Espero lo recuerde Beatriz Gutiérrez Müller, esposa de Andrés Manuel López Obrador. Mencionaré una reunión de hace bastantes años —por ahí de 2008 o 2009— en su departamento de clase media-media ubicado en la colonia Del Valle de la Ciudad de México.
Charlábamos acerca de cómo las calumnias a veces se convertían en verdades. Estaba presente el propio Andrés Manuel —me honraron invitándome a tomar un café— y Beatriz ilustró la charla con una anécdota personal. Entre divertida y preocupada, comentó que había tomado un taxi para llegar a su casa. En el trayecto, sin venir mucho al caso, el taxista le dijo que a él le constaba que AMLO tenía una residencia lujosísima, valuada en millones de dólares, en un fraccionamiento de clase alta por el rumbo de Bosques de las Lomas llamado La Toscana.
Beatriz se rió bastante con la anécdota. Su verdadera casa por supuesto que no estaba en La Toscana, que ella y Andrés Manuel no conocían. Vivían, reitero, en un apartamento de clase media-media: nada de lujos, nada de ostentación, una vivienda pequeña—.
Tiempo después, un amigo que había invertido en el negocio de la edición de libros me invitó a comer al Centro Comercial de Santa Fe en la capital del país. Nos acompañó su hijo —joven que estudiaba alguna licenciatura o maestría en el extranjero— que se había citado con un excompañero de la preparatoria para realizar alguna actividad. El muchacho que llegó sí vivía en La Toscana. Mi amigo lo provocó con una pregunta: “¿Verdad que ahí tiene su ostentosa casa López Obrador?”. Él, de edad universitaria en ese momento y evidentemente preparado, contestó: “Así es”. Intervine y le dije: “Es falso, no digas nada que no puedas demostrar”. Molesto añadió: “Me consta, yo mismo lo vi con la vendedora; escuché que regateaban el precio, dos millones de dólares”.
Ese joven no mintió. Simple y sencillamente tenía echada a perder su capacidad de percepción mínimamente objetiva de la realidad política. Su juicio lo trastornó por completo tanta polarización, tanto acusar a AMLO de todo lo malo, tantas mentiras en los medios, tanto repetir calumnias en redes sociales —Facebook ya era muy influyente en México—, tantos mensajes de texto con noticias falsas en el teléfono, tantos comentarios por el BlackBerry que me parece estaba de moda.
Hace unos pocos días estuve con una persona a la que aprecio, bastante inteligente y preparada, que me dio una interpretación francamente torcida, ¡mucho muy torcida! de la ley de protección a las audiencias que está promoviendo el gobierno de Claudia Sheinbaum. Increíble que alguien con un elevado nivel cultural y que además lee bastante, pueda estar en una situación de desinformación tan extrema.
A Epigmenio Ibarra, talentoso productor de TV militante del movimiento de izquierda, se le ha agredido en restaurantes solo por su militancia. Claro está, la gente de izquierda no canta mal las rancheras. Alguna vez alguien partidario del movimiento de AMLO agredió en la calle a Carlos Marín, periodista de Milenio que salía, si no recuerdo mal, del restaurante El Cardenal. Será mal columnista, pero no debe ser agredido. Ciro Gómez Leyva dio derecho de réplica en Radio Fórmula a un acusado de secuestro que fue liberado y este tipo, en vez de aprovechar el espacio para defender su inocencia con argumentos racionales, ofendió con furia al conductor del noticiero que durante años fue líder en rating. Eso no lo hace la gente educada y decente.
La polarización es la peor pandemia. Afecta a México y a otras naciones, que como Colombia han girado tan brutalmente a la extrema derecha que su futuro no puede presentarse más sombrío. Ahora mismo Europa está excesivamente polarizada por la migración. Es uno de los problemas que podrían hacer ganar las elecciones del próximo año en Francia a la ultraconservadora Marine Le Pen. España sufrió algo parecido a una invasión desde Marruecos y la primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, en vez de preguntar “en qué ayudo”, decidió proponer que la nación española quede marginada de Europa al sacarla del espacio Schengen, que garantiza el libre tráfico de personas en la Unión Europea.
En México lo peor es la gente de clase media alta y alta que tanto desea una intervención armada de Estados Unidos en nuestro país. Hablo con personas así, las leo en mi WhatsApp, sé lo que dicen en sus chats de vecinos, de organizaciones empresariales, de amigos.
Me sorprende la influencia que tienen o puedan tener analistas sin demasiados lectores como Jorge Fernández Menéndez, Jorge Castañeda y Raymundo Riva Palacio, que insisten en que México debe permitir que EEUU ingrese con sus tropas a México, y hasta de plano afirman que, nos guste o no, habrá una intervención armada porque eso aseguran sus fuentes de la CIA y el FBI. O quizá no es que tengan tanta influencia; quizá es que ellos reciben los mismos WhatsApp que yo de gente absolutamente enloquecida por la polarización.
