Durante décadas parecía imposible imaginarlo. El partido que gobernó México durante gran parte del siglo XX, que sobrevivió a crisis económicas, derrotas electorales y escándalos de corrupción, hoy enfrenta una posibilidad que antes habría sonado absurda, perder su registro y desaparecer como fuerza política.
La hecatombe del Partido Revolucionario Institucional no se dio de un día para otro. Lo que hoy presenciamos es el último capítulo de un desgaste acumulado durante años. Un proceso lento, casi silencioso, donde la estructura que alguna vez sostuvo al partido se fue vaciando hasta dejar solo el cascarón. Y lo más llamativo es que la estocada final no está viniendo de Morena ni del oficialismo. Está llegando desde su propio campo político. De quienes durante años fueron aliados, socios o compañeros de trinchera.
Durante buena parte de su historia, el PRI funcionó como una maquinaria política perfectamente aceitada. Tenía gobernadores, estructuras territoriales, sindicatos, operadores electorales y una marca que, para bien o para mal, representaba poder. Incluso después de perder la presidencia en el 2000, esa maquinaria seguía funcionando gracias a los gobiernos estatales y a una red territorial sólida. Hoy, casi nada de eso queda.
Los pocos bastiones priistas que sobreviven —principalmente Coahuila y Durango— han comenzado a tomar distancia del dirigente nacional Alejandro Moreno Cárdenas, mejor conocido como “Alito”. En política, cuando los propios gobernadores dejan de defender a su dirigente, el mensaje hacia la militancia significa que el liderazgo ya no une, sino que por el contrario divide.
Sin embargo, el golpe más duro llegó desde la oposición misma. Jorge Romero Herrera, dirigente de Acción Nacional, recientemente dejó muy claro que su partido buscará competir con marca propia rumbo a 2027, que en su más simple traducción al lenguaje político es que el PAN ya no está dispuesto a cargar con el lastre del PRI. Decisión que para el tricolor, es mucho más que una diferencia estratégica. Es una amenaza a su propia subsistencia.
En los últimos años el PRI logró sobrevivir gracias a las coaliciones. Primero con el PAN, luego con otras fuerzas opositoras que buscaban construir un bloque frente al oficialismo. Pero sin esas alianzas, el panorama para ellos cambia radicalmente. El partido tendría que competir con una estructura debilitada, con una militancia cada vez más reducida y con una marca profundamente desgastada ante el electorado.
La matemática electoral no tiene sentimientos. Sin el PAN, el PRI corre el riesgo real de no alcanzar los votos necesarios siquiera para conservar su registro en varios estados. Y cuando un partido entra en esa espiral descendente, salir de ella se vuelve cada vez más difícil, por no decir imposible.
Alejandro Moreno, desesperadamente, insiste en una alianza opositora. Repitiendo en sus discursos que la división solo beneficia al oficialismo y que la oposición no puede darse el lujo de competir entre sí, pero el problema es que ese llamado ya no encuentra el más mínimo eco. Ni dentro de la oposición ni dentro del propio PRI, pues cada vez más actores políticos prefieren tomar distancia de la marca.
El partido que durante décadas dominó el sistema político mexicano hoy pelea simplemente por sobrevivir. No por ganar la presidencia, ni por recuperar mayorías, sino por evitar convertirse en una nota al pie en los libros de historia política del país. Mientras tanto, “Alito” Moreno parece cada vez más aislado. Gobernadores que toman distancia, aliados que rompen acuerdos y una militancia que observa cómo el partido pierde terreno elección tras elección.
La historia política mexicana ya ha visto desaparecer partidos que parecían consolidados. El PRI, que alguna vez fue sinónimo de poder eterno, ahora enfrenta esa misma posibilidad. Y tal vez el desenlace más irónico sea que el partido que dominó la política mexicana durante décadas no sea derrotado por sus adversarios, sino abandonado por los suyos.



