Venezuela no es una transición, no es una apertura, no es un proceso en curso. Es un sistema que se reacomodó sin desmontarse, una estructura de poder que cambió de operador sin cambiar de lógica, una sociedad que sigue bajo presión en medio de una simulación que el mundo decidió aceptar. No es que no se haya resuelto: es que se decidió no resolver.

Durante años se vendió la idea de un cambio. Se habló de salida, de transición, de oportunidad histórica. Se generó expectativa. Se sembró esperanza. Pero lo que ocurrió fue otra cosa: un reacomodo funcional, un cambio de manos para que nada cambiara en el fondo. Y en ese proceso hubo actores que no solo observaron: intervinieron, prometieron, se presentaron —directa o indirectamente— como facilitadores de una salida. No lo eran.

Estados Unidos —con Donald Trump en el momento clave— no actuó como libertador. Actuó como operador. No entró para liberar a un pueblo oprimido: entró para reposicionarse, asegurar influencia, reordenar intereses energéticos y políticos frente a otros bloques. Hizo como que hacía, vendió presión, simuló acción y, en el fondo, negoció con los mismos engranajes que sostienen la opresión. No fue intervención para la libertad. Fue transacción. Se manipuló la expectativa, se administró el conflicto, se compraron tiempos, se toleraron nuevos operadores, se recicló el sistema. Y mientras tanto, el pueblo siguió igual. Oprimido.

Europa no confrontó, Rusia y China aprovecharon, América Latina se replegó, la Organización de los Estados Americanos y la Organización de las Naciones Unidas hablaron sin alterar nada. No hubo vacío: hubo acuerdo tácito. Dejar que Venezuela funcione mientras no incomode demasiado. Ese es el verdadero pacto, no escrito pero evidente. Y en ese pacto, el ciudadano venezolano no cuenta: es variable, es daño colateral.

¿Y los derechos humanos? ¿Dónde están las organizaciones que dicen defenderlos? ¿Dónde están los líderes que los enarbolan cuando conviene? Siguen los presos políticos. Liberaron a unos cuantos para construir narrativa, no para cambiar la realidad. La opresión sigue. La falta de libertades sigue. La persecución se adaptó, no desapareció. Y junto a esa opresión, la miseria extendida convive con la opulencia de los favorecidos, de los que sí ganaron en este reacomodo. Ese es el verdadero retrato: un país contenido desde fuera y exprimido desde dentro.

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Incluso la voz moral que debería incomodar más ha quedado reducida a exhortación. El Papa insiste en la dignidad humana, en el límite ético del poder, en la urgencia de poner a la persona en el centro. Pero sus palabras chocan contra un sistema internacional que ya no responde a principios, sino a intereses. Y cuando la ética habla y el poder calcula, la ética queda aislada.

La realidad es brutal en su claridad: la estructura autoritaria sigue operando, la crisis económica no cede, la precariedad se volvió rutina, la represión se volvió método. Nada esencial cambió. Y eso no es casualidad: es diseño. Cuando todos los actores relevantes coinciden en que cambiar el fondo es más costoso que tolerarlo, el problema deja de ser crisis y se convierte en sistema.

Pero hay algo que no están midiendo, o peor, que están decidiendo ignorar. Venezuela no es un sistema estable: es una olla express. Presión social, presión económica, presión política acumulada durante años. Y la presión no desaparece: se acumula, se intensifica, se acerca al límite. La inconformidad no murió: se contuvo. Y lo contenido no se disuelve: se transforma.

¿Puede el pueblo volver a levantarse? Sí. No necesariamente con liderazgo claro, no necesariamente con estrategia definida, pero sí con la fuerza suficiente para romper el equilibrio artificial que hoy se sostiene. Y cuando ocurre, no pide permiso. No será ordenado, no será controlado, no será negociado. Será ruptura.

Eso implica desborde interno, choque social, escenarios de violencia, fragmentación del poder. Hacia afuera, una nueva ola migratoria de millones, presión sobre países vecinos, tensión regional inmediata, un efecto dominó que ningún cálculo previo podrá contener. Ese es el costo real. Y no lo pagarán quienes calcularon: lo pagará la gente, dentro y fuera de Venezuela.

Porque ningún sistema de opresión administrado desde fuera se sostiene indefinidamente desde dentro. Lo que sigue no es estabilidad: es acumulación de ruptura. Y cuando esa ruptura llegue, no vendrá de Washington, ni de Bruselas, ni de Moscú, ni de Pekín. Vendrá de la calle.

El error ya no es no haber resuelto el problema. El error es haber engañado a un pueblo haciéndole creer que lo estaban resolviendo. Porque cuando se juega con la expectativa de libertad y se sustituye por control, el costo no es político: es histórico.

Y entonces, lo que hoy se vende como control se convertirá en detonación. No será culpa de un solo tirano. Será responsabilidad de todos los que decidieron administrar la opresión en lugar de terminarla.

Y cuando ocurra, ya no habrá gestión ni contención. Habrá ruptura. Y las rupturas no distinguen responsables: arrasan.

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