El teatro del agravio ya no llena estadios
Hay quienes gobiernan.
Y hay quienes actúan.
Donald Trump eligió el escenario.
Cada tropiezo es persecución.
Cada crítica es conspiración.
Cada encuesta adversa es fraude en ensayo general.
El problema es que el público ya vio la obra demasiadas veces.
Cerca del 61% del país expresa rechazo, según mediciones difundidas por NBC y otras firmas nacionales. No es margen estrecho. Es mayoría sólida. En un país fracturado, superar el 60% no es ruido estadístico: es síntoma estructural.
Y mientras el país envía esa señal, la respuesta es el libreto del auto-martirio.
Antes de que ocurra algo, ya es víctima.
Antes de que se investigue algo, ya es perseguido.
Antes de que pierda algo, ya fue robado.
Es una coreografía previsible.
Y lo previsible, en política, huele a desgaste.
En The New York Times se habla abiertamente de vulnerabilidad creciente. No es consigna ideológica. Es evaluación de estabilidad.
Texas —territorio republicano durante 36 años en su Senado estatal— dejó de ser bastión automático. Treinta y seis años. Una generación política completa. Y aun así, la muralla cedió.
¿Respuesta? Más volumen. Más dramatización. Más narrativa de asedio.
En el exterior, Emmanuel Macron vuelve a escena con un tono cada vez menos diplomático y más explícito. No es gesto aislado. Es la reiteración de un sentimiento que, con matices ideológicos distintos, comparten líderes de múltiples naciones: preocupación abierta por actitudes, expresiones y decisiones que alteran equilibrios que durante décadas sostuvieron el statu quo internacional.
No se trata de afinidad partidista.
Se trata de estabilidad sistémica.
Desde Europa hasta Norteamérica, desde foros multilaterales hasta bloques económicos, el mensaje converge: la imprevisibilidad como método erosiona confianza, tensiona alianzas y debilita la arquitectura institucional construida tras la Segunda Guerra Mundial.
Cuando mandatarios de distinta dimensión territorial, distinto signo político y distinta ubicación geoestratégica coinciden en expresar incomodidad o rechazo, el fenómeno deja de ser bilateral.
Se vuelve estructural.
Y cuando el cuestionamiento ya no proviene solo de adversarios internos sino de aliados tradicionales, el problema no es retórico.
Es de confianza.
Pero la estocada más simbólica no vino de una cancillería.
Vino de la cultura.
Bad Bunny lo convirtió en sátira generacional.
Taylor Swift moviliza registro electoral.
Bruce Springsteen lo desnuda líricamente.
Robert De Niro lo confronta sin diplomacia.
George Clooney ha sido persistente en su crítica.
Meryl Streep cuestiona su conducta pública.
Jane Fonda lo interpela desde el activismo.
Viola Davis denuncia su retórica divisiva.
Oprah Winfrey advierte sobre su impacto institucional.
Y desde la literatura, la ironía adquiere dimensión simbólica.
Stephen King —arquitecto del terror moderno— ha insinuado que la realidad política que representa Trump resulta más inquietante que muchas de las ficciones que ha escrito. Cuando el maestro del horror sugiere que el espanto ya no está en la novela sino en la escena pública, la metáfora se convierte en clima cultural.
En la música, el eco es amplio:
Beyoncé
Lady Gaga
Billie Eilish
John Legend
Madonna
Marc Anthony
Ricky Martin
Jennifer Lopez
Desde la comunidad latina y televisiva:
Sofía Vergara
America Ferrera
Eva Longoria
No, las celebridades no gobiernan.
Pero cuando músicos, actores, escritores y referentes culturales de distintas generaciones coinciden en señalar desgaste, el fenómeno deja de ser tendencia ideológica.
Se convierte en clima.
En paralelo, comienza a consolidarse un eje político interno.
Barack Obama reaparece con intervenciones en defensa institucional.
Michelle Obama mantiene influencia pública que trasciende lo simbólico.
El gobernador de California, Gavin Newsom, eleva perfil nacional.
En el ala progresista, Bernie Sanders sostiene capacidad de movilización ideológica.
No es mando único.
Es acumulación.
De un lado, victimización permanente.
Del otro, reorganización estratégica.
No encarna liderazgo; encarna confrontación.
No articula proyecto; articula reacción.
No convoca consenso; convoca lealtad.
Un gobernante seguro no necesita declararse mártir cada semana.
Un presidente con autoridad real no anticipa fraude antes de competir.
Quien ejerce el poder con estabilidad no convierte cada cuestionamiento en drama existencial.
La victimización crónica puede cohesionar a los fieles.
Pero no construye mayorías.
No amplía centro.
No genera confianza institucional.
No recompone confianza internacional.
Confunde lealtad con liderazgo.
Confunde volumen con autoridad.
Confunde espectáculo con legitimidad.
El tiempo político no discute.
No debate.
No se victimiza.
Simplemente pasa.
Y cuando quien ocupa el poder entra en fase de justificación permanente, cuando necesita explicar cada tropiezo como conspiración y cada caída como traición, el tiempo deja de ser aliado.
Se convierte en auditor.
El poder sólido construye futuro.
El poder desgastado administra excusas.
No se desploman por lo que gritan.
Se desploman cuando el país deja de creerles.
Y cuando la credibilidad se evapora, ni el espectáculo más ruidoso puede llenar el vacío.
Ahí empieza el verdadero colapso.
Porque el desgaste no siempre se anuncia con estruendo.
A veces avanza en silencio.
En las encuestas que se consolidan.
En los aliados que se distancian.
En los votantes que se cansan.
Y cuando el poder empieza a vivir más del pasado que del proyecto, más del agravio que del rumbo, el final deja de ser posibilidad abstracta.
Empieza a ser proximidad política.
Cada semana que insiste en el victimismo erosiona capital.
Cada confrontación innecesaria reduce margen.
Cada grito sustituye autoridad por ruido.
El poder no cae de golpe.
Se vacía.
Y cuando el vacío se instala, el desenlace no sorprende.
Simplemente confirma.
Y sí: cada vez está más cerca el final.
No por deseo de sus críticos, sino por acumulación de su propio desgaste.
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