Al presidente Donald Trump le ha sorprendido que la presidenta Claudia Sheinbaum haya pasado del ballet a presidir México. Es una simplificación de la biografía de una mujer sobresaliente porque, la verdad sea dicha, hubo varias etapas intermedias en el paso de la mandataria de la danza clásica al poder político. Antes de explicarlo, conviene entender la mencionada actividad, una de las bellas artes.
Hombre informado, el presidente Trump sabe que el ballet es un arte físicamente exigente y artísticamente complejo. Requiere sensibilidad, disciplina, coordinación, oído musical y muchísimas horas de ensayo.
El presidente de Estados Unidos debe haber admirado no pocas veces El lago de los cisnes, El cascanueces o La bella durmiente, del ruso Chaikovski; o Romeo y Julieta, de Prokófiev, o La consagración de la primavera, de Ígor Stravinski.
¿Solo los rusos componen obras para ballet? Ni tanto. En realidad, Prokófiev nació en el territorio de la actual Ucrania. Y Stravinski adquirió dos nacionalidades distintas: la francesa y la estadounidense —¿si viviera en la actualidad aplaudiría los discursos de Trump? Quizá sí, quizá no—.
El ruso, después francés y finalmente también gringo, Stravinski convenció al español Manuel de Falla para crear el ballet El sombrero de tres picos; otro ibérico, Pablo Picasso, diseñó el telón, los decorados y el vestuario. En YouTube se puede admirar la combinación de la danza, la música de Falla y la creatividad de Picasso.
Claudia Sheinbaum practicó ballet clásico de niña y adolescente. Ignoro en qué obras participó. Cuando dejó la danza practicó el remo en un equipo de la UNAM, donde estudió física, la ciencia más básica y fundamental de todas, como la consideraba el premio Nobel Richard Feynman.
Sheinbaum se licenció en física, hizo una maestría y luego se doctoró en ingeniería energética. Trabajó como investigadora, dio clases en la universidad y colaboró con el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de la ONU.
Desde muy joven, quizá desde su época de bailarina de ballet, se involucró en la política a favor de la gente más necesitada. Participó en movimientos estudiantiles para defender la universidad pública, gratuita y de calidad.
Después se unió al proyecto político de Andrés Manuel López Obrador y ha tenido cargos públicos importantes: secretaria del Medio Ambiente de la Ciudad de México, jefa delegacional de Tlalpan, jefa de gobierno de la capital y, en este momento, presidenta de nuestro país.
Sheinbaum no pasó directamente de las zapatillas de ballet a la presidencia. En medio hubo décadas de arte, deporte, estudios de alto nivel, ciencia, protesta social y administración pública en distintos niveles de gobierno.
La vida de Donald Trump ha sido muy distinta. Estudió economía en Wharton (la escuela de negocios de la Universidad de Pensilvania) y se dedicó al sector inmobiliario. Creó una marca muy conocida y exitosa: su apellido es el nombre de hoteles, casinos y campos de golf.
El presidente Trump se hizo muy famoso en televisión con el programa El aprendiz (The Apprentice) y hasta organizó el certamen Miss Universo. Después dio el salto a la política y ganó la presidencia de Estados Unidos sin haber ocupado antes ningún cargo público.
Dos caminos completamente distintos. Trump viene del mundo empresarial y del entretenimiento; Sheinbaum, de la cultura, el deporte, la ciencia, el activismo y la gestión pública.
Ambos gobiernan sus países porque ganaron elecciones. Claudia, hay que subrayarlo, con récord de votos en México.



