—¿Y de Agustín Lara no vas a publicar alguna columna? –me preguntó hace algunos meses un amable lector.

—Pues será cuando me empeñe en alguna serie de compositores boleristas mexicanos del siglo XX, ¿o te refieres a Lara como cantante?

—Como cantante, a mí me gusta bastante, aunque digan que canta feo.

—A mí también me atrae su canto, aunque sea feo y su voz también sea fea, rígida, dura, monocorde, corta de rango vocal, aunque bien afinada, eso sí. Pero tiene algo que explica el gusto de los mexicanos por su voz: sabe decir las letras de sus canciones. Porque más que cantarlas, las dice; “las siente”, como llanamente se califica el canto de alguien.

—Pues dedícale algo a él.

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—Seguro, gracias, ya pensaré en algún concepto que una lo feo con el éxito. Cuando lo feo no define el triunfo y cuando este no es sinónimo de belleza pero tampoco de fealdad, cuando se requiere de elementos diversos para explicar el fenómeno.

Buscar un concepto, porque estado escribiendo sistemáticamente durante los dos últimos años sobre los cantantes del siglo XX mexicano (de los treinta y sesenta) que teniendo entrenamiento vocal clásico o semiclásico, o gracias a un espíritu estético dominante de la época, terminaron cantando y teniendo éxito como cantantes de la música popular de su tiempo, que hoy es incluso considerada como parte de los programas de cantantes clásicos o del repertorio, las pruebas, audiciones y exámenes de las escuelas de música y los conservatorios.

En este sentido, Lara puede bien entrar como compositor. Y de hecho, he hablado con frecuencia de él al ser el acompañante, compositor e impulsor de un sinnúmero de cantantes de la época (de hecho, sin Lara, muchos de ellos no habrían sido “descubiertos” ni alcanzado la fama), su propia época activa, ya que inició en los arrabales de la ciudad hacia finales de la década del veinte del siglo XX y murió en 1970, cuando el sentido estético e histórico del que hablamos, llegaba gradualmente a su fin.

|“Cada noche un amor”, interpretada en la película Porque ya no me quieres; Chano Urueta, 1954|:

Y sin percibirlo, he escrito sobre otros dos cantautores que son esenciales en la música popular y comercial en México: Juan Gabriel y José Alfredo Jiménez, mas desde perspectivas o conceptos distintos. El segundo, desde el concepto filosófico o la filosofía de sus letras en el contexto, naturalmente, mexicano. El otro, desde el punto de vista de la ruptura de la diversidad sexual y musical que irrumpen contra los prejuicios de la llamada sociedad mexicana.

Hablar de Agustín Lara como cantautor me resulta útil, una perspectiva diferente a la de hablar de su biografía o su trabajo como compositor e impulsor de intérpretes que cantaron sus canciones, muchos de los cuales se han abordado en este espacio. Útil, para no repetirme y no “autoplagiarme” (como alguno pudiera argumentar), porque recientemente fui invitado a escribir un ensayo en el que hablo sobre una decena de ellos y su relación con El Flaco de Oro, para la edición de un libro colectivo dedicado al compositor, de próxima aparición.

|“Aventurera”; Agustín se da gusto al piano y la voz|:

Como intérprete de sus propias canciones, Agustín podría entrar a la categoría de los cantautores que, teniendo voz fea, o cantando feo, han tenido éxito. En México, las de José Alfredo, Juan Gabriel e incluso Cuco Sánchez, son muy buenas voces, con un canto pleno, potente, desinhibido, incluso brillante y con matices varios. En cambio, la del propio Agustín Lara y la de Armando Manzanero (se puede agregar a José Ángel Espinoza, “Ferrusquilla”), son voces feas, limitadas, cortas de rango, pobres, sin matices, con defectos (más en la del yucateco que en la del veracruzano-chilango). Sin embargo, a pesar del disgusto de no pocos, han tenido éxito mayoritario cantando sus propias canciones, no dependiendo solamente de otros intérpretes. Y lo hicieron todo el tiempo, realizando grabaciones discográficas, presentaciones escénicas o televisivas; Lara también en el cine.

