Este 7 de junio, Coahuila hizo lo que sabe hacer desde hace décadas: ignorar al resto del país. Mientras en casi toda la república el mapa se tiñe de guinda, el norte árido y fronterizo sostiene su propio tiempo político. Este fin de semana hubo varias lecciones valiosas a rescatar del ejercicio electoral en Coahuila. La más notoria fue el triunfo indiscutible del PRI, que confirma que la zona fronteriza norte se cuece aparte.

La elección local del 7 de junio de 2026 en Coahuila tenía una importancia nacional desproporcionada a su tamaño. Fue la única elección ordinaria estatal del país y funcionó como laboratorio político rumbo a las intermedias de 2027. Los resultados preliminares muestran que Coahuila sigue siendo, por ahora, el principal bastión territorial del PRI en México. Morena, a pesar de colocarse como segunda fuerza, quedó lejos por mucho. Esa distancia puede explicarse por los cambios internos y ajustes de estructura que llevaron a una organización acéfala, comandada principalmente desde el Comité Ejecutivo Nacional pero disuelta en las estructuras locales.

De acuerdo con el PREP, la coalición PRI-UDC obtuvo ventaja en los 16 distritos de mayoría relativa que integran el Congreso local. Algunas estimaciones la colocan alrededor del 55% de la votación, frente a aproximadamente 26% de Morena-PT. El PAN obtuvo menos de 3% y podría perder el registro. El PRI habría ganado los 16 distritos de mayoría relativa, reproduciendo un fenómeno que ya había ocurrido en 2020.

Sería impreciso decir que el éxito del PRI se basó únicamente en la fragmentación de Morena. En realidad, su estrategia descansó en una comunicación de crítica y contraste que se difundió principalmente en cadenas de mensajería instantánea, plataformas digitales y las clásicas campañas de aire, pero con mensajería directa operada por una estructura articulada desde todos los niveles del territorio hasta las corporaciones sindicales. La campaña priista se centró en contrastar la situación de seguridad de Coahuila frente a estados gobernados por Morena. El gobernador Manolo Jiménez Salinas mantuvo niveles relativamente altos de aprobación y convirtió la seguridad en el eje narrativo de la elección.

A diferencia de gran parte del país, el PRI conserva en Coahuila una maquinaria electoral municipal, sindical y territorial sólida, mantenida durante décadas de control político estatal. Esa maquinaria se ha sofisticado con herramientas digitales en las que era complejo distinguir al emisor, pues las comunicaciones no fueron los clásicos spots, fueron memes que parecían ciudadanos.

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Aunque el país no es Coahuila, puede observarse que cuando el partido oficialista se encuentra inmerso en inestabilidad interna, su operación recibe un impacto directo que lo hace menos competitivo. Pero la lección central y más importante de este ejercicio no fue la victoria del PRI, esperada y trabajada. Fue el colapso electoral del PAN.

Acción Nacional quedó por debajo del umbral para acceder a diputaciones de representación proporcional y podría perder el registro. Se trata del peor resultado histórico del PAN en Coahuila desde que existen elecciones competitivas modernas. La caída es acumulada y, en retrospectiva, inevitable.

En la elección presidencial de 2006, bajo el fervor calderonista, el PAN era una fuerza real en el norte del país. Aunque Coahuila seguía siendo priista en su conjunto, Acción Nacional era competitiva en ciudades como Saltillo y Torreón. De 2009 a 2012, mantuvo presencia relevante en zonas urbanas sin desplazar nunca al PRI del control estatal. En 2017, en la elección para gobernador, el PAN presentó a Guillermo Anaya Llamas como candidato. Perdió con claridad frente al PRI, que obtuvo una ventaja de más de diez puntos porcentuales.

Para 2020 ya se anunciaba la tendencia, ya que en la elección de diputados locales el PRI alcanzó un 49.3%, Morena un 19.3% y el PAN quedó en tercer lugar con 9.9 por ciento. El PRI ganó los 16 distritos también en aquella ocasión. En 2023, el PAN compitió aliado al PRI y al hoy extinto PRD en la elección para gobernador, contribuyendo al triunfo de Manolo Jiménez. Para este 2026, la alianza se rompió. Sin ella, no quedó nada.

La ruptura de la alianza PRI-PAN modificó completamente el escenario electoral. El PAN quedó aislado con un rebranding superficial que no comunica valores tradicionales y sin capacidad competitiva. El partido ha intentado actualizarse abrazando causas típicas de la izquierda como el feminismo y la diversidad sexual, pero lejos de que eso ayudara a su posicionamiento, los ha diluido hasta perder a sus propias bases. No es que la gente haya dejado de ser de derecha, es que la mayoría de quienes coinciden en esas políticas están votando por el PRI o por nuevos partidos locales. El 7 de junio fue la estocada final.

Morena, por su parte, ha quedado lejos de competir. La popularidad nacional del gobierno federal no alcanza en una estructura electoral estatal suficiente. En la influencia que ejercen comunidades sobre comunidades, el impacto negativo de las noticias relacionadas al narco y a la corrupción pesa más que el impacto positivo de los programas sociales. En Coahuila, Morena no tiene cuadros locales consolidados, mantiene conflictos internos recurrentes y guarda una dependencia profunda de figuras nacionales que, sin López Obrador, no alcanzan tanto. Sin liderazgos propios, sin estructura territorial, sin una narrativa de seguridad o economía que desplace a la del PRI, la marca presidencial simplemente no basta.

El PRI, con todo, no puede confiarse. Los resultados le dicen que mantener Coahuila implica un esfuerzo doble, pues son competitivos solos en elecciones ordinarias locales, pero eso no se compara con lo que enfrentarán en elecciones concurrentes y con un principal aliado en franco colapso. La fortaleza que hoy le da para negociar cualquier alianza con el blanquiazul, probablemente sobrevaluado en los últimos procesos, puede volverse un peso si no construye narrativas propias que trasciendan la seguridad como único argumento. O sea, que el PRI ahora mismo en una alianza, sería el que carga con un bulto llamado PAN.

Coahuila permanece como una excepción al mapa político nacional, precisamente por eso importa. El PRI demuestra que el priismo regional no ha muerto y puede aún ganar elecciones por sí mismo, aglutinando a las derechas sin necesidad de socio. Morena descubre los límites territoriales del norte en que las izquierdas per se no abundan, y la dependencia de figuras nacionales no suple el trabajo local que está por construirse. El PAN confirma una crisis existencial que ya no admite diagnóstico distinto, pues un partido que pierde a sus bases sin haber conquistado a las del adversario, está en extinción.

El 7 de junio, Coahuila hizo lo que sabe hacer que es ignorar el ruido nacional y hablar en su propio idioma. No hay espacio para el triunfalismo porque una entidad fronteriza no es el país entero, pero en definitiva a Manolo Jiménez se le puede aprender la diplomacia de mantener buenas relaciones con el gobierno federal, evitar confrontaciones innecesarias, pero mantener sus propias estructuras intactas mientras que para 2027 vale la pena preguntarse a dónde va el MC y a dónde va el PAN, pues ahora mismo son frágiles en el norte.