Durante demasiado tiempo México ha observado su relación con China fundamentalmente a través de una cifra: comercio. Importamos mucho, exportamos poco y recibimos inversiones que, en apariencia, representan nuevas oportunidades de crecimiento.

El problema es que China hace tiempo dejó de pensar sus relaciones internacionales exclusivamente en términos comerciales.

Su presencia en México comprende hoy inversión, infraestructura, telecomunicaciones, universidades, formación tecnológica, intercambios gubernamentales y mecanismos de influencia. En 2024, México importó alrededor de 129 mil millones de dólares provenientes de China, mientras nuestras exportaciones hacia ese país fueron de apenas 8.85 mil millones. Sólo la Ciudad de México y el Estado de México importaron conjuntamente cerca de 45 mil millones de dólares.

Pero la verdadera discusión comienza después de las cifras. China tiene una estrategia nacional de largo plazo en la que ciencia, tecnología, industria, academia y seguridad forman partes de un mismo proyecto. Iniciativas como Made in China 2025, los planes quinquenales y China Standards 2035 persiguen no solamente fabricar más, sino ascender en las cadenas de valor, dominar tecnologías estratégicas y participar en la definición de los estándares sobre los que funcionará la economía del futuro. México debe comprender lo que esto significa.

Nuestro país posee exactamente aquello que las grandes potencias buscan en esta etapa de competencia global: ubicación geográfica privilegiada, acceso al mercado estadounidense, cadenas industriales profundamente integradas con Norteamérica, universidades, talento tecnológico y sectores estratégicos como el automotriz, aeroespacial, telecomunicaciones, energía y semiconductores.

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Por eso México no es simplemente otro mercado para China. Es una plataforma estratégica.

La discusión tampoco consiste en afirmar que toda empresa, inversión, universidad o ciudadano chino representa una amenaza. Sería absurdo. Consiste en entender que el sistema chino establece una relación entre Estado, empresas y objetivos nacionales muy distinta de aquella a la que estamos acostumbrados en Occidente.

La propia legislación china obliga a organizaciones y ciudadanos a cooperar con los esfuerzos nacionales de inteligencia. Al mismo tiempo, existen antecedentes documentados de espionaje económico, apropiación de secretos comerciales y operaciones dirigidas a adquirir capacidades tecnológicas desarrolladas durante décadas por compañías occidentales.

A esto debemos agregar una dimensión menos visible: la formación de ecosistemas.

Los Institutos Confucio, las Huawei ICT Academies y los programas de cooperación universitaria permiten construir relaciones de largo plazo con estudiantes, académicos, funcionarios y futuros tomadores de decisiones. En México, Huawei ha desarrollado academias universitarias desde 2013 y ha establecido programas de cooperación incluso para capacitación relacionada con inteligencia artificial y tecnologías digitales.

Nada de esto obliga a México a escoger entre comerciar con China o mantener su relación con Estados Unidos.

Ésa sería una falsa disyuntiva.

México debe comerciar con China, recibir inversión productiva y aprovechar oportunidades internacionales. Pero también debe establecer límites claros para proteger infraestructura crítica, propiedad intelectual, telecomunicaciones, información estratégica y cadenas de suministro esenciales.

Y existe una razón adicional para hacerlo.

Nuestra integración económica, industrial y geográfica con Estados Unidos es incomparablemente más profunda. En medio de la competencia estratégica entre Washington y Beijing, cualquier percepción de que México pudiera convertirse en una puerta trasera para tecnologías, componentes o intereses estratégicos chinos terminará inevitablemente formando parte de la conversación bilateral.

La pregunta correcta, entonces, no es si China es buena o mala para México.

La pregunta es mucho más seria:

¿Tiene México una estrategia frente a China?

China claramente tiene una estrategia frente a México.

En el nuevo orden internacional, la ingenuidad también tiene consecuencias geopolíticas.