Donald Trump me recuerda, a estas alturas, a un personaje que los que fuimos niños noventeros conocemos: el “BebéSinclair, aquél pequeño dinosaurio berrinchudo y autoritario que lograba salirse con la suya a base de berrinches.

A diferencia de aquellos entrañables personajes hechos con grandes efectos especiales de animatronics, Trump no es nene consentido, ni personaje simpático, sino un bully con el dedo cerca de la maleta de control de uno de los mayores arsenales nucleares del planeta.

Apenas un año después del inicio de su segundo periodo presidencial, Trump y su régimen han avanzado a pasos agigantados en el proceso de destrucción de su imperio y de su influencia “suave” en todo el mundo.

El cine, la música y la “cultura” estadounidense ya no tienen el poderío de hace apenas una década. Y el prospecto del “sueño americano” difícilmente atraerá incautos cuando cualquier persona puede ver la lamentable situación de las personas que con uno o varios trabajos tienen que vivir en su auto o en las calles, o de las decenas de miles de adictos al fentanilo y otras drogas duras que no reciben ningún tipo de apoyo para rehabilitarse de su enfermedad provocada en innumerables casos por la prescripción masiva de opiáceos.

Pero eso sí, luego de semanas de amenazas, a Trump le regalaron un “triunfo” durante su visita al cada vez más irrelevante foro económico en Davos, prometiéndole acceso a territorios, minerales y tierras raras en Groenlandia. ¿Consultaron los daneses a los nativos que habitan en esas tierras? Lo dudo. Los dirigentes europeos se han caracterizado en estos últimos años por una combinación entre autoritarismo y pusilanimidad.

Feliz cumpleaños a Trump, quién ha logrado lo imposible en tiempo récord: desenmascarar la brutalidad del “orden basado en reglas” de Estados Unidos y países falderos.