“Todo Estado debe tener como fundamento principal una buena organización militar; donde ésta falta, todo lo demás se derrumba”.
Nicolás Maquiavelo, El arte de la guerra
¿Cuál es el colmo del Ejército? Que termine haciendo cerveza.
No es un chiste. Bueno, sí lo es. Solo que el remate no lo escribió un comediante, sino la Cuarta Transformación.
La noticia es tan absurda que parecería una nota del día de los inocentes. Después de convertir a las Fuerzas Armadas en constructoras, hoteleras, administradoras aeroportuarias, ferrocarrileras, turisteras, aduaneras y hasta promotoras inmobiliarias, ahora también producirán cerveza. Ya solo falta que lancen una línea de bloqueadores solares para los huéspedes de sus hoteles o un programa de puntos para viajeros frecuentes del Tren Maya.
Hace años, el viejo chiste preguntaba cuál era el colmo de un carpintero o de un electricista. Hoy habría que actualizarlo. ¿Cuál es el colmo del Ejército?
Que tenga más experiencia administrando hoteles que defendiendo fronteras.
Que conozca mejor las tarifas aeroportuarias que las estrategias de inteligencia.
Que pueda explicar la ocupación de un hotel, pero no la del territorio por parte del crimen organizado.
Que sepa más de logística turística que de recuperar municipios donde el Estado dejó de existir hace años.
Que sus generales tengan más juntas sobre rentabilidad que sobre seguridad nacional.
Y, por supuesto, que ahora también hagan cerveza.
Cuando Andrés Manuel López Obrador llegó al poder prometió separar el poder político del poder económico. Pero lo que hizo fue fusionar el poder militar con los negocios del Estado.
Ya perdimos la cuenta. El Ejército construyó y administra el AIFA. Controla la operación del Tren Maya. Maneja hoteles, parques turísticos y empresas ferroviarias. A través del Grupo Olmeca-Maya-Mexica administra aeropuertos y activos comerciales que nada tienen que ver con la defensa nacional.
Mientras tanto, la Marina tomó el control de los principales puertos del país, de las aduanas marítimas, del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México y hasta de la operación turística de las Islas Marías.
El uniforme verde olivo terminó convirtiéndose en traje ejecutivo. Y ahora, al parecer, también en maestro cervecero. La ironía es todavía mayor si recordamos que este mismo gobierno canceló la planta cervecera de Constellation Brands en Mexicali, cuando llevaba alrededor del 75 por ciento de avance y una inversión cercana a los 666 millones de dólares. Se expulsó una inversión privada bajo el discurso del interés nacional y, unos años después, el propio Estado decide fabricar cerveza. La diferencia es que ahora el productor no será un empresario, sino el Ejército. Habrá que preguntar dónde se instalará esa planta y si también será sometida a consulta popular.
La pregunta ya no es qué más puede administrar el Ejército. La cuestión es qué le falta. ¿Gasolineras? ¿Supermercados? ¿Una cadena de cafeterías? ¿Una aplicación de reparto? ¿Una universidad de negocios? No se ría demasiado. Hace unos años también habría parecido ridículo decir que los soldados administrarían hoteles cinco estrellas.
Nada de esto es improvisado. Es un modelo. Exactamente el mismo que durante décadas ha operado en Cuba, donde el conglomerado empresarial controlado por las Fuerzas Armadas terminó convirtiéndose en el verdadero corazón de la economía nacional. Los hoteles, el turismo, el comercio exterior, buena parte de las divisas y múltiples empresas estratégicas quedaron bajo administración militar y de un grupo de allegados al régimen castrista. El uniforme dejó de representar únicamente la defensa del país para convertirse también en administrador del negocio.
En México estamos viendo cómo esa lógica comienza a reproducirse paso a paso.
Pero lo preocupante no es solo que los militares hagan negocios. Lo aterrador es el costo de oportunidad. Cada general revisando balances financieros es un general que no está diseñando estrategias de seguridad. Cada soldado asignado a operar infraestructura civil es un soldado que deja de fortalecer las capacidades para enfrentar amenazas reales. Cada hora invertida en vender habitaciones, boletos de tren o cerveza es una hora menos dedicada a aquello por lo que los contribuyentes mantienen un Ejército.
