He intentado quitarme el hábito de ver el celular al despertar, pero aún no puedo lograrlo. Con una diferencia horaria de al menos ocho horas, lo primero que llega a mi mente es la urgencia por la novedad sobre eso que ocurrió mientras dormía y casi diario, tal vez por ser estudiosa de temas de género, recibo un bombardeo ilimitado de nuevas disputas que amenazan los derechos de las mujeres. Recibo también contenido sobre las estrategias que arman las congéneres de todo el mundo para enfrentar aquello.

Un día, se trató sobre renunciar al voto femenino, o de que un gobierno se planteara seriamente restringirlo, como Estados Unidos con la SAVE Act que está atorada en el Senado y plantea reformar la National Voter Registration Act de 1993 para exigir prueba documental de ciudadanía estadounidense al registrarse para votar en elecciones federales.

El dulce envenenado está en que, indirectamente, una disposición exige un documento de ciudadanía (acta de nacimiento, pasaporte) y en Estados Unidos la mayoría de las mujeres casadas cambia su apellido, de modo que su nombre legal actual no coincide con el que aparece en su acta de nacimiento. Hasta sesenta y nueve millones de mujeres estadounidenses tienen actas de nacimiento que no corresponden a su nombre actual, según un análisis del Center for American Progress. Las mujeres latinas casadas con estadounidenses caen en el mismo supuesto.

Hay una disposición que aborda qué hacer cuando el nombre del acta de nacimiento no coincide con el nombre actual y ordena a los estados establecer procesos para aportar “documentación adicional según sea necesario”. Es decir, esas mujeres tendrían que presentar documentación del cambio de nombre o firmar una declaración jurada. Aunque no perderían su derecho al voto, su participación estaría condicionada a la aclaración y la situación migratoria de las latinas se encontraría directamente bajo un proceso administrativo del que podrían terminar deportadas. Más allá de la legalidad, la pedagogía de la autocensura democrática les dice a las mujeres que se eviten el riesgo o el desgaste absteniéndose de participar.

Todos los debates se han centrado en Erika Kirk y las declaraciones durante la cumbre de Turning Point USA sobre el “voto por hogar”, pero nadie está apuntando a que los efectos indirectos de una legislación que automáticamente tendría un impacto disuasivo del voto femenino, ya está en proceso de aprobación. De hecho, pareciera que el debate viral busca preparar mental y argumentativamente a esas comunidades para lo que vendrá. Sucedió antes con los derechos reproductivos a nivel constitucional y la revocación de 2022 del caso Roe contra Wade. Hubo condena y protestas, pero ni eso bastó para que algo cambiara. El efecto inhibidor del voto femenino está a disposición del Senado después de que el once de febrero de este año fue aprobada en la Cámara la SAVE America Act y que el diez de abril del año anterior fuera aprobada la SAVE Act.

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Al final, si esta legislación continúa hasta su aprobación y entrada en vigor, no solo las mujeres casadas serían afectadas: también quienes tengan nombres discordantes podrían necesitar documentos adicionales como acta de matrimonio o sentencia de divorcio que vinculen su identidad pasada y actual, con consecuencias desproporcionadas para millones de mujeres casadas y divorciadas. Ni hablar de las personas trans y otras que hayan cambiado de nombre.

Pero los embates que castigan a las mujeres por tener independencia y autonomía están en lo cotidiano. A veces miramos el extremo de la violencia en la nota roja, pero en la hamburguesa triple de la primera cita y los discursos de hombres que sugieren evitar salir con mujeres que han viajado por ser difíciles de impresionar también hay algo de discurso violento. Así como en las ideas de rechazar a las viajeras por la posibilidad de que hayan vivido demasiado.

Es como si la amenaza estuviera en la habitación, pero también dentro de la escuela. En el anhelo de compartir la mesa o la vida, así como en el grupo fascista de las élites que gobiernan. En los congresos y parlamentos tanto como en las salidas de fiesta y los espacios de tonteo.

Las mujeres del movimiento feminista surcoreano, que hace una década nos enseñaron la primera ruta de resistencia con el 4B (1. Bihon, no al matrimonio heterosexual; 2. Bichulsan, no a la maternidad; 3. Biyeonae, no a las citas con hombres; 4. Bisekseu, no al sexo con hombres), ahora han transitado al 6B4T y de nuevo, con su resistencia, le muestran a Occidente que siempre hay más espacios por descolonizar. Uso la palabra porque el patriarcado y la monogamia están intrínsecamente relacionados con la colonización. Después de todo, fueron los colonizadores quienes impusieron a Latinoamérica la idea de que un lazo matrimonial es tan fuerte como para borrar todo tipo de agravio y abuso previo, pues con ese lazo, “Dios bendice la unión” y, por supuesto, su fruto. Entonces la estampida de violaciones y abuso infantil quedó justificada en el momento en que los conquistadores tomaron a mujeres indígenas como esposas, y a eso le llamamos mestizaje. Algunos hoy siguen agradeciendo que hordas de españoles llegaran en barcos a mancillar a sus tatarabuelas, bisabuelas y abuelas, pues eso les permite cargar la tez blanca y los apellidos europeos.

El 6B4T tiene como militantes a mujeres que eligen el celibato voluntario para protegerse de la violencia masculina. No odian a los hombres, pero tampoco están dispuestas a correr el riesgo de convertirse en parte de una estadística que ni siquiera iguala a la de México. La epidemia es de violencia sexual por vías digitales mediante la creación de contenido íntimo con IA. Las nuevas medidas que se suman al 4B son: 5. Bisobi, el boicot a productos de empresas machistas que usan o sexualizan la imagen femenina y explotan simbólicamente a las mujeres; y 6. Bidopbi, el compromiso de mujeres solteras de prestarse ayuda mutua y apoyo económico. Eso convierte las 4B en 6B, directo sobre nuestra forma de entender la economía. Las 4T son aún mejores: 1. Tal-corset, el rechazo de los estándares de belleza rígidos, la cirugía estética y la fobia a los cuerpos diversos; 2. Tal-jonggyo, el abandono de las religiones patriarcales; 3. Tal-otaku, el rechazo a la cultura otaku que hipersexualiza a las mujeres; y 4. Tal-idol, el boicot a la industria de los ídolos pop que promueven dinámicas de pareja o de consumo tóxicas.

En el fondo, cada día de esta semana me he preguntado si es que se ha diluido por completo la posibilidad de un camino reconciliador. ¿Acaso el aislamiento por género es la única salida para mantenernos vivas y con derechos? ¿Realmente hay más gobiernos mirándonos como adversarias? ¿Nuestros feminismos o intentos por vivir lo más libres y autónomas posible son los nuevos terrorismos de extrema izquierda que combatirán Marco Rubio y Donald Trump? ¿Hay alguien más en esta habitación?