El Deutschland spricht de Die Zeit
Es por esto que adquiere especial relevancia un proyecto del semanario alemán Die Zeit —cuya redacción principal y sede central están en Hamburgo, además de contar con oficinas en Berlín, Fráncfort y Zúrich, Suiza —.
Se trata de una iniciativa antipolarización llamada Deutschland spricht (Alemania habla; Germany Speaks en inglés, que es como se ha difundido en varios países). No es precisamente una red social: es una especie de Tinder de las discrepancias políticas. La idea es juntar parejas de personas con ideologías distintas que de plano no se entienden para que, simple y sencillamente, dialoguen sin insultarse, es decir, con algo tan básico para la convivencia —pero a veces tan escaso— como el respeto.
El diario alemán convoca cada determinado periodo de tiempo —una o dos veces al año— a personas de diferentes ideologías, con distintas preferencias políticas y con biografías diferentes. No sé exactamente cómo funcione, pero el resultado es que el sistema —un algoritmo— termina por reunir de forma presencial —de preferencia cerca de sus domicilios— a parejas de personas con ideas contrarias para que dialoguen y se entiendan. Es una iniciativa que ha crecido: existe Europa habla, existe Suiza habla; creo que llegó a EEUU, pero en México no la he visto.
El caso es que hoy en la mañana recibí por correo electrónico una invitación de Die Zeit para participar en esto, seguramente como la recibieron todas las personas suscritas a la revista. No voy a responder, ni siquiera hablo alemán —leo sus artículos en traducciones de Google—, pero me llamó la atención. Esto ocurre una o dos veces al año y se da también en otros países. Die Zeit permite que cualquier persona o cualquier empresa que quiera utilizar sus métodos, sus sistemas y sus algoritmos los copie y los reproduzca a través de su plataforma My Country Talks. Hay un Europa habla en el que los europeos, para combatir la polarización, se reúnen vía remota por videoconferencias.
En el Reino Unido el Britain Talks lo ha organizado The Daily Mirror. En Francia, la cadena pública europea Arte. Italia parla lo impulsó el periódico La Repubblica. En Suiza la cadena pública Swiss Broadcasting Corporation. En Polonia, el diario Gazeta Wyborcza.
El Europe Talks ha sido el proyecto de un consorcio de entre 15 y 20 medios europeos. Se ha usado en las elecciones de la Unión Europea.
En Alemania, hay que subrayarlo, el proyecto creció tanto que Die Zeit ha compartido el algoritmo con medios competidores de distintas líneas editoriales, como Der Spiegel, Frankfurter Allgemeine Zeitung, Handelsblatt, e incluso el popular Bild.
En México ningún diario desarrolló esta iniciativa. En América Latina se hizo en Argentina. Mi País Conversa lo han organizado la Fundación Bunge y Born en alianza con Infobae y el apoyo de la universidad Torcuato Di Tella.
En Brasil (O Brasil Fala) lo diseñó la propia plataforma de Die Zeit, My Country Talks, junto con investigadores de la Universidad de Stanford y el Instituto SIVIS. Se irán sumando medios de comunicación brasileños.
El Tinder antipolarización que México necesita
Respetuosamente quisiera proponer a la presidenta Sheinbaum que asigne un presupuesto extraordinario, mínimo desde luego, para gestionar una alianza entre la televisión pública y la UNAM —a través del secretario de Educación, Mario Delgado, o de la titular de Ciencia, Rosaura Ruiz, apreciada en esa universidad—.
El hecho es que, sin distraer otros recursos de la UNAM y de los medios públicos, creo que valdría la pena un proyecto basado en la tecnología My Country Talks, de Die Zeit. En tiempos de polarización, poner a dialogar a personas que no se entienden es lo mejor que podemos hacer.
Milton Friedman —neoliberal entre los economistas neoliberales— sostenía que las disputas entre gente de buena fe rara vez tienen que ver con los fines o con los valores fundamentales, ya que en el fondo casi todas las personas buscamos el bienestar de la sociedad. El debate está, o debería estar, en los métodos que cada quien propone: hay quienes apelan al mercado absolutamente libre, hay quienes prefieren la economía centralizada dirigida por el Estado, y hay quienes prefieren una tercera vía, como el británico Tony Blair.
Aunque el enfoque de Friedman era más bien técnico sobre los datos e incentivos —y a pesar de que con sobrada razón se le puede acusar de haber apoyado al fascismo en Chile—, creo que sus argumentos mencionados aquí tienen sentido.
La clave para nosotros sigue siendo ponerse en los zapatos del otro para discutir métodos de política pública. Un México habla podría ayudar bastante a que nos entendamos o al menos dejemos de ofendernos y calumniarnos quienes tenemos ideologías diferentes.