Porque el Ejército existe gracias a los contribuyentes. Y los contribuyentes lo quieren para defender al Estado, no para convertirse en el empresariado del Estado. Sobre todo cuando el crimen organizado administra algo mucho más rentable: regiones enteras del país.
Mientras el país enfrenta la mayor expansión territorial del crimen organizado de su historia contemporánea, quienes constitucionalmente deberían concentrar todos sus esfuerzos en combatirlo terminan ocupados revisando estados financieros, estrategias comerciales y, ahora, recetas para producir cerveza. Difícil imaginar una mejor metáfora sobre la confusión de prioridades del Estado mexicano.
Hay municipios donde el gobierno no entra sin permiso del narco. Hay carreteras controladas por grupos criminales. Hay empresas pagando derecho de piso. Hay comunidades desplazadas. Hay productores agrícolas extorsionados. Hay transportistas y periodistas secuestrados. Pero tranquilos. Los militares ya podrán ofrecerle una cerveza artesanal cuando termine su recorrido por el Tren Maya.
Nunca habíamos tenido tantas Fuerzas Armadas administrando tantas cosas. Y al mismo tiempo, nunca habíamos visto una expansión territorial tan evidente del crimen organizado. Pareciera que mientras unos perfeccionan la administración hotelera, otros perfeccionan el control del territorio.
Maquiavelo advertía que un Estado debía cuidar, por encima de todo, la fortaleza de sus instituciones militares. No imaginó que algún gobernante concluiría que la mejor forma de fortalecerlas sería convirtiéndolas en un corporativo. Porque eso son hoy. Un conglomerado empresarial uniformado. Además, se trata de un conglomerado privilegiado. Buena parte de sus empresas operan bajo esquemas con niveles de opacidad y desprovisto de estándares de competencia leal que ningún empresario privado tendría permitidos. El ciudadano financia esos negocios mediante sus impuestos, pero después encuentra enormes obstáculos para conocer con precisión cómo se administran los recursos, cuáles son sus utilidades o quiénes terminan beneficiándose realmente de ellas.
La Cuarta Transformación logró algo que parecía imposible: transformar al Ejército mexicano en un holding. Por eso resulta inevitable formular preguntas. Si alrededor de tantos negocios públicos han terminado apareciendo familiares, amigos y operadores cercanos al poder político, ¿quién garantizará que este nuevo negocio cervecero permanezca completamente ajeno a esos intereses? La historia reciente no invita precisamente al optimismo.
Quizá ése sea el verdadero colmo del Ejército. No que haga cerveza. Sino que un gobierno haya logrado convencernos de que resulta perfectamente normal que los soldados administren hoteles mientras los delincuentes administran territorios.
Los mexicanos terminaremos financiando con nuestros impuestos un nuevo negocio administrado por quienes deberían estar concentrados en recuperar el territorio perdido frente al crimen organizado. Igual que ocurrió en Cuba, el aparato militar deja de depender exclusivamente del presupuesto público para convertirse también en un actor económico con intereses propios. Cuando los soldados comienzan a administrar empresas, hoteles, aeropuertos, trenes y ahora cerveza, el problema ya no es solamente administrativo. Es político. Porque cada peso, cada empresa y cada privilegio aumentan el poder de una institución que nadie eligió para gobernar la economía del país.
Giros de la Perinola
(1) Dicen que la cerveza militar buscará representar el orgullo nacional. Tal vez deberían llamarla, entonces, “Territorio Perdido”. Al fin y al cabo, mientras unos elaboran la bebida… otros siguen brindando con el control de buena parte del país.
(2) Solo falta conocer dónde construirán la planta cervecera. Esperemos que no la cancelen mediante una consulta popular… como hicieron con la inversión privada. Aunque, tratándose de cerveza militar, quizá la consulta ya no haga falta.


