LA POLÍTICA ES DE BRONCE

Existe consenso en México en restringir el uso de redes sociales y limitar la utilización de teléfonos celulares a los adolescentes de 15 años, niñas y niños. Diversos estudios han documentado ampliamente las desventajas de que este sector de la población tenga acceso ilimitado a estos dispositivos inteligentes y a las redes sociales. Limitan el aprendizaje, provocan adicción e impiden el desarrollo de otras potencialidades.

Estas disposiciones, o equivalentes, ya fueron aprobadas en Australia y, más recientemente, en Francia. En Querétaro, el gobierno de Mauricio Kuri, desde hace algún tiempo, restringió el uso de teléfonos celulares en las escuelas de educación básica. Con estos antecedentes internacionales y nacionales, estoy seguro de que en el próximo periodo ordinario de sesiones del Congreso de la Unión se adecuarán diversos ordenamientos para que esta medida sea ley en todo el territorio nacional.

No se necesita ninguna adecuación a las leyes; bastaría con un decreto presidencial y la modificación de varios lineamientos o reglamentos de la SEP, el DIF y los gobiernos estatales. Pero como se trata de un punto en donde prácticamente todas las fuerzas políticas estarán de acuerdo, no sólo por sus ventajas evidentes, sino por su alta rentabilidad electoral, seguramente se presentarán sendas iniciativas para proteger a la infancia y adolescencia de las alguna veces benditas y otras veces malditas, redes sociales.

Estoy de acuerdo con restringir el teléfono celular en las escuelas y con impedir que los menores tengan cuentas en redes sociales; sin embargo, soy pesimista, quizá escéptico, por las siguientes razones:

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¿Qué diablos quieren que hagan los niños y adolescentes con su tiempo si les quitan el celular y les prohíben las redes sociales?

Soy pesimista porque en ninguna parte de la propuesta veo una alternativa para que los niños y los adolescentes ocupen el tiempo —en promedio cuatro horas al día— que dedican a las redes sociales en otras actividades.

No veo más actividades deportivas o recreativas programadas en el plan de estudios del próximo ciclo escolar, ni más canchas de futbol o basquetbol en los barrios. ¿Dónde están las horas dedicadas a las actividades deportivas y artísticas o los clubes de lectura, ajedrez, danza o pintura? En ningún lado.

Tiene mucho tiempo que no veo a un niño o a un adolescente solo en las calles. Obvio, la violencia y el tránsito han privado de este territorio público a este sector de la población. Es por ello que los chavos tampoco podrán jugar con sus amigos o vecinos; están condenados a pasar ese tiempo que ocupaban frente al celular simplemente en estado vegetativo.

Cierto, como ya ocurre en algunos sectores de la clase media, inscribirán a sus hijos en clubes y en otras actividades, pero hacerlo implica una enorme cantidad de tiempo, dinero y esfuerzo familiar. Sin embargo, esto es una minoría. La inmensa mayoría de los niños y adolescentes no tienen alternativa, por lo cual, de alguna manera, accederán a los teléfonos celulares y a las redes sociales de forma clandestina para matar el tiempo y evadirse de la vida sedentaria a la que los han condenado la desigualdad social y la falta de oportunidades.

Muy bien por limitar el acceso de los niños y adolescentes a los teléfonos celulares y a las redes sociales, pero si no se crean alternativas para su desarrollo, será, como otras medidas de este tipo, simple demagogia.

Eso pienso yo. ¿Usted qué opina? La política es de bronce.