|“Santa”, un pequeño fragmento, un tanto gracioso, de la canción que fue escrita originalmente para una revista musical y una película, Santa, basadas en la novela de Federico Gamboa|:

Algunas referencias internacionales de voces feas y/o llenas de defectos de cantautores que tuvieron y tienen éxito aún: Joan Manuel Serrat, Pablo Milanés y Silvio Rodríguez; aunque este último tiene la gracia de ser un poeta, muy buen músico y saber usar una estética muy personal con la escasa voz que posee. Alberto Cortés, por el contrario, es una muy buena voz con buenas canciones.

Y así se pueden escuchar y mirar a los cantautores, desde la perspectiva de su propia voz en sus propias canciones y respectivos géneros y estilos, aunque el argumento mayor siempre puede ser algo de más trascendencia que la mera voz: el contenido, el mensaje de sus versos. Y ahí sí se entra a un mundo más amplio de posibilidades de análisis desde el punto de vista ya sea estético o político. Y otro elemento que cuenta de fondo: en el cantautor hay algo de verdad, de autenticidad cuando canta lo que ha escrito, algo que no necesariamente o difícilmente posee el solo intérprete.

|“Amor de mis amores”; no he encontrado un fragmento de película o televisión de esta canción, así que va de estudio|:

|“María bonita”; también de estudio, uno de los mayores clásicos del flaco feo pero de oro como para conquistar a esa María tan codiciosa y codiciada|:

En cuanto a Lara, como nos dice su biografía, el cantautor inicia su oficio en los bares, cafés, salas y arrabales de la Ciudad de México hacia mediados de los 1920. Pronto incursiona en las revistas musicales, las carpas, los teatros, la radio y el cine (musicaliza Santa, de Antonio Moreno en 1931). Se convierte en una figura predominante en los medios artísticos populares, y determinante para el repertorio y los interpretes de la época de los cuales hemos hablado. Pero no le basta. Entrenado, fortalecido en el cabaret, en el arrabal nocturno de “mala muerte”, también toca el piano y canta incesantemente. Citaré un breve párrafo del ensayo de mi autoría ya referido:

“Desde una sensibilidad muy personal aprende a cantar con una voz bastante fea y pobre que, sin embargo, gusta a un público conmovido de ver a ese hombre flaco tocando el piano e interpretando sus obras. Y he ahí la clave: Agustín siente sus canciones, no las canta: las dice. Aunque en principio utiliza ritmos en boga para componer piezas con un acompañamiento armónico simple…, muestra virtudes melódicas y, sobre todo, descubre el valor que adquieren al ser objeto de arreglos orquestales que las enriquecen. Entonces, toca el piano, que suele sonar destartalado, y canta acompañado por una orquesta a su placer; y así desarrollará su rico y heterogéneo catálogo” (cita, en el ensayo “Las voces de oro del Flaco ídem”, de próxima aparición).

|Una escena graciosa con “Farolito”, que involucra al actor Guillermo Orea, al cantautor Agustín Lara y al tenor Alejandro Algara; se puede incluso comparar el canto tan distinto de estos dos últimos y obtener así reflexiones, por ejemplo, el intérprete siempre es intérprete, el cantautor tiene una verdad de fondo, algo auténtico que hace brotar la inspiración hecha obra, canción en este caso|:

Agustín Lara es homenajeado por el presidente Adolfo Ruiz Cortines, en 1953, en el Teatro del Palacio de Bellas Artes. Gracias al encanto de su personalidad y sus canciones, ha ascendido del arrabal al máximo recinto del arte clásico en México. Vaya ingenio y talento.

Para cerrar el concierto de Lara, dos piezas más, una en vivo y otra de película Señora tentación; José Luis Morales, 1948|:

“Tengo ganas de un beso”:

“Señora tentación”:

Agustín Lara, El Flaco de Oro
Agustín Lara, El Flaco de Oro

Héctor Palacio en X: @NietzscheAristo