En reiteradas ocasiones, la actual administración se ha evidenciado como ignorante en múltiples y diversos aspectos y ámbitos. Una de las materias que más se desconoce y relega en tiempos del lopezobradorismo es la ecología. A la falazmente llamada Cuarta Transformación no le interesa ni le importa el ambientalismo. Por eso se ha cansado de promover energías sucias, ha deforestado como ningún otro gobierno en tiempos modernos y ahora le ha declarado la guerra a la conservación del borrego cimarrón.

La ignorancia es la principal enemiga del medio ambiente. Los ignorantes jamás entenderán la importancia que representa para la vida misma el cuidado de los ecosistemas. Los ignaros en cuestiones ambientales creen que la preservación de los hábitats naturales de la flora y fauna silvestre es la simple y sencilla consecuencia de la inacción humana; piensan que mientras las mujeres y hombres del mundo se abstengan de intervenir en asuntos de la naturaleza, el Planeta Tierra será salvado. Los iletrados llaman venado cimarrón al carnero salvaje mexicano. Pero no es así. La realidad es otra. Y es una realidad complicada.

La conservación de las especies requiere de recursos, trabajo y concientización. Los esfuerzos que se emplean a lo largo y ancho del mundo para conservar especies de flores, plantas, animales, es titánica y heroica. Sin embargo, es tal la complejidad que entorna esta labor, que la mayoría de las personas recusa el verdadero significado del conservacionismo.

Otro reto al que se enfrenta la conservación de especies es la política. Lamentablemente el repudio indocto de las herramientas imprescindibles para la materialización del conservacionismo rinde dádivas en el negocio de la popularidad. Por eso, los protagonistas en turno de la vida pública aprovechan cada ocasión para promover la inocuidad ilógica de la protección animal mediante la pasividad humana.

Lo antes dicho ocasiona en la gente que habita las urbes confusión y engaño. Ajenos al mundo rural, al campo, a la vida silvestre, los citadinos se han acostumbrado a delegar la muerte y a dar la espalda a los problemas que aquejan a la biodiversidad en el mundo. Por eso no entienden que no entienden que el hombre, por ser un ser heterótrofo, requiere de consumir seres vivos para su supervivencia.

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La problemática expuesta quedó demostrada en la intervención que tuvo Andrés Manuel López Obrador en su reunión con los seris en Sonora.

Necesitado de buena prensa, el presidente de la República propuso al pueblo seri considerar abstenerse de cazar venados y borregos cimarrones. Les aseguró que el gobierno federal contribuiría económicamente para suplir los recursos que les representa la cacería legal. Evidentemente la propuesta fue rechazada.

Los seris repudiaron la verborrea plagada de ignorancia. Nada más la Isla del Tiburón cuenta con una tasa de aprovechamiento cinegético para 12 borregos cimarrones. Esto les genera poco más de veinte millones de pesos al año. Y la isla no es la única Unidad de Manejo para la Conservación de la Vida Silvestre (UMA) en tierras de los comca’ac.

El estado de Sonora expide cincuenta cintillos para la caza legal de borrego cimarrón en vida libre. Esto le significa una derrama económica de alrededor de cincuenta millones de pesos.

Se hace la aclaración que, de acuerdo a la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Recursos Hidráulicos, Pesca y Acuacultura del estado de Sonora, en dicha entidad federativa, habitan alrededor de 7,591 borregos cimarrones, contando hembras y crías.

López Obrador aseguró que los seris podían obtener el mismo dinero que hoy les deja la actividad cinegética a través de apoyos del gobierno y de la organización de safaris fotográficos. Cómo se nota que el titular de Ejecutivo federal jamás ha visto un borrego cimarrón en su vida, pues estos animales habitan las crestas de las serranías; lo que representaría una complicación considerable para cualquier fotógrafo retratar dicho animal. No estamos hablando ni de elefantes ni de jirafas ni de leones. Además, resulta impensable esperar que un turista fotográfico pague noventa y dos mil dólares por tomarle una foto a un carnero salvaje. Esto es lo que se paga por cazar un borrego cimarrón en la Isla del Tiburón.

Por otro lado, se antoja improbable que un gobierno que pregona la austeridad republicana a tal extremo de dejar a familias enteras sin medicamentos con tal de no erogar recursos, destine treinta millones de pesos al año al pueblo seri para combatir una actividad legal y regulada como lo es la caza del borrego cimarrón.

Sin la derrama económica que produce la cacería legal de los borregos cimarrones, todos los seris y no seris que viven de guiarlos y de las propinas que dejan los cazadores quedarían desempleados; al desvalorizar pecuniariamente a la especie, la misma quedaría desprotegida, pues es su velo económico el que funge como cota de malla para su protección. El furtivismo se daría rienda suelta en el estado. Los propietarios que viven de la industria cinegética comercializando los permisos que el gobierno les expide para aprovechar cinegéticamente al borrego sembrarían o venderían sus tierras sin importarles el destino de estos carneros. En resumen, prohibir la caza de esta especie tendría como consecuencia su extinción. Y lo peor es que viene de alguien que cada que puede repite la máxima de “prohibido prohibir”.