Vivimos en un mundo tan fluido, ligero y móvil que hemos terminado por confundir la conexión constante con la presencia. En esta era del tránsito perpetuo, donde todo se desliza a la velocidad de un scroll en la pantalla, la atención se ha convertido en el bien más escaso y codiciado. Nos mudamos a habitar una realidad de bolsillo, ignorando que, al diluir los límites entre lo público y lo privado a través del teléfono celular, también estábamos desdibujando las fronteras del aprendizaje y la convivencia humana.

Por eso, el reciente acuerdo de la CONAEDU para regular los celulares en las escuelas de México se siente menos como una imposición burocrática y más como un necesario freno de mano de la sociedad. Al prohibir su uso en la educación básica, limitar su presencia en la media superior y normarla en la superior, el Estado no está simplemente vetando un aparato tecnológico, está intentando rescatar un ecosistema en peligro de extinción: el aula como un espacio sagrado de encuentro y concentración.

El verdadero drama de las pantallas en la infancia y la juventud no radica solo en la distracción durante la clase, sino en el sutil despojo de los rituales más humanos. El celular se había convertido en el perfecto escudo para evitar el aburrimiento, pero también para rehuir la mirada del otro. En el recreo, el patio escolar arriesgaba volverse un archipiélago de islas solitarias iluminadas por rostros mudos. Retirar el dispositivo de la jornada escolar en los más pequeños es devolverles el derecho al juego espontáneo, a la negociación cara a cara, a la frustración creadora y a la empatía que solo se aprende leyendo los gestos del compañero de banca.

Esta medida sacude con fuerza el entorno familiar y nos coloca a los adultos frente a un espejo incómodo. El aula se transformó durante años en la trinchera que debía contener una crisis gestada en el hogar, donde el teléfono opera demasiadas veces como la anestesia perfecta para el ruido cotidiano. El éxito de este paso no se medirá en el número de teléfonos decomisados en la entrada, sino en la capacidad de los padres y docentes para asumir la corresponsabilidad de educar en la desconexión.

La gradualidad que propone el acuerdo para jóvenes de preparatoria y universidad es un acierto, pues entiende que la madurez no se logra con la prohibición perpetua, sino con la conquista de la autonomía y el criterio propio. El reto que se abre en los próximos meses es enorme. No se trata de satanizar las herramientas que definen nuestra época, sino de recordar que la tecnología debe estar al servicio del pensamiento, y no al revés.

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Ojalá que este silencio digital que comenzará a habitar las aulas nos sirva para recordar cómo se escucha sin prisa y cómo se habita, realmente, el presente. Juntas y juntos impulsemos conexiones auténticas, en las que volvamos a mirarnos a los ojos y no a través de las pantallas.

Jennifer Islas. Política y conferencista.

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