Es hora de soltar a Pemex y dejar ir la apuesta por los combustibles fósiles. La melancolía y la nostalgia por el símbolo de Pemex hoy cobran una factura peor que la económica, que ya era grave y desde hace tiempo anunciaba el fin de la rentabilidad. La factura que hoy se paga es la de la integridad ambiental y humana de los trabajadores y de las comunidades que rodean a las sedes de la megaempresa del Estado; una empresa que alguna vez fue promesa de futuro, pero que hoy ya no lo es.
Pemex informó que fue controlado un incendio en la torre de enfriamiento de la planta Hidros II, al interior de la refinería de Salina Cruz, en Oaxaca. El accidente se suma al episodio ecocida del derrame no controlado en costas que van de Veracruz a Tabasco. La empresa explicó que personal especializado se encontraba en el área para su atención y evaluación, luego de que una explosión e incendio fueran registrados la noche del lunes 11 de mayo en la refinería “Antonio Dovalí Jaime”, ubicada en Salina Cruz. El siniestro movilizó cuerpos de emergencia y encendió las alertas entre habitantes de zonas cercanas tras el fuerte estruendo que sacudió viviendas de la región.
De acuerdo con reportes preliminares, el incidente dejó al menos seis personas lesionadas y habría ocurrido alrededor de las 20:40 horas en el área de la planta Hidros II, presuntamente relacionada con una torre de enfriamiento dentro del complejo petrolero.
Las primeras versiones señalan que una explosión provocó un incendio de gran magnitud dentro de las instalaciones de la refinería. Videos compartidos en redes sociales mostraron enormes llamaradas y columnas de humo visibles a varios kilómetros de distancia, mientras trabajadores y habitantes reportaban momentos de tensión tras escuchar el estruendo.
Aunque inicialmente trascendió que una torre de enfriamiento pudo haber “reventado”, hasta el momento las autoridades no han confirmado oficialmente las causas exactas del siniestro. De manera extraoficial, se informó que uno de los trabajadores necesitó atención médica inmediata, por lo que fueron solicitadas ambulancias dentro del complejo industrial.
Hasta ahora, Petróleos Mexicanos no ha emitido un comunicado detallado sobre el estado de salud de las personas afectadas ni sobre el alcance total de los daños materiales. A pesar del tamaño de la crisis, los comunicados oficiales pocas veces describen la magnitud real del problema. A menudo recurren a eufemismos para suavizar la narrativa, como si las palabras pudieran disminuir la gravedad de la realidad, hasta que los pueblos aledaños exponen las verdaderas dimensiones de lo ocurrido y entonces no queda más que admitir que, otra vez, un accidente grave ha sucedido.
Pemex podría construir nuevos símbolos abandonando la energía fósil que daña ecosistemas y personas. Apostarle a la energía solar, a la energía eólica o, incluso, convertirse en museo. El fin de semana veía la serie Niños de plomo, sobre el envenenamiento de niños en Polonia a causa de la combustión de gasolina con plomo y de procesos industriales de una acería durante el comunismo. La fábrica era un ícono político de la narrativa sobre el poder de los trabajadores, la redistribución de la riqueza y la igualdad. Una valiente doctora polaca, Jolanta Wadowska-Król, inició su propia investigación sobre la multitud de niños que enfermaban por intoxicación de plomo debido a una fundición cercana. Aunque nunca pudo doctorarse por el rechazo político que enfrentó tras sus acciones, sí logró salvar vidas al reubicar a cientos de niños. Para dimensionar el tiempo que le costó, el problema de los niños se observó en los años 70’s pero la fábrica metalúrgica Szopienice cerró hasta 2008. En 2011, la doctora seguía tratando niños intoxicados por plomo hasta que se jubiló y aunque nunca pudo defender su tesis de doctorado, en 2021 la Universidad de Silesia la reconoció con un doctorado honoris causa. Todo parece tan reciente que mirar a México soportando mes con mes nuevas noticias de accidentes por Pemex se entiende aunque no se justifica.
En México no tenemos una doctora así, pero sí tenemos información suficiente para entender lo que ocurre. Sabemos, por ejemplo, que la refinería “Miguel Hidalgo” de Tula, junto con la termoeléctrica adyacente, es una de las mayores fuentes de contaminación del país: emiten 33% más dióxido de azufre que todo el Valle de México. Estas plantas utilizan combustóleo pesado, afectando gravemente la calidad del aire y la salud de la región, donde no solo niños sino familias enteras padecen enfermedades respiratorias, afecciones en la piel y cáncer.
La época de gloria de Pemex ya pasó. Si los números rojos no bastan para cambiar el rumbo, los accidentes, las fugas de combustible en el mar, el daño a especies, a ecosistemas, a la pesca, a la gente y las afectaciones de los combustibles fósiles deberían hacerlo. Estamos sacrificando, literalmente, personas y ecosistemas en nombre de la nostalgia.
Ya no importa si el problema son los sindicatos, la incapacidad para atender crisis o los cambios dentro de Pemex que han desplazado a ingenieros de primer nivel para llenar de políticos espacios que deberían ser técnicos. El hecho es que Pemex no solo es una apuesta perdida, ya es también un riesgo para la integridad física de los pueblos cercanos a sus instalaciones, una amenaza para los ecosistemas y un peligro constante para sus propios trabajadores. Los tiempos cambian, las empresas, aún las del Estado, deben cambiar también.
Hay proyectos que merecen ser defendidos y otros que merecen ser soltados. Pemex pertenece, cada vez más, a los segundos.



