Apuntes para un debate necesario:
“Debemos susurrarle al oído a la presidenta de México”, dijo Cristina Mittermeier el pasado 3 de febrero. Esto es, en prudente silencio, sin la estridencia del activismo, hablarle a Claudia Sheinbaum sobre la fragilidad del Golfo de California, hogar de “la diversidad de ballenas más grande del planeta”. La conservacionista ve al Acuario del Mundo amenazado por un megaproyecto que viene de EEUU y que, al final, no dejará gran cosa en México.
Mittermeier se refería en particular al megaproyecto Saguaro para la exportación de gas natural licuado. La obra contemplaría un enorme gasoducto, una planta de licuefacción de gran escala y un puerto especializado en el Golfo de California, en Sonora.
La planta recibiría gas natural del oeste de Texas, y una vez procesado en estado líquido se transportaría en gigantescos buques metaneros a Asia.
Saguaro representa una inversión de 15 a 20 mil millones de dólares. ¿Por qué, según Mittermeier, tanto dinero no dejaría “gran cosa” en México? Doy mis respuestas.
Al ser gas de EEUU procesado con tecnología extranjera para clientes en Asia, nuestro país correría el riesgo de solo aportar el territorio y el sacrificio ambiental, mientras la utilidad financiera se quedaría en Texas.
México se degradaría a simple gasolinera de paso. Nuestro país aportaría muchísimos kilómetros de territorio y su más bello litoral, sin que el proyecto nos dejara grandes beneficios económicos.
Diferente podría ser la situación si en la Cuenca de Burgos se extrajera gas nacional. Hasta donde entiendo, esto no lo permite el gobierno de México por consideraciones ambientales. El gas de Burgos solo podría captarse mediante la fracturación hidráulica, que las autoridades rechazan. ¿Por qué, entonces, se autoriza que el gas de Texas, generado con ese procedimiento, cruce nuestro territorio y nuestros mares hacia el mercado asiático? ¿Doble moral ambiental?
Un megaproyecto como Saguaro, por ambientalmente dañino, no sería aceptable en California y Oregón, desde donde el gas licuado podría enviarse a Asia. ¿Deben nuestras regulaciones ser siempre más laxas que las de EEUU? Al permitir en Sonora lo que se prohíbe en la costa oeste estadounidense, México no solo importaría gas, sino también un riesgo ecológico que estados de la vecina nación rechazan por incompatible con la protección de sus litorales.
“¡Dios no lo quiera!”, diría el bolero, pero con los buques tanque de 300 metros de Saguaro podría haber impactos negativos muy fuertes sobre los recursos pesqueros, por no hablar del daño a las ballenas y de la pérdida de empleos para miles de pescadores ribereños, además del perjuicio al turismo basado en la naturaleza. Es el riesgo de alterar un sistema económico razonablemente sustentable, como el del Golfo de California, con una infraestructura de paso que solo serviría a intereses ajenos.
Saguaro no puede ocultar el muy bajo contenido nacional de su posible inversión. La cifra es monumental, pero de los 15 a 20 mil millones de dólares presupuestados, la inmensa mayoría se destinaría a tecnología criogénica, turbinas, compresores y otros equipos de ingeniería. Todo este equipamiento se fabrica en EEUU, Alemania o Japón, por lo que el capital se quedaría en el extranjero sin siquiera realizar las transferencias bancarias en México. Esto limitaría sensiblemente el impacto en la industria nacional, reduciendo nuestra participación a la obra civil y a servicios de bajo valor agregado.
Saguaro, es verdad, generaría empleos, pero la inmensa mayoría serían temporales, limitados a la etapa de construcción. Una vez en operación, la planta, altamente automatizada, tendría una plantilla permanente de entre 200 y 400 puestos técnicos. El impacto en el empleo de largo plazo para Sonora sería, en términos relativos, prácticamente inexistente.
El mayor beneficio debería ser fiscal, pero… “Dios no lo quiera”, vuelvo al bolero de Enrique el Negrumo Sánchez Alonso, extraordinariamente interpretado por Javier Solís y Lucho Gatica.
