En una columna del 22 de agosto pasado, “Sheinbaum, Tocqueville y Aristófanes: la purga de la mala moneda en la política”, mencioné la parábasis de Las ranas, de Aristófanes, para llevar a la política el fenómeno de la Ley de Gresham en la economía —el de que la moneda mala y adulterada de cobre desplaza de la circulación a la moneda pura de oro y plata—.
Cabe recordar que la Ley de Gresham es bastante anterior a que, en el siglo XVI, la formulara un financiero inglés con ese nombre. El fenómeno lo conocían los griegos, como Aristófanes, quien lo llevó mucho más lejos del terreno económico: advirtió que en política las cosas son idénticas, ya que la gente virtuosa, honorable e idealista es marginada del servicio público, mientras que los perfiles oportunistas, audaces y deshonestos terminan adueñándose del poder.
Hay excepciones, como la presidenta Claudia Sheinbaum, pero esa es la regla monetaria que mejor ayuda a entender la política.
Recordé eso después de leer el artículo de hoy sábado, en Reforma, de Vanessa Romero Rocha, “Cruz es Maru”, sobre la posibilidad de que Morena postule a un bandido como su candidato en Chihuahua. El problema es que, si en el partido de izquierda le hicieran caso a Romero Rocha y se rechazara la candidatura de Cruz Pérez Cuéllar, la ganadora de la candidatura sería Andrea Chávez, quien tiene peores antecedentes que don Cruz.
A Vanessa Romero Rocha no se le puede acusar de falta de objetividad. De hecho, es una analista sumamente seria y rigurosa sobre la 4T y el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum. Es de las pocas firmas en los medios de comunicación mexicanos que no se deja llevar por el desvarío ni la calumnia contra el movimiento de izquierda. Por lo tanto, hay que tomar muy en serio lo que plantea en su columna, “Maru es Cruz” o “Cruz es Maru”, en la que señala al precandidato de Morena a la gubernatura de Chihuahua, Cruz Pérez Cuéllar, como aliado corrupto de la gobernadora panista Maru Campos.
Y no solo eso, dice Vanessa: Cruz y Maru comparten denuncias formales y documentadas de corrupción por haber recibido dinero público de la nómina secreta durante el gobierno de César Duarte. Los datos que aporta Vanessa son precisos y, viniendo de una periodista con su rigor, no hay razón para dudar de ellos.
Entonces, si Morena ganara Chihuahua con Cruz Pérez Cuéllar, perdería —o terminaría de perder— lo mejor que tiene: su ética, sus principios y sus fundamentos morales e ideológicos, resumidos en el no mentir, no robar y no traicionar. Vanessa tiene razón: la 4T no puede construirse sobre los escombros del duartismo.
Sin embargo, a la columna de Vanessa le hizo falta la segunda parte y el tiempo apremia, pues Morena está a punto de decidir la candidatura. Vanessa concluye que Cruz no puede ser el abanderado porque no representa los valores del partido, pero cabe preguntarse: ¿quién sí puede? Ya no responderá Romero Rocha: a pesar de ser la mejor en Reforma, publica cada dos semanas, el día de menos lectura de diarios, el sábado. Triste machismo del diario de la familia Junco, en el que semanalmente es posible leer a 23 firmas distintas de columnistas machos entre los columnistas más machos (el 82.14% del total), frente a solo 5 firmas de mujeres (17.86%).
¿Significa el silencio de Vanessa que, por pena ajena, no se atrevió a decir el nombre de la persona que se quedaría con la candidatura en caso de que se rechazara la de Cruz Pérez Cuéllar?
Y es que, en el supuesto de que se descartara a Cruz Pérez, la alternativa evidente en las encuestas es Andrea Chávez. El problema es que la senadora con licencia ha enfrentado cuestionamientos muy severos —y justos— por actos anticipados de campaña excesivamente costosos, como el traslado de una jirafa a Ciudad Juárez o el despliegue de brigadas médicas financiadas por empresarios vinculados a su mentor político, Adán Augusto López.
Seguramente Andrea Chávez no recibió dinero de la caja chica de Duarte, pero las dudas sobre su mala conducta persisten y, a nivel nacional, dañan más a Morena que las de Cruz Pérez.
Aunque electoralmente pudiera ser una opción competitiva, reemplazar a Cruz por Andrea difícilmente representaría una ganancia ética para Morena. Es más, reitero, el costo para el partido a nivel nacional sería mucho mayor si la candidata fuera ella, dada su sobreexposición y los escándalos que protagonizó en el Senado.
¿Cuál es la tercera vía? Una candidatura éticamente intachable, pero sin fuerza electoral, condenada de antemano a la derrota.
El dilema de Morena en Chihuahua —y en muchos otros lugares del país— se reduce a elegir entre una candidatura ganadora con mala reputación o una candidatura perdedora con prestigio moral intacto.
Ese es el mal de fondo que aqueja al partido de izquierda en todo México: salvo honrosas excepciones —comenzando por la propia presidenta Claudia Sheinbaum, de cuya honestidad no hay duda alguna—, los perfiles limpios no suelen avanzar en la política.
Opera aquí, una vez más, la mencionada Ley de Gresham, enunciada originalmente por Aristófanes en Las ranas: así como en la economía la moneda mala desplaza a la buena porque la sociedad aprecia el oro y hace circular el metal de menor valor, en la vida pública los malos políticos terminan desplazando a los buenos. El escenario en Chihuahua no es más que otra prueba de ello.
¿Hay salida? A mediano y largo plazo, formar cuadros de izquierda que imiten la buena conducta de la persona gobernante más honesta que ha llegado a la presidencia de México, Claudia Sheinbaum. En el corto plazo, Morena no puede darse el lujo de ir con candidaturas poco competitivas pero limpias: perdería frente a partidos bastante peores, el PRI, el PAN, el Verde, el PT, MC y el que Fuimos México —se llamaba Somos México y ahora buscará un nombre distinto—.



