Hay momentos en que la pregunta correcta deja de ser qué está haciendo un presidente y pasa a ser por qué el mundo sigue fingiendo que no entiende a qué juega. Donald Trump ya no actúa en los márgenes de la norma: la pisa, la dobla, la ridiculiza. Y aun así, la reacción global sigue siendo fragmentaria, tímida, burocrática. Como si estuviéramos esperando a que el golpe sea definitivo para admitir que el puño venía en camino.

Trump juega a lo que siempre ha jugado: al poder desnudo. Sin ideología real, sin valores estables, sin respeto por reglas, alianzas o principios. Juega a ser árbitro, jugador y dueño del tablero al mismo tiempo. El Estado soy yo, el mundo soy yo, la verdad soy yo. Y quien no se adapte, estorba.

En Estados Unidos, esa lógica se expresa con brutalidad cotidiana a través del ICE y el DHS. La violencia institucional no solo continúa: se normaliza, se justifica y se miente para encubrirla. Cuando una persona muere bajo custodia o en un operativo, la respuesta no es investigar, sino criminalizar a la víctima; no es asumir responsabilidad, sino fabricar narrativas; no es contener, sino escalar. El desprecio interno crece, sí, pero no lo suficiente. Aún no alcanza la masa crítica que obligue a un alto real. Y Trump lo sabe.

Mientras tanto, hacia afuera, el patrón se replica con otros nombres y otros mapas.

Venezuela es el caso más obsceno. Tras años de discurso sobre democracia, derechos humanos y transición, Trump elogia a Delcy Rodríguez como “aliada confiable”. No es un error diplomático: es una confesión política. La democracia fue utilería; el objetivo siempre fue el control. Cambia el relato, no el sistema. Se reciclan operadores, se garantiza estabilidad para los intereses estratégicos y se abandona —sin pudor— cualquier exigencia de elecciones, libertades o rendición de cuentas. El pueblo venezolano queda, una vez más, fuera del contrato.

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Y luego está Groenlandia. La amenaza ya no es una excentricidad retórica: es una pretensión imperial abierta. Tomarla “por seguridad nacional”, como si la soberanía fuera un trámite administrativo y el derecho internacional una molestia secundaria. Esta vez, sin embargo, Europa deja de mirar al suelo.

El parlamento groenlandés repudia a Trump “por cien generaciones”. Dinamarca endurece el discurso y cierra filas. Y desde Bruselas el mensaje deja de ser diplomáticamente ambiguo: si Estados Unidos cruza la línea e intenta anexarse la isla, enfrentará consecuencias reales. No advertencias simbólicas ni comunicados de ocasión, sino represalias políticas, económicas y estratégicas que pondrán a prueba la relación transatlántica.

Europa entiende lo que está en juego. No es solo Groenlandia. Es el principio mismo de soberanía. Es la frontera que separa el orden internacional de la ley del más fuerte. Permitir que un presidente estadounidense decida, por impulso personal y cálculo electoral, que un territorio ajeno puede ser absorbido por decreto equivaldría a aceptar que el mapa del mundo vuelve a dibujarse a golpes de megalomanía.

La OTAN se mueve, incómoda, cautelosa, pero consciente de la gravedad. Por primera vez en décadas, aliados históricos empiezan a hablar —aunque todavía en voz baja— de defensa activa frente a una agresión proveniente de Washington. Groenlandia no es negociable. Dinamarca no es un satélite. Europa no es una colonia en pausa. Y el mensaje, aunque nadie quiera decirlo en voz alta, es brutal: si Estados Unidos cruza esa frontera, dejará de ser socio para convertirse en amenaza.

La pregunta es inevitable:

¿Qué pasa si no basta la advertencia?

¿Estamos dispuestos a una defensa real?

¿China y Rusia apoyarían a Europa si la agresión escala?

¿Estamos, sin admitirlo, asomándonos a una guerra global detonada por la megalomanía de un solo hombre?

La respuesta honesta es inquietante: nadie parece querer formularla en voz alta.

Dentro de Estados Unidos, algunos senadores ya hablan de impeachment. Hay movimientos, filtraciones, señales. El director de la CIA aparece en Venezuela. Las piezas se mueven. Pero todo ocurre como en cámara lenta, mientras Trump sigue acumulando hechos consumados. Barbaridad tras barbaridad. Declaración tras declaración. Violencia tras violencia.

Y el mundo… observa.

Aquí es donde la metáfora se vuelve inevitable. Las grandes potencias, las instituciones internacionales, los guardianes profesionales del orden global parecen ese personaje tirado en una hamaca, en la playa, que grita:

—“¡Vieja, pásame el antídoto del alacrán!”

—“¿Ya te picó?”

—“No… pero creo que ahí viene”.

Ese es el nivel de irresponsabilidad histórica que estamos normalizando.

Porque el problema ya no es Trump. El problema es hasta dónde puede llegar cuando descubre que puede hacerlo casi sin costo. Cuando comprueba que puede usar agencias federales como fuerzas de intimidación interna, negociar con autoritarios externos, amenazar territorios soberanos y burlarse del derecho internacional sin provocar una reacción proporcional.

Si el mundo espera a que el alacrán pique para levantarse de la hamaca, el antídoto llegará tarde.

Y entonces ya no discutiremos estilos presidenciales, excesos retóricos o coyunturas políticas.

Discutiremos por qué, viéndolo venir,

decidimos no parar al megalómano

cuando aún era posible hacerlo.

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