Confieso que he sido simplona al interpretar formularios. Entendía “lengua madre” cómo aquella con la que un ser humano recibió crianza desde el nacimiento y que, por tanto, es el idioma mejor conocido. El lenguaje de la madre, pues, que casi por ósmosis podía ser el primer medio de interacción y entendimiento entre un nuevo ser humano bebé con su entorno… pero en realidad, la lengua madre es una dimensión que acoge al ser humano en una manera de ver el mundo, de nombrar, de sentir, de percibir e inclusive, de comunicar con éxito. Como si una lengua fuera capaz de maternar y construir una visión de la realidad en el cerebro humano.

Al mismo tiempo, con la herencia de la conquista y los procesos violentos con los que nos fueron despojadas las lenguas originarias, me costaba trabajo entender y celebrar la hispanidad. Hoy cumplo poco más de una semana en un lugar cuya lengua se siente distante… Países Bajos habla principalmente en neerlandés y en donde el inglés resulta ser el espacio común más cercano para interactuar pero también, el más superficial.

Países Bajos tiene el nivel más alto de competencia en inglés, siendo que los estudiantes de este lugar aprenden distintos idiomas desde pequeños incluyendo alemán, inglés y por supuesto, su lengua madre.

Creo que la “lengua madre” es una enorme matrix lingüística creadora de entornos. Interpretaciones y realidades. Como si la lengua fuese una madre conceptual que literalmente acoge nuestra infancia para llenarla de significados y visión, para darle herramientas de expresión interna y externa. La que moldea el diálogo hacia adentro pero también el que va y viene hacia afuera. La lengua madre es una madre completa que trasciende a sus miles de años de historia, con sus versiones antiguas y nuevas como el español viejo frente al español mexicanizado que usa palabras propias. La lengua madre es un hilo conductor que transfiere emociones por la lengua y por los dedos, por los ojos, una madre que protege hasta el insulto y que tiene recursos para el desprecio más bajo y para el amor más bello. Por eso es que “love you” sea tan complejo y absurdo como la superficialidad de un “te quiero” frente a un “te amo” en el español.

En francés existe la expresión “L’appel du vide” que se traduce literalmente como “la llamada del vacío”, como un amor a las alturas que en nuestro idioma no hay. Como temer a las alturas y estar en un balcón alto mientras te detienes a pensar: “¿y si salto?”…

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No es un deseo de caer, sino la conciencia súbita del abismo; una advertencia íntima de la vida recordándose frágil. Pienso que algo similar ocurre cuando una lengua nos abandona o nos es ajena: no hay voluntad de desaparecer, pero sí una sensación de desarraigo semántico, de vértigo frente a un mundo que no se deja nombrar del todo.

Vivir en una lengua que no es la propia es habitar un balcón lingüístico. Todo funciona, todo es correcto, pero algo no termina de sostenernos. Todo es superficial, nada es siente profundo. Interactuamos en medio de la soledad. El inglés —útil, eficiente, universal— permite comprar pan, asistir a clases, pedir indicaciones; pero rara vez permite temblar, recordar, amar con precisión. Es una lengua que conecta, pero no necesariamente materna. No abraza los matices de la infancia ni las heridas heredadas. No sabe decirnos quiénes somos cuando estamos cansadas, cuando dudamos, cuando pensamos sin traducirnos.

Tal vez por eso la lengua madre no es solo la primera, sino la que nos permite caer sin rompernos. La que sabe distinguir entre el vacío y el abismo. La que puede nombrar el miedo sin convertirlo en libro o consulta, el amor sin reducirlo a una fórmula, la rabia sin neutralizarla al “be polite, be kindle”. En ella no solo hablamos: existimos con densidad. Somos intensas como latinas hispanas y como la lengua romance que habitamos y sentimos.

Hoy, lejos de mi territorio lingüístico, empiezo a entender que defender una lengua no es un gesto nostálgico ni identitario en el sentido estrecho, sino una forma de defender la complejidad humana. Pues cuando una lengua muere o se vuelve irrelevante, no solo perdemos palabras: perdemos maneras de pensar, de sentir, de recordar y de resistir.

Quizá por eso sigo regresando al español —al mío, al que me materna— como quien vuelve al borde del balcón, no para saltar, sino para confirmar que aún hay suelo. Que todavía existe un idioma capaz de sostenerme cuando el mundo, traducido, se vuelve demasiado liviano. Y busco a quienes hablan y sienten así aunque no sean mis personas de confianza. Me alivia ser sentida en la intensidad hispano latina que habito y solo por eso pienso en la complejidad acompañada de silencio de quienes migran, en su fortaleza y autonomía para sostenerse hablando, tal vez, solo consigo mismos.

El silencio me asfixia. Quisiera escuchar palabras muy mías, tonos entendidos, los “te amo”, los “que poca” los “wey” que suenan como goeeeey, todas las palabras hispanas. Los amores baratos. La interacción, la conquista del inglés que suena al “Rush”… Nuestras lenguas danzar. Maternándonos, acogiendo nuestra realidad.

X: @ifridaita