¿Dios no lo quiera? Es decir, ¿y si hubiera un cambio político? La 4T ha marcado una pauta en el cobro de impuestos a los grandes contribuyentes. Seguramente la presidenta Claudia Sheinbaum exigiría a Saguaro pagos mínimos desde el día uno —aunque, es un hecho, los capitales de EEUU y los empresarios mexicanos que apoyan el proyecto se defenderían mediante litigios, sobre todo en el mediano plazo, para reducir al mínimo sus compromisos fiscales—.
Un proyecto tan costoso está diseñado para durar más de 30 años; estamos hablando de cinco sexenios. Podría ocurrir, ¡Dios no lo quiera!, que la derecha volviera al gobierno. En tal escenario, a los fiscalistas de Saguaro se les simplificaría el camino para dejar de pagar impuestos bajo cualquier pretexto relacionado con el apoyo a la libre empresa y a la inversión extranjera —el típico blablabla de quienes en el gobierno no resisten el hechizo de los ultrarricos—. Esto destruiría la principal ventaja del megaproyecto: su capacidad de generar ingresos públicos constantes para México.
El verso más preocupante del bolero “Dios no lo quiera” siembra la terrible duda: “En estos días se te nota diferente”. Hay algo por ahí que debiera encender las luces de alarma ideológica en la 4T: sus principales figuras o no tienen ideología, como Omar García Harfuch —quien por su situación personal tiene más relaciones en la derecha empresarial que en el movimiento de izquierda—, o bien se trata de políticos progresistas, sí, pero no tan comprometidos con el precepto de “por el bien de todos, primero los pobres”. Este es el caso de Marcelo Ebrard, quien suele caer en la tentación de apoyar siempre, incluso contra el erario, a inversionistas nacionales y extranjeros; que quede claro: apoyar inversionistas es un eufemismo de otorgarles beneficios fiscales.
Por lealtad hay que cantarle a la 4T lo de “Dios no lo quiera… en estos días se te nota diferente". Si sus personalidades con más futuro político fueran Rafael El Fisgón Barajas, Pedro Miguel, Epigmenio Ibarra, Citlalli Hernández o inclusive Clara Brugada, habría garantía de que, cuando Saguaro empezara a operar el próximo sexenio, se le obligara a pagar impuestos, que es la ventaja mayor de tal proyecto. Pero ahora mismo el futuro de la 4T luce algo empresarial. En el contexto del gobierno de izquierda algo es demasiado porque, ya sabemos, en México ser “empresarial” se traduce como“perdonar exigencias fiscales”.
Lucho Gatica —“no canta sino platica”, decía el Piporro González— fue gran maestro del crooning, que significa interpretar las canciones susurrándolas. Cristina Mittermeier quisiera susurrarle a Claudia Sheinbaum ideas sobre Saguaro. La presidenta tomará la mejor decisión, pero es justo que escuche voces distintas a las empresariales.
Es lo menos que debe hacerse frente a un proyecto con desventajas ambientales enormes. Se sintetizan en invadir con buques tanque gigantescos la principal clínica de maternidad de ballenas que hay en la Tierra, el Acuario del Mundo que debe protegerse al máximo.
Si cancelar el proyecto representara para los texanos llevar, con más costos, su gas a Asia por el Canal de Panamá, problema de ellos.
Algún día los Saguaros dejarán de ser necesarios porque la transición energética —Dios SÍ lo quiera— obligará a Asia a depender mucho menos de energías sucias y mucho más de fuentes limpias como la solar y la eólica. Si esto ocurriera antes de 30 años, y si, Dios no lo quiera, se terminara de construir el proyecto, México se quedaría únicamente con los tubos abandonados de un gasoducto inútil y una planta de licuefacción obsoleta; un complejo que solo recibiría ingresos de turistas dispuestos a pagar un boleto para entrar a un museo del terror energético y tecnológico.
POSDATA: Lucho Gatica canta “Dios no lo quiera”.


