Donald Trump comenzó la guerra contra Irán prometiendo una transformación histórica de Medio Oriente. Habló de destruir la amenaza nuclear, reducir la capacidad militar iraní, contener a sus aliados regionales, abrir permanentemente el estrecho de Ormuz y modificar el equilibrio estratégico de una región que durante décadas ha resistido todas las fórmulas simplistas de dominación. Cinco meses después, ya no habla principalmente de desmantelar a Irán, sino de negociaciones “muy buenas”, de un posible acuerdo provisional y de conseguir que los barcos vuelvan a transitar. La reducción de objetivos es evidente.

Trump prometió una victoria total y ahora necesita presentar como triunfo una salida limitada. Washington no ha eliminado el programa nuclear iraní, destruido su capacidad regional, provocado un cambio de régimen ni garantizado de manera estable la navegación por una de las rutas energéticas más importantes del planeta. La prioridad inmediata dejó de ser rediseñar Medio Oriente: ahora consiste en reabrir Ormuz, contener el precio del petróleo y encontrar una tregua que reduzca los costos militares, económicos y políticos de una guerra que se salió de control.

El presidente estadounidense asegura que las conversaciones avanzan favorablemente, pero acompaña cada anuncio diplomático con la amenaza de golpear “muy duro” a Teherán si no acepta sus condiciones. Esa combinación no refleja la serenidad de quien ya ganó, sino la ansiedad de quien necesita que la negociación funcione sin permitir que parezca una retirada.

Trump convirtió esa contradicción en estilo de gobierno. Amenaza como si estuviera a punto de destruir al adversario y negocia como si cualquier concesión obtenida constituyera una victoria absoluta. Si Irán cede, afirma que lo obligó mediante la fuerza; si resiste, asegura que todavía puede aniquilarlo; y si se alcanza un compromiso limitado, lo presenta como el acuerdo más extraordinario de la historia. Nunca reconoce haber reducido sus propósitos: simplemente reescribe los objetivos después de conocer el resultado.

Pero las guerras no se evalúan mediante el relato de quien las inició. Se miden por los objetivos alcanzados, las vidas perdidas, los recursos consumidos, los daños provocados y la posición estratégica con la que cada parte llega a la negociación. El conflicto ha dejado miles de muertos, bajas militares estadounidenses, ataques contra la navegación comercial, encarecimiento de la energía y una nueva extensión de las hostilidades hacia el Mar Rojo. Nada de eso se parece a la operación breve, limpia y decisiva prometida por Trump.

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Teherán comprendió desde el comienzo que no podía derrotar convencionalmente a Estados Unidos y decidió utilizar sus ventajas asimétricas: misiles, drones, aliados regionales y, sobre todo, la capacidad de cerrar o dificultar el tránsito por el estrecho de Ormuz. Esa franja marítima se convirtió en su principal instrumento de presión.

Una parte sustancial del petróleo y del gas natural licuado comercializados en el mundo atraviesa esa ruta. Cada embarcación detenida, cada ataque y cada amenaza elevan los precios, encarecen los seguros marítimos y multiplican la presión sobre la Casa Blanca. Estados Unidos posee una superioridad militar abrumadora y puede destruir instalaciones e infraestructura, pero no controlar indefinidamente cada costa, embarcación, dron o milicia regional. El conflicto demostró que una potencia puede dominar el aire sin controlar la política, destruir objetivos sin obtener rendición e infligir castigos sin conseguir obediencia.

Irán tampoco puede proclamarse vencedor. Su población soportó bombardeos, bloqueos, deterioro económico y una nueva ola de represión interna. Sus exportaciones fueron afectadas y el régimen enfrenta un enorme desgaste. Ningún gobierno puede presentar el sufrimiento de su propio pueblo como una victoria estratégica.

Pero Teherán tampoco aparece como un adversario derrotado. Conserva capacidad para alterar la navegación y llega a la mesa con una moneda de cambio que Washington necesita neutralizar. El régimen que supuestamente sería sometido terminó negociando la reapertura de Ormuz desde una posición que le permite exigir condiciones. Ahí reside la paradoja central: Trump inició la guerra para quitarle poder a Irán y terminó concediéndole una nueva palanca sobre la economía mundial.

El posible arreglo no contiene la transformación estratégica anunciada al principio. Los reportes apuntan a una tregua provisional para facilitar la navegación, establecer mecanismos de seguridad marítima y abrir posteriormente negociaciones sobre el programa nuclear. No sería la capitulación iraní, sino un compromiso temporal para detener la escalada y restablecer el tránsito comercial.

Cualquier acuerdo que reduzca las hostilidades merece respaldo. Reabrir Ormuz, disminuir los ataques y evitar nuevas muertes sería una buena noticia para la región y para el mundo. La crítica no consiste en exigir que Trump prolongue una guerra dañina para proteger su orgullo. Debe negociar, y hacerlo cuanto antes. El problema es que pretenda llamar victoria total a una salida parcial de una estrategia mal calculada.

