A Reina la mataron en su casa. En ese espacio que tendría que haber sido refugio, resguardo, certeza o lugar seguro y esto sucede en el contexto en que varias personas se preguntan si las consignas por vivir siguen siendo necesarias o si es que los derechos de las mujeres han ido demasiado lejos. El tema es que sigue sin escandalizarnos tanto que le arrebaten la vida a una mujer en su casa como nos escandaliza que otra mujer elija la buena muerte tras un tormento de vida.
La escena no es pública, pero se puede sentir… en una casa en Oaxaca, el silencio de la tarde, la rutina interrumpida. Nadie escuchó a tiempo. Nadie llegó antes.
A Reina la mataron porque sabían que podían hacerlo. Lo hicieron un mes después del asesinato de la también maestra Zeltzin Rubí Ortiz Ortiz. Ambos feminicidios dan cuenta del entramado ideológico en una entidad donde se piensan dueños de las mujeres y de la compleja imposibilidad de sobrevivir cuando la mayor amenaza tiene forma de entrar a tu casa.
Reina García González era maestra bilingüe ayuuk, originaria de Santa María Tlahuitoltepec. Como parte de las pocas personas que conocen la lengua ayuuk y que la enseñan, era integrante de una cosmovisión propia de quienes saben que las palabras construyen realidad y que especialmente dentro de las palabras ayuuk hay una sensibilidad más profunda que alcanza a nombrar lo que en la lengua española no existe o no se alcanza a mirar y así es cómo ellas enseñaba no solo palabras sino un mundo y una forma de mirarlo, de entendernos y de entenderlo. Enseñaba a nombrar desde una lengua que resiste, desde una identidad que en este país se ha intentado borrar una y otra vez. Mataron a dos garantes de la memoria.
A Reina la mataron en un país donde enseñar tampoco protege. Donde ser mujer, indígena y maestra no es reconocimiento, donde el riesgo sobre dejar de vivir cabe por la puerta y se sienta en la misma mesa.
El 26 de marzo estaba sola en su domicilio, en la capital de Oaxaca. Sola frente a una violencia que no es nueva, que no es excepcional, que no es imprevisible. Sola frente a un sistema que llega siempre después. El patriarcado le dice a las mujeres que eviten estar solas y en esa construcción de compañía, insisten que la heteronorma le ha dado a los hombres el lugar de cuidar, pero los compañeros también matan y el principal sospechoso es quien fuera su pareja.
Fue su familia quien rompió el silencio. Su cuñada, la lingüista Yasnaya Elena Aguilar Gil, y su hermano Benjamín García nombraron lo ocurrido. Al crimen sucedido lo sacaron de la casa, lo llevaron a la esfera pública. Porque aquí, si no se grita, no existe.
La Fiscalía dijo haber iniciado una carpeta bajo protocolo de feminicidio. Lo dicen como un gesto técnico, como un procedimiento. Pero a Reina la mataron antes de cualquier protocolo. La mataron en el vacío que hay entre la ley y su aplicación.
A Reina la mataron porque la impunidad es una certeza que se aprende y los feminicidas saben bien de ella. La primera fiscal de feminicidios del la Ciudad de México dijo en el documental “la fiscal” que los autores de asesinatos contra mujeres, especialmente contra quienes fueron sus parejas, nunca mostraban remordimiento. Dijo que contrario a eso, constantemente intentaban justificarse ante el juez sobre las legítimas razones por las que habrían privado de la vida a quienes fueran sus compañeras. Matar es deporte machista y es pedagogía de terror, es mostrarle a las otras lo que les pasara si es que se atreven a ser libres o a vivir como quieren o simplemente, a tomar decisiones.
Las organizaciones respondieron. Mujeres Indígenas y Afromexicanas, el Colectivo de Mujeres de Ayutla, la Asamblea de Mujeres Indígenas. Sus palabras urgentes: dolor, indignación, exigencia. Piden investigación inmediata, diligente, con perspectiva de género. Piden sanción. Piden romper el ciclo. Que tener marido deje de ser sinónimo de ingresar a la riesgosa posibilidad estadística de ser la siguiente.
Pero a Reina la mataron también en un contexto que acumula nombres. En Oaxaca, en apenas tres meses de 2026, se han registrado 17 feminicidios. Diecisiete historias truncadas. Diecisiete veces en que el Estado no llegó a tiempo.
Y antes de Reina, otra maestra: Zeltzin Rubí Ortiz Ortiz. También asesinada. También después convertida en expediente. Tampoco fue suficiente.
A Reina la mataron porque nadie detuvo lo anterior. Porque cada caso que no se resuelve abre la puerta al siguiente.
Quizá en algún momento del día alguien la recordó como lo que era: una maestra. Quizá algún alumno repitió una palabra que ella enseñó sin saber que ya no estaba. Quizá en su comunidad su nombre no se dice en pasado.
Pero el país sí la empuja al pasado rápidamente. La convierte en cifra, en comunicado, en estadística.
No basta.
No basta el luto. No basta la indignación compartida en redes. No basta que la Fiscalía diga que investiga. No basta que se acumulen protocolos si la violencia sigue entrando a las casas. Pues entonces, ¿se trata de armarnos, de asumir que el gusto por los hombres implica el cuidado por la vía de la autodefensa y prepararnos en alerta para el día que el que dice amarnos, quiera ultimarnos? ¿Se trata de abandonar las preferencias y la compañía de pareja como parte de un aspecto de la vida por el simple riesgo de lo que pueda pasar? ¿Se trata de aceptar que la mayoría de feminicidas son primodelincuentes, es decir, que no habían matado antes a otra mujer y entonces pensar en que cualquiera puede hacerlo y que ni siquiera el mejor rostro de la conquista puede eliminar esa posibilidad?
A Reina la mataron porque el Estado no estuvo antes. Porque la prevención no existe donde más se necesita. Porque la vida de las mujeres sigue siendo negociable en la práctica, aunque en el discurso se diga lo contrario.
Decir justicia para Reina no es repetir su nombre en comunicados. Es negarse a que haya una más. Es exigir que la seguridad no dependa del ruido mediático. Es exigir que las vidas indígenas importen también en la acción, no solo en el reconocimiento simbólico.
Y dejar claro, otra vez, que no nos van a callar. A pesar de que gritar por tantas, diluya la indignación porque las muertes de mujeres se van normalizando y van dejando de sorprender para entrar al espacio colectivo en que esta realidad se asume como lo que suele pasar.





