Este 18 de septiembre, el titular de la Secretaría de Educación Pública, Mario Delgado, anunció que, mediante acuerdo del Consejo Nacional de Educación (Conaedu), a partir de octubre se restringirá totalmente el uso de teléfonos celulares en escuelas primarias y secundarias de todo el país. La medida responde a una necesidad urgente: proteger la salud mental, recuperar la capacidad de concentración y fortalecer la comprensión lectora de niñas, niños y adolescentes, áreas donde precisamente los resultados de PISA 2025 exhibieron las mayores debilidades.
Esto se aplicará de manera distinta en cada nivel educativo.
En bachillerato, será cada comunidad escolar —con directivos, maestros y familias— quien defina sus propias reglas de uso. Las universidades, por su parte, conservan su autonomía. Adolfo Núñez, encargado de la implementación, fue claro: la medida se aplicará con flexibilidad, reconociendo que no es igual la realidad de una escuela urbana que una rural, ni las condiciones de cada entidad. Serán los propios planteles quienes establezcan las consecuencias locales para su incumplimiento.
Algunos dirán que es prohibir por prohibir. Que la tecnología es el futuro. Tienen razón: no se trata de demonizar los dispositivos. Pero hay una diferencia enorme entre enseñar a usar la herramienta y dejar que la herramienta domine todo. Hoy, el celular en el aula no es aliado del aprendizaje: es una interrupción constante, un obstáculo para la lectura profunda y el pensamiento analítico.
Los datos de PISA no mienten: donde la concentración cae, los aprendizajes se desploman. Y la salud mental de nuestros jóvenes no es ajena: la hiperconectividad sin límite ha mostrado su rostro más frágil en la ansiedad, la impaciencia y la dificultad para relacionarse cara a cara.
La restricción en primaria y secundaria no es un retroceso: es un límite necesario. En esas etapas de la vida nos urge pensar, hablar, ser escuchados, mirarnos y hasta abrazarnos.
El mundo digital puede esperar; lo que no puede esperar es la formación integral de quienes están construyendo su forma de entender el mundo.
Apagar la pantalla no es volver al pasado. Es darle su lugar a la presencia: a la voz del maestro, a la conversación entre compañeros, al libro que se lee sin interrupciones, al pensamiento que tiene tiempo de madurar. Devolverles la atención a nuestros estudiantes es devolverles la posibilidad de aprender. Y eso es algo que ninguna pantalla puede enseñarles.



