Enseguida un video publicado por Azucena Uresti en la red social X. Muestra a la presidenta Claudia Sheinbaum caminando a lo largo de un trayecto mientras varias personas le arrojan pétalos de flores a su paso. La mandataria no hacía ejercicio —es decir, cualquier caminata mejora la salud de las personas, pero su intención no era deportiva—; ella tuvo que trasladarse a pie, aproximadamente un kilómetro, debido a un bloqueo de campesinos antes de llegar a un evento de reforestación en las faldas del Popocatépetl. Es lo que afirma la periodista de Radio Fórmula y El Universal. En este post de X el video mencionado:

Lo relevante del hecho no es la caminata de un kilómetro en un sitio ubicado a una altitud de entre 2 mil 500 y 3 mil metros sobre el nivel del mar, muy superior a la de la Ciudad de México y, aunque lo duden los montañistas europeos, un sitio más elevado que cumbres emblemáticas del llamado Viejo Continente, como el Carlit de la Alta Cerdaña francesa, al lado de la Cerdaña catalana, en el norte de España, o el pico Grand Combin de Madzeuria en el cantón del Valais, Suiza.

Lo verdaderamente destacable tampoco es el ritmo acelerado al que avanza la presidenta: a juzgar por mi propia experiencia —antes me daba por caminatas a buen paso; las sigo haciendo, pero con lentitud por mis 70 años—; decía que estimo que ella camina a un paso acelerado que, de mantenerlo durante una hora, le permitiría recorrer alrededor de 6 kilómetros, algo que representa una exigencia aeróbica considerable por más que en las imágenes se note una ligera pendiente descendente. Ya se sabe: a mayor altitud, menor oxigenación y mayor fatiga, que se incrementa por la velocidad.

Lo ejemplar de la caminata es la espontaneidad que refleja el video publicado por Azucena Uresti. La gente que lanza pétalos al paso de la presidenta no parece haber sido convocada por nadie para aplaudir: son personas residentes en la zona que se enteraron de que Sheinbaum andaría por ahí y acudieron como un gesto de reconocimiento porque pocas veces les visitan gobernantes de ese nivel. Solo AMLO y ahora Sheinbaum —entre todos los presidentes mexicanos desde el siglo XX, quizás con la sola excepción de Lázaro Cárdenas— han recorrido las comunidades del país cada fin de semana, dejando las oficinas de Palacio Nacional para llevar el poder presidencial a todas las regiones de la nación, sobre todo a las más apartadas.

Es una escena de una gran fuerza política que explica bastantes cosas que no logran entender ni la oposición ni la comentocracia que tanto detestan a la 4T.

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Lo más significativo es el grado de permeabilidad del dispositivo de seguridad. Es una alta permeabilidad; es decir, hay elementos policiacos o militares que protegen a la presidenta Sheinbaum, pero son muy pocos y se mantienen alejados de ella, lo que permite que las personas comunes se acerquen físicamente a la mandataria: que la saluden, le entreguen peticiones o le arrojen flores. No hay, como en los tiempos del PRI y del PAN, una “burbuja” de guaruras imponentes —aquellos soldados de muy malos modos del desaparecido Estado Mayor Presidencial—; Sheinbaum no tiene un círculo de protección a prueba de todo ni infranqueable. Lo rechaza para no aislarse. Es su decisión, no puede ser de nadie más, que se le proteja, sí, pero con la condición de tolerar el contacto popular.

La presidenta avanza en el video al alcance de la gente, sin una valla —ni humana ni de acero— que la separe del pueblo. Honor a quien honor merece: ese, el de la proximidad física con las personas más necesitadas de apoyo, era el estilo de Andrés Manuel López Obrador. Claudia Sheinbaum conserva y aun perfecciona la cultura política que ha hecho invencible al movimiento de izquierda en las elecciones celebradas desde 2018.

Pero hay algo más en el video: la presidenta no planeó el bloqueo que le impidió llegar en coche a un evento. Inconformes protestando no permitieron avanzar al vehículo —lo más normal en no pocos lugares de México—, y la respuesta presidencial fue la de, simple y sencillamente, caminar.

Los pétalos lanzados espontáneamente —solo la calumnia los consideraría parte de una escenificación— reflejan que entre la gente más humilde hay afecto hacia la presidenta y el proyecto que encabeza, el de la 4T. Hasta se podría decir, sin exageración, que hay veneración popular porque al fin el gobierno apoya a las personas pobres, un sentimiento que contrasta brutalmente con el odio hacia la izquierda en barrios elegantes como Las Lomas o Santa Fe, en la Ciudad de México; San Pedro, en Nuevo León, o colonias de clase media y alta de Jalisco y el resto del país.

Ahí está la razón de que el exceso de comentarios periodísticos ofensivos y calumniosos le hagan a la presidenta Sheinbaum y a la 4T lo que le hizo el viento a Juárez, que, como se sabe, al Benemérito solo le tiró el sombrero… y ni siquiera le despeinó el copete.