Un caballo que veía por un solo ojo
En febrero de 1948, el presidente Miguel Alemán canceló el viaje del equipo ecuestre mexicano a los Juegos Olímpicos de Londres. Su argumento fue tan simple como hiriente: con esos caballos, y menos con uno tuerto, México no podía ganar.
Ese caballo se llamaba Arete. Había perdido la visión de un ojo. Para el poder de la época, era la prueba de que no estábamos a la altura del mundo.
Humberto Mariles Cortés, militar chihuahuense, pensaba distinto. Conocía a su caballo, sabía lo que habían construido juntos y decidió que la última palabra no la tendría el escepticismo ajeno.
No nos queda más que ganar
Según la crónica de Ramón Márquez en su libro Olímpicos, Mariles buscó convencer al presidente y hasta pidió la intervención de Manuel Ávila Camacho. No lo logró. Aun así, viajó a Europa con sus compañeros, pagando los gastos de su bolsillo.
En Roma le informaron que había una orden de aprehensión en su contra por desacato. No regresó. Reunió a su equipo y les dijo, en esencia, que ya no había marcha atrás: solo quedaba ganar.
Y ganaron. El 8 de agosto, México obtuvo el bronce en el concurso completo por equipos. El 14 de agosto, en Wembley, Mariles y Arete se coronaron campeones olímpicos en salto individual. Ese mismo día llegó también el oro por equipos, junto a Rubén Uriza y Alberto Valdés.
Fueron las primeras medallas de oro olímpicas de nuestro país. Casi ocho décadas después, ningún deportista mexicano ha repetido tres medallas, dos de ellas de oro, en unos mismos Juegos. Cuenta el relato que esa noche el propio presidente Alemán llamó para felicitarlo y disculparse por no haber creído en Arete.
Creer es crear
La historia de Arete no es solo una anécdota deportiva. Es una lección sobre lo que ocurre cuando alguien se niega a aceptar el diagnóstico de los demás sobre sus propias capacidades.
Creer es crear. Antes de que exista un logro, existe una convicción. Mariles no tenía garantías; tenía confianza en su caballo, en su equipo y en sí mismo. Esa confianza fue la que convirtió una apuesta imposible en una realidad histórica.
México ha escuchado demasiadas veces su propio «no pueden ganar». Que no podemos competir, que no podemos innovar, que no podemos gobernarnos mejor. Muchas veces esa voz no viene de afuera, sino de dentro. Y cada vez que la creemos, renunciamos antes de intentarlo.
Arete nos recuerda que una limitación no define el destino. Lo define la confianza con la que se enfrenta y el trabajo con el que se sostiene.
Un México que se atreve
Yo creo que somos capaces de construir un México transformador. Lo creo porque lo he visto en la emprendedora que abre su negocio sin crédito, en el joven que encuentra su primer empleo formal y en las comunidades que se organizan para exigir lo que les corresponde.
Las grandes luchas sociales de nuestro país comenzaron igual que la hazaña de Londres: con personas que se negaron a aceptar que las cosas no podían cambiar. Consolidar esas luchas exige lo mismo que exigió Wembley: convicción, preparación y la valentía de seguir cuando todo parece en contra.
Transformar no es un acto de fe ingenua. Es la suma de decisiones concretas, sostenidas en el tiempo, por personas que creen que su esfuerzo vale. Si creemos en nuestra capacidad colectiva, podemos crear instituciones más justas, economías más incluyentes y oportunidades que lleguen a quien más las necesita.
La gloria y la responsabilidad
Sería deshonesto contar esta historia a medias. Años después, en 1964, Mariles le quitó la vida a otro conductor durante una riña de tránsito; fue condenado y más tarde indultado. Murió en una prisión de París en 1972. Sus medallas no borran sus actos, y sus actos no borran lo que ocurrió en Wembley.
Esa es también una lección. Creer en uno mismo abre caminos, pero no basta: hay que acompañar la convicción con ética y responsabilidad. Un México transformador no se construye solo con audacia, sino con integridad.
Arete no necesitó ver con los dos ojos para llegar a la gloria. A nosotros nos toca mirar con claridad hacia dónde vamos y creer, con la misma fuerza de aquel 14 de agosto, que podemos llegar. Porque creer es el primer paso para crear.
Mtra. Ana Paola Migoya Velázquez




