Debe planificarse, con seriedad, el mensaje posteliminación de la Selección Mexicana en el Mundial; sobre todo si, como es altamente probable, la debacle se presenta en las primeras fases de la copa de la FIFA 2026.

No se trata de un capricho de aficionado al ciclismo molesto por el exceso de atención que recibe el futbol —que sin duda es mi caso—. Ni capricho ni necedad: veo como una ineludible razón de Estado anticipar lo que ocurrirá cuando el equipo mexicano quede fuera de la competencia.

Considero imperativo diseñar desde ahora una estrategia de control de daños para evitar que el casi seguro fracaso futbolístico se traduzca en un costo político para la 4T y su presidenta; y, particularmente, para contener oleadas de un clima social de derrota que México no necesita.

En un país donde el futbol es el termómetro del ánimo colectivo, un fracaso de la Selección Mexicana en SU Mundial no se quedará en los estadios; se trasladará directamente a la lucha política.

El malestar social por la derrota deportiva es el caldo de cultivo para que las oposiciones, electorales y empresariales, cuestionen la eficacia de la 4T. Así lo han hecho durante todo el gobierno de Claudia Sheinbaum, inclusive con fuertes apoyos desde el extranjero, pero no han logrado disminuir los niveles de aprobación de la presidenta. El predecible descalabro mundialista les alentará a incrementar el tono de la guerra sucia.

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A la presidenta le urge —o debería urgirle— un contrapeso que signifique éxito deportivo garantizado. Lo tiene en Isaac Torito del Toro, el único mexicano con galones atléticos suficientes para convertirse en un activo político capaz de hacer olvidar un desastre de la Selección en la Copa Mundial de la FIFA 2026.

En diciembre del año pasado dije aquí que Isaac del Toro será un “paraguas mediático, deportivo y político frente al fracaso en el Mundial”.

La tesis central de aquel artículo se basaba en el éxito esperado, cada día más probable, del ciclista Del Toro en el Tour de Francia. Aunque no gane —va de gregario o ayudante del campeón vigente Tadej Pogačar—, Isaac tiene nivel para estar entre los mejores tres de la clasificación general.

Si se cumple el pronóstico, la actuación del joven deportista de Ensenada, Baja California servirá como bálsamo para que el gobierno de Claudia Sheinbaum gestione la crisis que será el —casi inevitable— desastre de la Selección en el Mundial.

Inmediatamente después e la eliminación del Tri, la presidenta deberá ignorar el futbol y trabajar para volver la atención nacional hacia el ciclismo.

En aquella columna de diciembre dije que el Mundial de Futbol se celebrará, en México, Canadá y Estados Unidos, del 11 de junio al 19 de julio de 2026. Y que, del 4 al 26 de julio de este año, se correrá el Tour de Francia —tres etapas en Cataluña, España, y 18 en territorio francés—. Así que ambos eventos coincidirán durante 16 días —en ese lapso habrá bastantes juegos mundialistas—.

El Torito llegará al Tour de Francia, a sus 22 años, con la entereza necesaria para desafiar a cualquiera, tal como lo acreditó este sábado en las montañas de los Emiratos Árabes Unidos. Es altamente probable que su escuadra, el UAE Team Emirates, se adjudique la jornada inaugural en Barcelona —una contrarreloj por equipos—; una victoria que podría coincidir, milimétricamente, con la debacle de México en el Mundial. Bendita coincidencia.

¿Se entiende ya por qué la figura de Isaac del Toro en el Tour de Francia podría ser, más que una noticia deportiva, un activo político estratégico?

Para Claudia Sheinbaum, entonces, casarse discursivamente con el éxito del ciclista es la única vía para transferir el orgullo nacional de un terreno pantanoso (el de la Selección) a uno de excelencia mundial (el de Torito, desde el año pasado en la élite del ciclismo global).

Si el gobierno no logra que la ciudadanía gire la cabeza hacia los pedales de Isaac del Toro, pagará la factura completa del desastre futbolero. En política, el vacío de triunfos siempre lo llena el descontento. Esta vez, el naufragio futbolero podría compensarse, en la misma fecha, con una actuación histórica en la principal vuelta ciclista de tres semanas.

Del Toro, si no se lesiona, tendrá una participación exitosa en el Tour de Francia. En el desierto árabe acaba de demostrar que está en una forma física excelente, que solo podría venirse bajo por un accidente o como consecuencia de alguna enfermedad.

La presidenta Sheinbaum y sus estrategas sabrán si utilizan a Torito como escudo narrativo para equilibrar la negatividad del futbol. Yo lo haría porque, así, gracias a Del Toro, la oposición se vería obligada a aceptar que otro México es posible: el de la calidad competitiva, muy distinto al claudicante en el futbol. Nuestra sociedad tendría de esa manera un argumento fuerte para preservar el orgullo nacional lastimado por la decepción nacional futbolera.

Le vendría bien a la presidenta de México, desde ahora mismo, contraer un matrimonio político-discursivo con Isaac Torito del Toro. Si el ciclismo y la 4T sellaran su alianza ante el altar de la opinión pública sería la narrativa óptima para sobrevivir al hundimiento de la Selección en la copa de la FIFA.

La presidenta Sheinbaum debe evitar el desgaste de su capital político en el futbol y ya no caer en la promoción de disciplinas periféricas —como los deportes de invierno— en las que México carece de infraestructura, clima y tradición. Apostar por ámbitos donde el país no aspira siquiera a la élite de los veinte mejores es un error de cálculo; la prioridad debe ser el éxito probado, no el fanatismo de una mayoría ya harta de perder siempre o la excentricidad deportiva propia de las clases medias y altas.

La apuesta deportiva mejor pensada de Claudia ha sido el boxeo femenino. Se ha dejado ver con boxeadoras, lo que ha fortalecido su imagen de mujer fuerte, pero, las cosas como son, las pugilistas mexicanas —tampoco el boxeador más famoso, Saúl Canelo Álvarez— tienen el prestigio de deportistas líderes de alto rendimiento que ha logrado Del Toro sobre los pedales.

El box podría ser un deporte de primera categoría. Sin embargo, se ha rendido ante el espectáculo: proyecta una imagen escasamente edificante que privilegia el negocio por encima del rigor atlético.

Excesivamente comercializado, resulta evidente que en no pocas peleas estelares a los campeones con más atractivo para la TV y la taquilla, se les enfrenta a rivales de bastante menor nivel. Sus promotores dan la impresión de que no buscan que gane el mejor, sino el más rentable. La imagen de limpieza del boxeo está en duda: inclusive ha estado bajo la sombra de la exclusión de los Juegos Olímpicos.

El matrimonio discursivo Sheinbaum-Torito no es una mala idea. El Tri rápidamente traicionará el amor de la afición: si bien le va perderá en los octavos de final del Mundial. Isaac del Toro, si no se lesiona, nos podría llevar a la luna de miel de un podio triunfante en los Campos Elíseos de París. ¡El ciclismo sí ofrece a la afición mexicana, y a su presidenta, un romance de a de veras!