El secretario de Economía, Marcelo Ebrard, anunció que el próximo miércoles iniciarán las negociaciones formales del T-MEC en formato presencial. El mandato que tiene es claro: mantener el tratado y eliminar aranceles, dejando fuera por el momento el tema geopolítico que ha tensado la relación bilateral.
Sin embargo, México llega en desventaja por factores que, aunque no son estrictamente comerciales, inciden directamente en la relación y en los acuerdos. Uno de ellos es el estado que guardan las carreteras, como pieza clave para la movilidad de las cadenas de suministro.
El deterioro de la red carretera no es solo un problema de movilidad: impacta la competitividad, encarece el comercio y debilita la cadena logística nacional. A pesar de décadas de inversión, hoy predominan el desgaste, la desigualdad regional y una evidente falta de mantenimiento. Siete años de rezago están pasando factura.
México cuenta con más de 178 mil kilómetros pavimentados y más de 530 mil de caminos no pavimentados. Apenas el 30% de las carreteras está en buen estado según la Cámara Mexicana de la Industria de la Construcción, tras recortes y cancelaciones de mantenimiento, incluida la suspensión de licitaciones en 2024.
El resultado es una red funcional pero ineficiente: baches, tramos inconclusos y cuellos de botella que disparan costos. Por ejemplo, un camión de carga que va de la zona industrial de Cuautitlán Izcalli a San Luis Potosí, en un trayecto que antes tomaba cuatro horas, hoy puede extenderse hasta catorce.
Dos visiones
El contraste entre administraciones recientes ilustra el problema. Durante el gobierno de Enrique Peña Nieto se impulsó la expansión de la red carretera con fuerte inversión pública y privada. Se construyeron o modernizaron aproximadamente 12 mil kilómetros de carreteras y se concluyeron 38 autopistas de un total de 46 planeadas.
Durante el gobierno de Andrés Manuel, se proyectaron más de 8 mil km de caminos y carreteras, pero el enfoque se desplazó hacia caminos rurales con cerca de 6 mil km en este rubro y se priorizaron las megaobras.
La inversión privada cayó más de 60% con respecto al sexenio anterior y el mantenimiento se redujo. En términos simples, mientras Peña Nieto apostó por expansión y conectividad estratégica, AMLO priorizó cobertura social y proyectos alternativos. El resultado: una infraestructura menos competitiva y una logística más cara: un impuesto silencioso a la economía mexicana en un momento donde la integración regional exige estándares homologados.
El costo de la ineficiencia
El deterioro carretero funciona como un impuesto invisible al aumentar los tiempos de traslado, el desgaste vehicular, el consumo de combustible, robos y el riesgo de accidentes, costos que inevitablemente se trasladan al consumidor final.
Las cadenas productivas modernas dependen de eficiencia y previsibilidad. Las fallas en infraestructura generan retrasos en puertos y cruces fronterizos, incertidumbre en inventarios y pérdida de competitividad, especialmente en sectores como el automotriz, agrícola y manufacturero.
Infraestructura débil frente a socios fuertes
Un obstáculo para el T-MEC que exige no solo apertura comercial, sino infraestructura eficiente. México compite con Estados Unidos y Canadá en integración productiva en condiciones de desigualdad: mientras Estados Unidos cuenta con infraestructura logística altamente desarrollada y Canadá mantiene estándares elevados de conectividad, el país enfrenta cuellos de botella internos.
Según cifras de la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes (SICT), más del 55% de la carga nacional se mueve por carretera, pero la inversión en infraestructura ha caído en términos reales en los últimos siete años.
Organismos como el Instituto Mexicano del Transporte estiman que el mal estado de las vías puede incrementar los costos logísticos entre 20% y 25%, debido al mayor consumo de combustible, desgaste vehicular y retrasos.
Mientras Estados Unidos y Canadá cuentan con redes logísticas robustas, México enfrenta la caída en índices internacionales de calidad de infraestructura.
En este contexto, programas como el “Bachetón” nada solucionan, por el contrario, evidencian el rezago. Pretender que un programa de bacheo sustituya a una política integral de infraestructura es una simulación frente a un problema que ya está cobrando factura en la competitividad del país.
X: @diaz_manuel





