobresalto.
Y en política, eso no es casual. Porque cuando el poder empieza a perder control sobre la realidad, intenta controlar la percepción. Publicar, difundir, ordenar la escena no es solo informar: es encuadrar, sugerir, orientar la interpretación. Convertir un episodio ambiguo en una narrativa clara: peligro, enemigo, respuesta.
No es nuevo. Ya ocurrió cuando un balazo en campaña se transformó en símbolo y herramienta política. Hoy el mecanismo parece repetirse: no basta con que algo pase, hay que definir lo que significa.
El riesgo es evidente. Cuando la política se desplaza hacia el espectáculo, la línea entre protección y escenificación se vuelve difusa. Y en ese terreno, cada imagen deja de ser evidencia… para convertirse en instrumento. No para aclarar, sino para amplificar, polarizar y, en el mejor de los casos, distraer.
Pero el discurso no cambia, se endurece, y ahí es donde se revela el punto crítico: cuando el poder se vuelve autista y deja de escuchar, deja de corregir, y cuando deja de corregir… empieza a caer. Porque el poder puede imponerse, pero cuando deja de ser aceptado, pierde sustento, y cuando pierde sustento, entra en su fase más peligrosa, no la de control, la de resistencia. Porque un poder que ya no convence intenta sostenerse, y en ese intento presiona más, reacciona peor y calcula menos, y ahí es donde el error deja de ser posibilidad y se convierte en destino.
Y si aún quedaba duda del cambio de clima, hay una señal que ya no puede ignorarse: el rechazo social dejó de ser susurro y se volvió voz pública. Figuras del ámbito cultural y social endurecen su tono y llaman abiertamente a la movilización —como Robert De Niro, Arnold Schwarzenegger, Bruce Springsteen, Taylor Swift, Oprah Winfrey, George Clooney, Meryl Streep, Leonardo DiCaprio, Mark Ruffalo, Ariana Grande—, y desde el frente político voces con peso propio elevan la presión —Barack Obama, Bernie Sanders, Gavin Newsom, Kathy Hochul, Alexandria Ocasio-Cortez, Zohran Mamdani—, no como un frente uniforme, pero sí como síntoma inequívoco de un clima que se transforma. Ya no es incomodidad: es hartazgo frente a un poder que insiste en imponerse sin escuchar.
En ese mismo registro, la voz moral intenta reintroducir un límite: el Papa León XIV insiste en frenar la guerra y en recordar —sin eufemismos— que el poder ejercido sin contención termina deshumanizando sus propias decisiones; que detrás de cada orden hay vidas concretas, familias enteras, padres e hijos, y que cuando la violencia se normaliza, lo que sigue no es el orden, es la tragedia. Y en esa línea se inserta una ocurrencia que ha encendido un rechazo transversal: la idea de instaurar la pena de muerte por fusilamiento, defendida como mecanismo de “orden” y “disuasión”, pero percibida como un retroceso brutal. Frente a ello, la condena ha sido amplia, y la postura del Papa ha sido firme y clara en contra, recordando que el Estado no puede erigirse en ejecutor de una violencia que pretende justificar como justicia.
Esa memoria no es un recurso retórico: es una advertencia sobre el límite que no debe cruzarse.
En paralelo, el deterioro de la legitimidad se cruza con la tentación de la negación: cuando el poder empieza a cuestionar procesos, a insinuar que no aceptará resultados y a erosionar la confianza en los mecanismos que lo sostienen —como al plantear dudas y alegar fraude en Virginia, abriendo la puerta a desconocer resultados—, no corrige el rumbo, lo agrava.
Y esa negación no ocurre en el vacío: ocurre con una base social que se adelgaza y una oposición que se articula, con un entorno internacional que ya no espera y con una estructura interna que empieza a medir más de lo que obedece.
No hay ruptura, pero hay fricción. No hay quiebre, pero hay distancia. No hay desobediencia abierta, pero sí un cálculo que ya no es automático. Y cuando el cálculo sustituye a la obediencia, el margen de error se amplía.
Porque hay un momento en el que el poder deja de gobernar la realidad… y empieza a negar la realidad que lo está alcanzando. Y cuando eso ocurre, cada decisión deja de ser solución y se convierte en síntoma, cada movimiento deja de ordenar y comienza a desordenar más, cada intento de control evidencia, en el fondo, la pérdida del control.
Y en ese punto ya no hay estrategia que alcance, ni discurso que contenga, ni fuerza que compense. Porque cuando un liderazgo no entiende su propia caída, no la detiene… la acelera. Y cuando la acelera, el desenlace deja de ser político y se vuelve inevitable. No será una decisión, no será un acuerdo, no será una corrección. Será una ruptura.
Y cuando llegue, no habrá margen para interpretaciones: no será si podía evitarse… será por qué se permitió. Porque entonces ya no estaremos frente a un poder en crisis. Estaremos frente a un poder que se consumió a sí mismo.
Un poder que ya no gobierna… solo resiste.
Y ahí es donde todo se vuelve inevitable.
Porque cuando el tirano no entiende que no entiende… ya no hay margen para corregir. Solo para caer. Y ni los shows queriendo aprovechar circunstancias podrían salvarle.
Opinion.salcosga23@gmail.com @salvadorcosio1 @chavacosio



