“Cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”.
Refrán español
La reciente aparición del expresidente Andrés Manuel López Obrador no fue casual. Fue, más bien, la señal de que comienza a sentir presión. Después de prometer que se retiraría de la vida pública y que solo volvería en circunstancias extraordinarias, el tabasqueño reapareció en un contexto que para su movimiento ya no luce tan favorable.
AMLO concentró un poder político como ningún presidente mexicano en décadas. Durante su sexenio impulsó reformas, debilitó contrapesos institucionales y construyó un movimiento dominante alrededor de Morena. Su liderazgo personal se convirtió en el eje del sistema político que llamó la Cuarta Transformación.
Sin embargo, la historia política latinoamericana muestra que los liderazgos unipersonales suelen enfrentar un destino similar: mientras el poder crece, también lo hace el aislamiento.
El espejo venezolano
Un ejemplo cercano es el de Nicolás Maduro en Venezuela. Tras heredar el poder del chavismo, Maduro consolidó un modelo basado en la concentración de autoridad y el debilitamiento sistemático de las instituciones democráticas.
Se promovieron reformas constitucionales que ampliaron las facultades del ejecutivo, se reorganizó el sistema legislativo para favorecer al oficialismo y se otorgaron facultades extraordinarias para legislar mediante decretos en áreas clave como economía, seguridad y defensa.
También se impulsaron estructuras paralelas de poder, como los Consejos Comunales y las Comunas, que trasladaron recursos y atribuciones de gobiernos locales hacia organizaciones alineadas con el partido gobernante. De esta forma, el control político dejó de depender de las instituciones tradicionales y pasó a estructuras directamente vinculadas al proyecto oficial, algo que recuerda a lo que pretende la reforma político-electoral impulsada por Claudia Sheinbaum en su llamado Plan B.
Otro paso decisivo fue la reforma que permitió la reelección indefinida de todos los cargos de elección popular, incluida la presidencia. Para garantizar ese control, el chavismo también reconfiguró el poder judicial. El Tribunal Supremo quedó integrado mayoritariamente por magistrados afines al gobierno, lo que permitió validar decretos presidenciales y bloquear las acciones de la oposición.
Con el tiempo, el modelo venezolano derivó en un régimen profundamente cuestionado por la comunidad internacional. Las denuncias por corrupción, violaciones a derechos humanos y presuntos vínculos con redes criminales deterioraron gravemente la legitimidad del gobierno.
Las tres excusas del regreso
En el caso de México, López Obrador aseguró al dejar la presidencia que solo rompería su retiro bajo tres circunstancias: un atentado contra la democracia, una amenaza contra su sucesora o un riesgo para la soberanía nacional. Lo llamativo es que hoy su discurso parece encajar cualquier crítica a su proyecto dentro de esas tres categorías.
La primera supuesta amenaza sería el “ataque a la democracia”. En realidad, lo que existe es una fuerte oposición a las reformas político-electorales que su movimiento ha impulsado, que buscan debilitar al árbitro electoral y favorecer la hegemonía de Morena.
La segunda razón es el respaldo a la presidenta Claudia Sheinbaum. López Obrador ha dejado claro que está dispuesto a intervenir políticamente si considera que su heredera enfrenta momentos críticos. Y lo cierto es que la administración de la presidenta atraviesa dificultades en distintos frentes: cuestionamientos por seguridad, presiones económicas y tensiones políticas internas.
A esto se suman críticas provenientes del exterior. El presidente estadounidense Donald Trump ha lanzado declaraciones particularmente duras sobre México por su papel en el combate al narcotráfico, lo que ha tensado el debate político en la región.
La tercera justificación sería la defensa de la soberanía nacional frente a posibles injerencias extranjeras. Sin embargo, este argumento funciona más como una herramienta política que como una amenaza real, e incluso, como escudo contra cualquier acción que se pretenda hacer contra el exmandatario, en su calidad actual de simple ciudadano para enfrentar la justicia tanto en México como en Estados Unidos.
La soledad política
Lo que realmente parece preocupar al expresidente es algo simple y peligroso para cualquier líder populista: la pérdida de respaldo popular.
Los signos empiezan a ser visibles. Algunas convocatorias políticas recientes no han generado la movilización que el lópezobradorismo lograba. Incluso iniciativas simbólicas, como campañas o llamados de apoyo han generado más críticas que entusiasmo. Su primera salida del retiro por la publicación de un libro, tampoco tuvo mayor impacto político.
La historia muestra cómo suele terminar el poder personalista: primero se debilita el entusiasmo popular, luego aparecen fracturas internas y, finalmente, surge la soledad política del líder.
Por eso, viene al caso el viejo refrán español: cuando veas las barbas del vecino cortar, pon las tuyas a remojar. Porque en política, la soledad suele ser el primer aviso de que el poder comienza a desmoronarse.
X: @diaz_manuel





