Quienes siguen mis columnas habrán observado que me gusta la revista alemana Die Zeit. Es muy buena. He leído una entrevista que hizo el periodista Johannes Böhme al joven historiador británico Edmund Richardson, quien ha publicado una biografía de Alejandro Magno, “posiblemente el hombre más famoso del mundo antiguo”.

La tesis del entrevistador, que el entrevistado desarrolla bastante bien, es esta: “Alejandro Magno conquistó un imperio mundial. Siempre quiso más. Y acabó hecho un desastre. Su biógrafo explica por qué esto le recuerda a los magnates tecnológicos de hoy en día”. Esto porque las mayores empresas de la actualidad o siguen creciendo, sobre todo en lo relacionado con la inteligencia artificial, o perecen.

Aplicaré la comparación al ascenso de Morena, que por lo visto necesita seguir aumentando su poder en México: en efecto, como Alejandro hace miles de años, como las grandes tecnológicas del primer tercio del siglo XXI.

El entrevistador de Die Zeit menciona en una de sus preguntas a Sam Altman, cofundador y principal ejecutivo de OpenAI —la empresa creadora de ChatGPT—, quien dijo recientemente que este es el mejor momento para un filósofo desde que Aristóteles fue maestro de Alejandro Magno.

No parece exagerada la afirmación anterior, ya que la inteligencia artificial está transformando brutalmente al mundo y necesita, además de técnicos, gente capaz de pensar qué debe hacerse con semejante poder. Esto es, están haciendo falta filósofos capaces de desarrollar una nueva ética, basada en los principios fundamentales que han guiado a la humanidad, pero claramente aplicada a los retos que plantea la tecnología de hoy.

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Es interesantísima la entrevista de Die Zeit con Edmund Richardson, aunque el periodista se exceda en alguna afirmación, como la de que casi el uno por ciento de toda la humanidad murió durante las campañas bélicas de Alejandro. El número seguramente fue considerablemente menor, pero no hay duda de que la ambición de un solo general provocó una destrucción de vidas verdaderamente monstruosa.

Richardson, eso sí, plantea una idea sugerente. Compara a Alejandro con una empresa tecnológica hyperscaler. No encuentro una traducción al español que me guste. Hiperescalador me parece bastante feo. Pero su significado es claro: organización condenada a crecer porque, si deja de crecer, empieza a fracasar.

El concepto aplica a las grandes tecnológicas, pero también a un sistema político como el de Morena, en México.

No sé quiénes fueron los Filipos de Sam Altman y Elon Musk y los otros capos de la tecnología. Habrá que encontrarlos. Lo que sí creo es que, para la 4T, AMLO fue Filipo, mientras Claudia Sheinbaum es Alejandro.

Aclaro que no estoy comparando la violencia de las conquistas de Alejandro con la política democrática mexicana. Estoy hablando nada más de cómo Filipo y AMLO transmitieron su poder.

Filipo II construyó durante décadas la formidable maquinaria militar que heredó su hijo Alejandro. Este recibió el mejor ejército del mundo antiguo. Pero no solo se quedó con tan temible máquina de guerra: heredó también sus enormes costos. El padre de Alejandro dejó gigantescas deudas y en las arcas dinero apenas suficiente para pagar al ejército durante unas semanas.

Alejandro tenía dos caminos. Uno era conseguir más recursos para su propia población —reforma fiscal—. No lo hizo, sino que más bien eliminó impuestos. El otro camino era el que siguen las grandes tecnológicas actuales: ir hacia adelante, esto es, conquistar más y más territorios para obtener los recursos que le permitieran… precisamente seguir conquistando otros territorios.

El paralelismo con las empresas tecnológicas es claro. Me parece que también funciona con las herencias de AMLO a Sheinbaum.

Andrés Manuel López Obrador construyó durante décadas la maquinaria política prácticamente invencible que heredó Claudia Sheinbaum: un partido dominante, impresionante base de simpatizantes, programas sociales convertidos en derechos constitucionales y una capacidad de operación electoral más eficaz inclusive que la del viejo PRI.

Sheinbaum, en su primera batalla, la elección presidencial de 2024, utilizó magistralmente el aparato heredado y logró una votación récord.

Pero, como Filipo, AMLO también heredó facturas por pagar. El Estado mexicano tiene enormes compromisos financieros y un estrecho margen fiscal. Las megaobras de López Obrador son sin duda buena parte del problema. Muchos de quienes apoyamos la cuarta transformación seguimos sin entender plenamente la racionalidad económica de algunas de ellas, como el Tren Maya.

Claudia, como Alejandro, tampoco parece dispuesta a recurrir a una reforma fiscal que aumente significativamente los recursos propios del Estado mexicano. No quiere asumir semejante costo político.

¿Qué puede hacer Claudia Sheinbaum? La comparación con lo que hizo Alejandro Magno no da para más. El hijo de Filipo tenía cerca una Persia extraordinariamente rica que podía conquistar y saquear. Y lo hizo.

Claudia no tiene Persia. Tiene elecciones. Debe ganarlas para seguir contando con el apoyo político que le permita administrar la herencia de facturas a pagar que le dejó AMLO. Morena, entonces, tiene que ser como el hyperscaler del que hablan el entrevistador de Die Zeit y el historiador Richardson: un partido condenado a crecer para no desaparecer.

Como mínimo, Morena debe volver a ganar lo que ya ha ganado. Después del resultado impresionante de 2024, en 2027 tendrá que conservar prácticamente todo y además dar al menos un paso adelante. Después llegará 2030 y el reto será el mismo.

Morena vive el síndrome del éxito de las grandes organizaciones, que es la semilla de su fracaso: el de que dejar de crecer ya es derrota.

¿Logrará Morena la victoria en 2027? Si corrige situaciones lamentables como la de Nuevo León, podrá lograrlo, pero…

Pasada la meta intermedia de 2027, la presidenta tendrá que pensar muy seriamente en algo en lo que falló Alejandro Magno. Este tuvo un gran maestro de ética, Aristóteles, pero no le hizo caso. La presidenta de México necesita su filósofo —no sé si ya ande por Palacio Nacional—, pero sobre todo tendrá que atender sus recomendaciones morales. No es que ella para su propia vida las necesite —es la persona más honesta que ha llegado al poder en México—, pero sí para obligar a la gran estructura de Morena a andar ya por el camino correcto. Porque lo cierto es que hay demasiadas conductas reprochables entre gente que ha sido nombrada en cargos de poder.

Regreso a Sam Altman. Dijo el cofundador de OpenAI que vivimos el mejor momento para los filósofos desde que Aristóteles educó a Alejandro. El historiador Richardson, en la entrevista, respondió con ironía que eso le suena más a amenaza que a invitación. Es un apunte pertinente el del entrevistado en Die Zeit.

Si AMLO fue Filipo y Claudia es Alejandro, ¿quién será el Aristóteles de Sheinbaum?

Morena no necesita únicamente estrategas para ganar más gubernaturas o más diputaciones. Necesita también a alguien capaz de formular la pregunta más importante: ¿para qué quiere Morena tanto poder? Y para responder si se ha hecho lo correcto, o no, con el mismo.

Ganar más elecciones ya no puede ser el único fin. Para empezar, por un asunto de orden práctico: ningún partido, por poderoso que sea, puede crecer indefinidamente. Pero tampoco debe ser ya ese el objetivo por una exigencia ética: ¿ganar tanto para qué y cómo demostrar que se ha utilizado decentemente el gran poder de la 4T?

Morena necesita a su Aristóteles. Claudia, a diferencia de Alejandro, tendrá que escucharlo.