Existe una vieja frase atribuida a Abraham Lincoln que ha sobrevivido más de un siglo porque resume una verdad elemental de la política y de la naturaleza humana: se puede engañar a pocos durante mucho tiempo y a muchos durante algún tiempo, pero no se puede engañar a todos durante todo el tiempo. Y quizá ahí empieza a encontrarse uno de los problemas más profundos de Donald Trump.
Porque durante años construyó una narrativa extraordinariamente eficaz. Primero apareció el empresario exitoso. Después el outsider dispuesto a desafiar al establishment. Luego el perseguidor del pantano. Más tarde el hombre fuerte que prometía restaurar la grandeza estadounidense. Finalmente el líder llamado a corregir los supuestos desastres provocados por quienes llegaron después. La fórmula funcionó. Funcionó políticamente. Funcionó mediáticamente. Funcionó electoralmente. Funcionó incluso después de derrotas, escándalos, investigaciones, litigios y controversias que habrían destruido la carrera de casi cualquier otro político. Pero las narrativas también envejecen. Y cuando envejecen necesitan algo más que discursos. Necesitan resultados.
Ahí es donde empiezan los problemas.
Porque Trump regresó al poder vendiendo algo más poderoso que una propuesta: una explicación. Una explicación para la inflación. Una explicación para la inseguridad. Una explicación para la división nacional. Una explicación para el deterioro institucional. Una explicación para la pérdida de confianza. Una explicación para prácticamente todo. Y durante un tiempo millones de personas compraron esa explicación. El problema es que llega un momento en que las explicaciones dejan de ser suficientes y aparece una pregunta mucho más incómoda: ¿dónde están los resultados?
Y ahí es donde la realidad empieza a cobrar una factura que ningún aparato propagandístico puede posponer indefinidamente.
Durante años Trump consiguió convertir cada fracaso en persecución, cada crítica en conspiración, cada investigación en prueba de valentía, cada corrección institucional en evidencia de corrupción sistémica y cada revés en una nueva oportunidad para presentarse como víctima. Fue una estrategia brillante. Pero incluso las estrategias brillantes terminan encontrando límites cuando los hechos comienzan a acumularse más rápido que las explicaciones. Ahí están los conflictos judiciales. Ahí están los cuestionamientos éticos. Ahí están las fracturas republicanas. Ahí están los tropiezos geopolíticos. Ahí están las promesas incumplidas. Ahí está Epstein negándose obstinadamente a desaparecer. Ahí están los jueces diciendo no. Ahí están las universidades resistiendo. Ahí están los artistas tomando distancia. Ahí están las instituciones culturales retirando prestigio simbólico. Y ahí está una pregunta cada vez más visible: ¿cuánto tiempo puede sobrevivir una narrativa cuando empieza a chocar sistemáticamente contra la realidad?
La ironía resulta extraordinaria. Durante años bastó afirmar que los medios mentían. Después bastó afirmar que los jueces estaban politizados. Más tarde que las universidades estaban capturadas ideológicamente. Luego que los artistas formaban parte de una élite desconectada. Después que los aliados eran desleales. El problema es que llega un momento en que la lista se vuelve tan extensa que la explicación empieza a derrumbarse bajo su propio peso. Porque cuando los tribunales están equivocados, las universidades están equivocadas, los medios están equivocados, los artistas están equivocados, los aliados están equivocados y las instituciones están equivocadas, surge inevitablemente una pregunta devastadora: ¿y si el problema no estuviera en todos los demás?
Ahí es donde las cosas empiezan a cambiar. Porque los grandes engaños políticos rara vez terminan cuando aparece una prueba definitiva. Suelen terminar cuando una masa suficiente de personas deja simplemente de creer. No porque descubra una verdad nueva. Sino porque deja de aceptar las explicaciones antiguas. Y quizá eso es exactamente lo que empieza a ocurrir. No solamente entre adversarios políticos. También entre antiguos simpatizantes. Entre independientes. Entre sectores culturales. Entre líderes de opinión. Entre aliados que empiezan a guardar silencio. Entre actores internacionales que comienzan a hacer discretamente cálculos para el día después.
Porque las narrativas políticas funcionan mientras conservan capacidad de persuasión. Pero cuando empiezan a depender exclusivamente de la repetición entran en una fase de desgaste. Y el desgaste es un enemigo mucho más peligroso que la oposición. La oposición moviliza. El desgaste vacía. La oposición confronta. El desgaste erosiona. La oposición puede ser derrotada. El desgaste se acumula silenciosamente hasta que un día se vuelve imposible ignorarlo.
Por eso quizá la pregunta central ya no sea cuánto tiempo más puede resistir Trump. La pregunta es cuánto tiempo más puede resistir el relato que lo llevó al poder. Porque el primer Trump vendió una promesa. El segundo Trump vendió una revancha. Y las revanchas rara vez construyen futuro. Normalmente se alimentan del pasado. Y los países no suelen avanzar demasiado cuando sus dirigentes gobiernan mirando permanentemente por el espejo retrovisor.
Al final, los gobiernos pueden sobrevivir errores. Los partidos pueden sobrevivir derrotas. Incluso los líderes pueden sobrevivir escándalos. Lo que rara vez sobrevive intacto es una narrativa cuando una parte creciente de la sociedad deja de creer en ella. Porque el poder puede sostener discursos. Los medios pueden amplificarlos. Los partidos pueden protegerlos. Pero llega un momento en que la realidad presenta la factura.
Y la realidad tiene una característica particularmente cruel.
No vota.
No milita.
No aplaude.
No negocia.
Simplemente termina imponiéndose.
Y cuando eso ocurre, ya no importa cuántas veces se repita la historia.
Importa cuántas personas siguen dispuestas a creerla.
Y quizá ahí reside el verdadero problema para Trump.
No que sus adversarios hayan cambiado.
No que los jueces hayan cambiado.
No que los artistas hayan cambiado.
No que las universidades hayan cambiado.
Sino que cada vez más personas parecen haber dejado de creer en el mismo viejo engaño que primero lo llevó al poder y después lo devolvió a él.
Porque se puede engañar a pocos durante mucho tiempo.
Se puede engañar a muchos durante algún tiempo.
Pero no se puede engañar a todos durante todo el tiempo.
Y cuando una narrativa política empieza a agotarse, ni el volumen de la propaganda, ni la intensidad de los ataques, ni la fabricación permanente de enemigos alcanzan para salvarla.
Llega un momento en que el engaño deja de funcionar.
Y ese momento, para Trump, parece acercarse cada vez más.
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