A la memoria de Benito Juárez, el gigante de Guelatao, con motivo del 154 aniversario de su fallecimiento.

Lo fluido y complejo del contexto actual obligan a verlo con lupa y catalejos, a reflexionar sobre las luchas ganadas, lo hecho y lo rehecho, los déficits, oportunidades y retos del presente y el porvenir, tanto desde el ángulo de la mayoría hecha gobierno como del lado de las estrategias incansables para detenerla y revertirla, esto último a través de los lentes empañados de la minoría que busca reemplazarlo.

En la lupa se aprecian acciones y reacciones discursivas y mediáticas fragmentadas, incompletas y con frecuencia manipuladas, fuera de contexto y utilizadas para la oportunidad política, la lucha inmediata, el descontón o el desgaste paulatino entre contendientes que cruzan por todo el espectro informativo y del análisis, al punto que hacen palidecer a las famosas estrategias de law-fare o guerra política judicial.

La reflexión: ¿qué sería de la presidencia de la República sin la mañanera? El poder mediático, las plataformas y actores aviesos gobernarían o condicionarían al máximo como lo hicieron en sexenios previos a 2018. Aún así, nótese la forma en que las confrontaciones provocan confusión entre tirios y troyanos, lo que tampoco abona a la gobernabilidad, pues de esa confusión se toman ventaja los poderes salvajes.

Por ello, la lupa muestra oleadas intensas de letras, sonidos e imágenes que se forman, rompen y reconforman para chocar en el tiempo y el espacio de nuestras mentes, emociones y percepciones atrapadas en la vorágine del instante.

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En ese mar proceloso pueden subir o caer prestigios y posiciones, carreras y aspiraciones, empresarios, políticos, partidos o alianzas de todo tipo, pues las agendas se multiplican, cruzan y registran contradicciones, limitantes, pequeñas ganancias o graves retrocesos.

La lupa hace ver actores poderosos representados por el gobierno del presidente Trump y la coalición de ultraderechas, ayer fantasma y hoy realidad expansiva, que pretende recambiar el contexto en el que antes prevalecían las diferentes izquierdas posneoliberales, las cuales poblaron el mundo occidental e iberoamericano, en particular el llamado socialismo latinoamericano del siglo XXI en sus diferentes versiones, ya sea la de Venezuela, Argentina, Ecuador, Bolivia, Perú o Colombia; ultraderechas que operan activas para reconquistar tres joyas de lo que creen que es su corona: Brasil, España y México.

En efecto, en el panorama aparecen imágenes de empresas globales o nacionales asociadas al nuevo poder y dispuestas a recobrar los instrumentos perdidos para reaprovechar los vastos y valiosos recursos estratégicos del pasado, presente y futuro. Se apoyan en el marco de un esquema ultraliberal que pretenden sustituya de una vez para mucho tiempo el Estado por el mercado, de la mano de la inteligencia artificial más agresiva, más allá incluso de lo que intentó el neoliberalismo. Y es que ahora se trata de lograr cada vez más rápido personalizar en individuos y clanes familiares superpoderosos la cooptación, apropiación y neoesclavitud de Estados, naciones, pueblos o personas.

Naturalmente, la creatividad y abuso del lenguaje han pasado de referir gobiernos o estados constitucionales a narcogobiernos o narcoestados, sin distingo, salvo cuando estos así señalados dan muestras de subirse sin rubores a la nueva ola, o bien, hemos llegado a naturalizar y legitimar nombres o apelativos cuya fama compite con la de estrellas deportivas o del espectáculo que podrían seguir siendo ejemplo global mientras no nos defrauden en la final mundialista o en la destrucción del hábitat que agoniza, pero no termina de vencerse.

Guardamos la lupa y sacamos los catalejos que provocan otras reflexiones.

A la distancia se observan legados de conservatismo resistente a seguir perdiendo privilegios, embozado bajo el manto de libertades que se tornan exclusivas para unos cuantos y excluyentes de la mayoría, ante el progresismo que persiste en nivelar la estructura socioeconómica y afianzar el abanico de la diversidad, no del nativismo, la identidad esencial, la discriminación o la exclusión.

A lo largo de los ciclos de cambio histórico en el país, del siglo XIX al siglo XX, el choque de esas dos tendencias derivó en síntesis constitucionales que absorbieron e institucionalizaron las innovaciones económicas, políticas, sociales y hasta culturales. La lógica dialéctica indicaría que estamos frente a nueva síntesis en formación, ciertamente incierta, compleja y dolorosa debido a la radicalización de las irracionalidades provocadas por el temor y, a la vez, por la esperanza.

Los catalejos nos muestran a los reformistas radicales de mediados del siglo XIX, liderados por Benito Juárez, entre otros, que en los momentos de mayor desafío a la Constitución democrática de 1857 y la soberanía nacional respondieron con principios, serenidad, firmeza, equipo de gobierno y máxima honestidad, a la vez que profundizaron reformas estructurales que nos legaron y aún perduran.

Luego, se observa al pueblo de México conquistar, defender y desplegar los postulados sociales de la revolución de 1910 y la Constitución de 1917, hasta que su propio éxito y los contextos cambiantes condujeron a la apuesta obligada de reajustar estrategias, en lo posible sin declinar valores y principios fundamentales, ya sea en plena Guerra Fría en los años cincuenta a setenta, o bien, cuando esta llegó a su fin y hubo que firmar el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica, en los años noventa del siglo XX.

Ahora, al ingresar al segundo cuarto del siglo XXI, después de que se ha constatado el giro y los abusos del reciente periodo neoliberal y se generaron condiciones para otro cambio de contexto relevante en busca de mejores soluciones para la mayoría social vía el progresismo, asistimos a la irrupción vertiginosa de fuerzas libérrimas populistas y personalistas ultraconservadoras que hacen palidecer hasta a los frustrados, aunque todavía poco arrepentidos neoliberales.

Así las cosas, bien haremos en mantener reflexión crítica, corresponsabilidad e integridad para no perder el liderazgo moral ante apetitos neoimperiales, en el sentido más puro de la expresión, que traicionan a conveniencia la cooperación abierta y la comunicación fiel indispensables para concretar propósitos comunes, tanto entre individuos como entre naciones, en un marco de respeto tendente a la paz.

Muy bien haremos en seguir abriendo nuestras mentes, sustentando la democracia de base y reforzando las capacidades de pueblos y comunidades no para infiltrar y destruir Troya o recuperar Ítaca, sino para transitar a la nueva época de la mexicanidad, de Norteamérica y de Iberoamérica, de Mesoamérica y la Humanidad.

Habremos de hacerlo apoyados en nuestras respectivas fortalezas y mejores instrumentos posibles, respaldados por los buenos, que no son solo los débiles, sino también los poderosos buenos, aquellos rebosantes de megariquezas materiales, a quienes les demandamos humanismo, conciencia social y sentido común.

¡Buena suerte en Troya a nuestra presidenta, Claudia Sheinbaum, Odisea mexicana!

Y en la final del Mundial, que gane el mejor.