Un estadista reconoce cuando las circunstancias cambiaron y ajusta sus metas para evitar daños mayores. Un propagandista modifica silenciosamente los objetivos y después afirma que siempre quiso exactamente aquello que finalmente obtuvo. Trump pertenece a la segunda categoría.

Al inicio sostuvo que Irán debía abandonar su programa nuclear, aceptar restricciones permanentes y dejar de apoyar a sus aliados regionales. Incluso permitió que integrantes de su gobierno hablaran de cambio de régimen. Ahora la primera fase del posible acuerdo se concentra en reabrir el estrecho y establecer una tregua, dejando la cuestión nuclear para después. Eso no es un detalle técnico, sino una reducción radical de prioridades.

Cuando un gobernante comienza una guerra para eliminar una amenaza nuclear y termina negociando primero el paso de embarcaciones, significa que la realidad lo obligó a relegar temporalmente su propósito principal. Puede ser sensato, pero no debe ocultarse.

El petróleo modificó la estrategia. Mientras Ormuz permaneció cerrado o sometido a amenazas, aumentaron los precios, las cadenas de suministro enfrentaron nuevas dificultades y los mercados comenzaron a anticipar una crisis energética prolongada. Bastó que mediadores regionales anunciaran avances y que Trump hablara de conversaciones positivas para que el crudo bajara y las bolsas reaccionaran favorablemente. Los mercados entendieron algo que el presidente se resiste a admitir: la prioridad ya no es ganar la guerra, sino detener sus efectos.

Estados Unidos enfrenta, además, costos crecientes y desgaste estratégico. Cada ofensiva consume municiones y recursos necesarios en otros escenarios. Washington mantiene compromisos simultáneos en Europa, Asia y Medio Oriente, por lo que prolongar indefinidamente una guerra contra Irán aumenta la presión sobre sus arsenales, fuerzas desplegadas y alianzas.

Tampoco existe un respaldo interno sólido. Trump prometió impedir nuevas guerras interminables y concentrarse en los problemas nacionales, pero terminó involucrado en un conflicto que elevó precios, provocó bajas y lo obliga a negociar con el mismo régimen que prometió doblegar. Las elecciones legislativas se acercan y la energía siempre acaba llegando a las urnas. Un aumento sostenido de la gasolina puede dañar más a un gobierno que cualquier discurso sobre grandeza estratégica.

Por eso Trump necesita cerrar el conflicto antes de que se convierta en un lastre electoral. Habla de acuerdos inminentes y conversaciones extraordinarias, mientras mantiene las amenazas para impedir que sus seguidores interpreten la negociación como debilidad. La diplomacia vuelve a transformarse en espectáculo: cada reunión es histórica, cada plazo representa la última oportunidad y cada arreglo demuestra supuestamente que sólo él podía conseguirlo.

Irán, por su parte, necesita demostrar que no negocia bajo sometimiento. Los mediadores regionales intentan construir una fórmula suficientemente ambigua para que ambos gobiernos puedan retroceder sin admitir derrota. Trump podría afirmar que obligó a Teherán a reabrir Ormuz; Irán podría sostener que resistió la presión militar y obtuvo reconocimiento sobre su papel en la seguridad del estrecho. Todos tendrían una narrativa para proclamar victoria.

La diferencia es que Trump fue quien prometió resultados máximos. Irán nunca afirmó que conquistaría Washington ni destruiría su poder militar. Su objetivo fue sobrevivir, conservar capacidad de negociación y elevar el costo de la ofensiva. Si obtiene una tregua sin abandonar inmediatamente su programa nuclear ni perder toda su influencia regional, podrá sostener que resistió. Estados Unidos, en cambio, deberá explicar por qué inició una guerra para eliminar una amenaza nuclear y acabó posponiendo esa discusión.

En política internacional, los gobernantes suelen redefinir el éxito después de descubrir los límites de su poder. Trump lleva esa práctica al extremo porque su identidad política depende de parecer un hombre que jamás pierde. Admitir que Irán resistió, que Ormuz se convirtió en una amenaza global y que la guerra no cumplió sus objetivos principales dañaría el mito sobre el que construyó su liderazgo.

Por eso necesita convertir una tregua en capitulación. Pero la realidad no desaparece mediante adjetivos. Si el acuerdo sólo reabre temporalmente el estrecho, el peligro podrá regresar. Si no existe una solución nuclear verificable, el problema original continuará. Si las milicias regionales mantienen capacidad de ataque, la inestabilidad permanecerá. Y si Irán obtiene una participación reconocida en la seguridad de Ormuz, habrá conseguido precisamente aquello que Washington rechazaba antes de la guerra.

