Este jueves 9 de julio, un juez en el puerto de Veracruz, declaró culpable a Marlon “N” por el feminicidio de Monserrat Bendimes. La noticia aparece como una victoria, como un suspiro de alivio: al fin, dicen, se hizo justicia. Pero detrás se esconde una verdad amarga: tuvieron que pasar cinco largos años para que se reconociera lo que era evidente desde el primer día.
Monserrat murió el 23 de abril de 2021. Una semana antes, su novio la había golpeado con una saña tal que su cuerpo, destrozado, no pudo resistir. No fue un accidente, no fue una discusión que se salió de control: fue violencia machista en su forma más letal, ejercida por quien, se suponía, la amaba. Y aun así, hubo que atravesar un laberinto legal interminable, marcado por disputas y argucias procesales que solo sirvieron para alargar el sufrimiento de quienes la lloran.
Mientras la familia de Monserrat vivía día a día con la ausencia y la incertidumbre, el sistema permitía que el responsable se escudara en papeles y plazos, protegido también, hay que recordarlo, por sus propios padres.
Cinco años no es “proceso largo”: es indiferencia institucional, es la normalización con la que se tratan las vidas de las mujeres.
Este fallo confirma lo innegable: Marlon “N” es culpable. Pero también deja al descubierto nuestras fallas estructurales. No podemos celebrar que la justicia funcione cuando lo hace a paso tan lento. Cada día que pasó sin esta sentencia fue un día en que se le debió una disculpa a la memoria de Monserrat y a quienes la amarán siempre.
Ahora falta definir la pena. Pero ninguna cárcel le devolverá la vida. Lo que sí podemos exigir es que este caso no sea solo una línea en un expediente, sino el recordatorio de que la justicia no puede llegar cuando el dolor se clava cada vez más profundo. Llegar tarde, muchas veces, es también una forma de injusticia.
Monserrat ya no está. Que al menos su nombre sirva para que otras no tengan que esperar tanto… o para que no tengan que morir primero.



