Esta vez no fue solo un discurso largo. Fue casi una demostración de fe, una declaración de poder con efectos especiales, aplausos medidos y frases tan redondas que parecían hechas para medalla y no para realidad. Donald Trump volvió a subir al estrado en el Capitolio de Estados Unidos al filo de las 20:00 horas y repartió estampitas de grandeza como si fueran caramelos. Y, al igual que el año pasado, no dejó nada al azar: cada línea era un mensaje calculado para su público, no para los que lo escuchaban detrás de él.
Arrancó con la frase de siempre, la consigna que ha repetido hasta el cansancio: que su país está mejor, más grande, más rico y más fuerte que nunca. Esa cuadratura del círculo que él llama “época dorada” se ha convertido en mantra oficial. Lo dice con convicción, con ritmo, con la seguridad de quien cree que si se repite lo suficiente la gente terminará por aceptarlo. Pero la historia real es otra: los indicadores económicos muestran una mezcla de altibajos, con inflación que no está “prácticamente ausente” y un desempleo que no es sensiblemente más bajo que antes de su llegada.
El corazón del mensaje de Trump fue, como era de esperarse, la seguridad fronteriza. Aseguró que hoy su país tiene “la frontera más fuerte y más segura”, que en los últimos nueve meses no se han admitido inmigrantes ilegales, y que el flujo de fentanilo cayó un 56%. Es una imagen de fortaleza total, de control absoluto, como si hubiera levantado muros invisibles impenetrables. El problema es que las cifras reales no son tan tajantes: la reducción de encuentros en la frontera es notable, sí, pero de ninguna manera puede decirse que las admisiones sean cero ni que el problema esté resuelto.
Y claro, allí donde hay estadísticas que no cuadran con la narrativa, Trump las maquilla, las modela o simplemente las ignora. Así fue con la inflación, culpando a su antecesor y a la oposición de haber dejado “la peor inflación de la historia”, cuando las cifras oficiales muestran que la inflación extrema ocurrió hace casi un siglo y que lo que ha ocurrido recientemente ha sido un descenso relativamente moderado. O cuando afirmó que la gasolina cuesta menos de 2.30 dólares en la mayoría de los estados, e incluso rozó menos de dos dólares: una verdad parcial, sí, pero usada como si fuera norma general cuando en realidad son excepciones aisladas.
Esa tendencia a la frase contundente, aunque se resbale en la factualidad, tiñe todo el discurso. Porque lo de Trump no es narrar hechos, sino construir un relato épico con héroe incluido: él. Transformación económica “nunca vista antes” es otra de esas frases que suenan potentes, pero que en realidad se sostienen más en el tono que en la sustancia. El empleo, los salarios reales, la inversión extranjera… Todo tiene matices que no encajan con la versión de cuento que Trump ofrece.
No faltaron los ataques. Su mirada sobre la Corte Suprema tras el fallo que frenó sus aranceles fue dura, sin contemplaciones. Los aranceles, para él, no son solo herramientas de política económica: son símbolos de soberanía y defensa nacional. El choque con el máximo tribunal fue presentado como un agravio, un obstáculo improvisado contra su visión de poder económico. Esa respuesta condenatoria no sorprende viniendo de alguien que siempre ha visto a los tribunales, al Congreso y a cualquier institución distinta de la Casa Blanca como adversarios potenciales.
Y en medio de toda esa liturgia política, Trump no se resistió a los gestos simbólicos: presentó al equipo masculino de hockey que ganó el oro olímpico en Milano-Cortina y anunció que les otorgará la Medalla Presidencial de la Libertad. Un momento que, lejos de ser estrictamente político, tiene sabor a espectáculo, a show con estrellas invitadas para suavizar el tono duro del mensaje.
Hubo frases que sonaron casi como ésloganes de campaña adelantada: “Debería ser mi tercer mandato”. Lo dijo casi como quien pide un extra en una quesadilla, despreocupado de las consecuencias constitucionales o de la reacción que pueda provocar entre quienes escuchan sin filtro partidista. Esa línea, más que una broma, fue una declaración de intenciones. Del estilo “¿por qué parar ahora?”, dicho con desenfado y con esa fe inquebrantable en su propio destino político.
Trump se esfuerza por pintar un cuadro de éxitos innegables: frontera segura, economía imbatible, crimen en retroceso. Pero cuando uno mira con lupa, la pintura empieza a cuartearse. La baja en la tasa de homicidios puede ser real, sí, pero también es cierto que otros delitos se han mantenido estables o incluso han crecido en ciertas áreas. El discurso omite esas sombras porque distraerían de la narrativa.
Al final, lo que más marca este regreso al Capitolio no es solo el contenido, sino el estilo: la insistencia en repetir afirmaciones potentes aunque no siempre sean completas o precisas, la teatralidad con que se presenta cada logro y la habilidad para convertir cada dato debatible en una pieza de orgullo nacional. Trump habla y el país escucha, pero no necesariamente con la misma interpretación de los hechos. Él construye una épica. La realidad, como siempre, es más compleja.
En esa lógica emocional, el aplauso no es un gesto menor. Es una forma de lealtad. Por eso el presidente no ocultó su molestia cuando buena parte de los demócratas permanecieron sentados, con los brazos cruzados y el gesto duro, mientras él desgranaba su lista de supuestos logros. No se trató de una diferencia protocolaria: fue una escena política cargada de simbolismo. Trump los miró, los señaló verbalmente y les reclamó no ponerse de pie para aplaudirle “los éxitos del país”. En su mundo, no aplaudirlo a él equivale a no querer a Estados Unidos.
Pero el momento más tenso de la noche llegó cuando el representante demócrata Al Green fue retirado del recinto. Green levantó un cartel con un mensaje contundente: “Los negros no son simios”. No gritó consignas, no interrumpió con insultos, no lanzó objetos. Mostró una frase que remite a una herida histórica, al racismo que sigue latiendo bajo la superficie del discurso oficial. La respuesta fue inmediata: seguridad lo escoltó fuera del salón.
La escena fue brutal en su sencillez. Un congresista expulsado por exhibir una frase incómoda mientras el presidente, desde la tribuna, hablaba de unidad, grandeza y orgullo nacional. El contraste no pudo ser más elocuente. En el Capitolio caben las exageraciones económicas, las afirmaciones engañosas sobre inflación o gasolina, las fantasías de un tercer mandato, pero no un cartel que recuerde que la igualdad racial sigue siendo una deuda pendiente.
Trump cierra su Estado de la Unión con la sensación de que ha ganado otra batalla narrativa. Lo que queda por ver es si ese relato tiene resonancia fuera de los aplausos del Capitolio y las redes sociales. Porque el juicio de la historia —y de la vida real— rara vez coincide con el de un discurso bien ensayado.
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