Negociar no equivale a rendirse. Hacer concesiones tampoco significa necesariamente perder. La diplomacia consiste en aceptar soluciones imperfectas para evitar daños mayores. Lo irresponsable sería desechar un acuerdo razonable únicamente para proteger la imagen presidencial. Pero una victoria auténtica exigiría garantizar de manera sostenible la libertad de navegación, establecer límites verificables al programa nuclear, reducir la capacidad de ataque regional y evitar que el conflicto se reactive en unas semanas.

Un pacto provisional todavía no cumple esas condiciones. Es una pausa, y una pausa puede ser valiosa, pero no debe confundirse con el desenlace.

El conflicto ya no depende exclusivamente de Washington y Teherán. Israel puede rechazar cualquier acuerdo que preserve infraestructura nuclear iraní; los hutíes pueden continuar atacando barcos en el Mar Rojo; las milicias vinculadas con Irán podrían sabotear la negociación, y los países del Golfo temen tanto a Teherán como a una nueva ofensiva estadounidense. Trump inició la guerra creyendo que controlaría su ritmo y su final, pero terminó dentro de una red regional donde demasiados actores pueden escalar las hostilidades sin pedirle autorización.

La población iraní, mientras tanto, quedó atrapada entre un régimen autoritario que reprime y utiliza el nacionalismo para perpetuarse, y una potencia extranjera que bombardea, bloquea y amenaza con destruir al país en nombre de la seguridad. Los civiles pagan ambos extremos.

La guerra tampoco liberalizó a Irán. El régimen intensificó el control interno, endureció su vigilancia y redujo los espacios de oposición. Quienes imaginaron que los ataques provocarían una rebelión democrática ignoraron una lección histórica: las sociedades sometidas a una agresión extranjera suelen cerrar filas en torno al Estado, incluso cuando rechazan a sus gobernantes. Trump quiso debilitar al régimen y pudo haber prolongado su supervivencia.

También destruyó parte de la confianza indispensable para cualquier arreglo nuclear. El acuerdo de 2015 fue abandonado unilateralmente durante su primer mandato, aunque Irán había cumplido durante un periodo significativo con restricciones verificadas. Esa memoria pesa ahora sobre cualquier negociación. Un convenio serio requeriría inspecciones internacionales, calendarios precisos, levantamiento gradual de sanciones y mecanismos automáticos frente a incumplimientos. Sin embargo, Trump prefiere anuncios espectaculares y compromisos personales que pueda exhibir como trofeos.

La paz exige paciencia. Trump exige aplausos inmediatos.

Aun así, una salida imperfecta sería preferible a la continuación del conflicto. Deben detenerse los ataques, reabrirse Ormuz, protegerse la navegación y comenzar una negociación nuclear seria. Si Trump consigue una tregua útil, habrá que reconocerlo. Lo que no debe aceptarse es la falsificación de la historia.

Estados Unidos no llegó a la mesa después de una victoria indiscutible, sino porque la guerra se volvió costosa, Irán conservó capacidad de daño, el estrecho permaneció bajo amenaza y los mercados exigieron una salida. Irán tampoco llega como vencedor moral: su régimen amenazó el comercio mundial, profundizó la represión y convirtió a su propia población en rehén de su estrategia. Ambos gobiernos necesitan el acuerdo, y esa necesidad compartida es precisamente la que hace posible la diplomacia.

La verdadera victoria no pertenecería a Trump ni a los ayatolás, sino a los civiles que dejarían de morir, a los marinos que podrían navegar con seguridad, a las economías que recuperarían estabilidad y a una región que evitaría una guerra todavía mayor. Pero Trump necesita aparecer como vencedor absoluto y afirmar que nadie más habría podido conseguirlo.

Por eso será indispensable leer la letra pequeña: cuánto durará la tregua, quién controlará las rutas, qué ocurrirá con la infraestructura nuclear, qué inspecciones existirán, cuáles sanciones continuarán y cómo se responderá a un nuevo ataque. Sin respuestas claras, cualquier proclamación de triunfo será propaganda.

Trump prometió doblegar a Irán, destruir su amenaza nuclear, reducir su poder regional y transformar Medio Oriente. Ahora busca que vuelvan a pasar los barcos y que baje el precio del petróleo. Conseguirlo sería necesario y digno de celebrarse, pero no equivaldría a cumplir aquello por lo que inició la guerra.

Una tregua no convierte en triunfo una estrategia fallida. Reducir los daños no justifica haberlos provocado. Y un acuerdo limitado no borra meses de muerte, destrucción e inestabilidad.

Cuando un gobernante disminuye silenciosamente todos sus objetivos y después proclama que obtuvo exactamente lo que quería, no está describiendo la realidad: está maquillando la retirada.

Trump puede declarar victoria cuantas veces quiera, pero mientras Irán conserve capacidad nuclear, mantenga influencia regional y pueda amenazar nuevamente el tránsito por Ormuz, no habrá ganado la guerra. Apenas habrá encontrado una salida.

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