El senador Adán Augusto López Hernández continúa siendo uno de los personajes más controvertidos de la clase política mexicana. Representa también uno de los casos más acabados de impunidad. Si bien todo mexicano tiene el derecho de la presunción de inocencia (que en tiempos recientes la Suprema Corte parece ir en dirección contraria), el legislador morenista merecería, en el mejor de los casos, una investigación por un cúmulo de evidencia acumulado.
La semana pasada tuvieron lugar sucesos entrelazados: la publicación del informe sobre de desaparición forzada por parte del Comité de Naciones Unidas y trascendió que Hernán Bermúdez Requena, secretario de seguridad de Tabasco durante el gobierno de López, hoy preso en el Altiplano, había sido vinculado precisamente por desaparición forzada en su estado, y apenas ayer, se sumó el delito de peculado.
En adición, se ha reportado el incremento del número de desaparecidos durante la administración de López, y por tanto, durante la gestión del líder de la Barredora como responsable de seguridad, en el mismo estado de Tabasco. Al mismo tiempo, los voceros de la autoproclamada 4T pretender restar veracidad al documento. Así las cosas en el México obradorista.
Las sospechas que golpean a Adán Augusto han sido desde siempre en sobremanera pesadas para la presidenta Claudia Sheinbaum. Sin embargo, como si el senador contase con una suerte de halo protector llegado desde sitios desconocidos (todo apuntaría hacia un rancho en Palenque, Chiapas), continúa plácidamente sentado en su escaño del Senado, a pesar de haber recibido el “castigo” simbólico de no liderar más la bancada.
Y encima, el ”hermano” de AMLO, ufano y seguro de la protección que le rodea, ha declarado abiertamente que él “no da declaraciones ni concede entrevistas” en un abierto desdén hacia cualquier sentido de la ética de un servidor público que se ha enriquecido al amparo del poder, y solo por formar parte un conspicuo grupo de políticos tabasqueños que se creen dueños y señores de los destinos del país.
Las recientes imputaciones hechas contra Bermúdez Requena, especialmente la relacionada con la desaparición forzada, han recrudecido las sospechas sobre la figura de López Hernández. ¿Fue cómplice, articulador, coordinador, o simplemente observador de la creciente lista de actividades delincuenciales de su exsecretario de Seguridad?
¿Algún día los mexicanos, y especialmente los tabasqueños, escucharán que la FGR de Ernestina Godoy ha decidido dar el paso e investigar formalmente a un hombre que no solo ha sido motivo vergüenzas para toda la nación, sino que golpea al propio proyecto de gobernanza y credibilidad que la presidenta Sheinbaum intenta construir cada día desde su mañanera?



