En México hay millones de mujeres que trabajan todos los días, pero cuya jornada nunca termina. Salen de una oficina, de una fábrica, de un comercio o de cualquier otro empleo y, al llegar a casa, comienza una segunda jornada que nadie les reconoce, que nadie les remunera y de la que casi nunca pueden descansar.
Cuidan a sus hijos, atienden a sus padres, acompañan a familiares enfermos, preparan alimentos, limpian, organizan y resuelven. Y mientras todo eso sucede, sus propias necesidades suelen quedar al final de la lista.
Hemos normalizado tanto que las mujeres se hagan cargo de todo, que dejamos de preguntarnos quién se está haciendo cargo de ellas.
Durante generaciones se nos enseñó que cuidar era una obligación femenina. Que una buena madre debía sacrificarse, que una buena hija debía estar disponible y que una buena esposa tenía que poder con todo. Así, lo que debería ser una responsabilidad compartida terminó convertido en una exigencia casi exclusiva para las mujeres.
Y todavía hay quienes llaman amor a lo que muchas veces es una profunda desigualdad.
Porque una cosa es cuidar por amor y otra muy distinta es que una mujer no tenga alternativa.
Los números exhiben la magnitud de esta injusticia. De acuerdo con el INEGI, en 2024 el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado representó el 23.9% del Producto Interno Bruto nacional. De ese valor, el 72.6% fue aportado por mujeres.
Estamos hablando de aproximadamente ocho billones de pesos en trabajo que sostiene hogares, permite que otras personas salgan a trabajar y mantiene funcionando buena parte de nuestra economía.
México se beneficia todos los días de un trabajo que, en su mayor parte, realizan las mujeres sin recibir un solo peso a cambio.
Y el costo no se mide únicamente en dinero.
Se mide en las mujeres que abandonaron sus estudios. En las que rechazaron un empleo porque no tenían con quién dejar a sus hijos. En las que renunciaron a una oportunidad profesional para cuidar a un familiar enfermo. En las que dejaron de atender su propia salud porque siempre había alguien más que necesitaba algo primero.
Se mide en proyectos interrumpidos, independencia económica postergada y vidas que tuvieron que construirse alrededor de las necesidades de los demás.
He escuchado esas historias de mujeres que viven en Miguel Hidalgo. Mujeres que trabajan, que sostienen a sus familias y que, aun estando agotadas, sienten que no tienen derecho a detenerse.
Muchas me han dicho prácticamente lo mismo: “si yo no lo hago, ¿quién lo va a hacer?”.
Esa pregunta debería incomodarnos como sociedad. Porque detrás de ella hay una realidad que hemos tolerado demasiado tiempo: para que muchos puedan desarrollar su vida, demasiadas mujeres han tenido que renunciar a una parte de la suya.
No se trata de restarle valor a la maternidad, a la familia o al cuidado. Al contrario. Se trata de reconocer que cuidar es indispensable y precisamente por eso no puede seguir siendo una responsabilidad que las mujeres enfrenten en soledad.
Tampoco se trata de enfrentar a mujeres contra hombres. Se trata de terminar con una distribución profundamente desigual de las responsabilidades.
Un hombre no está “ayudando” cuando cuida a sus hijos. Está ejerciendo su responsabilidad. No está haciendo un favor cuando limpia su casa, prepara alimentos o acompaña a sus padres al médico.
La igualdad no puede terminar en la puerta de la casa. Y tampoco puede quedarse únicamente en el discurso público.
Por eso es importante reconocer que hoy existe una transformación en la manera de entender los cuidados desde el Estado.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha colocado la construcción de un Sistema Nacional y Progresivo de Cuidados dentro de las prioridades de su gobierno, con una meta de mil Centros de Educación y Cuidado Infantil hacia 2030.
En la Ciudad de México, la jefa de Gobierno, Clara Brugada, ha impulsado una transformación igualmente importante con la Ley del Sistema de Cuidados, que reconoce el derecho a recibir cuidados, a cuidar y al autocuidado.
Son decisiones que marcan una diferencia fundamental: reconocer que el cuidado no puede seguir dependiendo exclusivamente de los recursos, el tiempo y el sacrificio de cada familia.
Durante demasiado tiempo se trató como un problema privado lo que en realidad es una responsabilidad pública y colectiva.
Pero reconocer un derecho es apenas el principio. La verdadera transformación ocurre cuando ese derecho puede ejercerse en la vida cotidiana.
Una madre trabajadora no necesita solamente que le digan que tiene derecho al cuidado. Necesita un centro cercano, seguro y accesible donde sus hijos puedan ser atendidos. Una mujer que cuida a sus padres adultos mayores necesita servicios y apoyos reales. Una familia con una persona con discapacidad necesita acompañamiento, infraestructura y alternativas.
Y quien dedica buena parte de su vida a cuidar también necesita tiempo para descansar, atender su salud y construir un futuro propio.
Por eso este debate tiene que llegar hasta el último rincón de nuestra ciudad, incluida Miguel Hidalgo.
Aquí también hay mujeres que salen a trabajar sin tener resuelto quién cuidará a sus hijos. Hijas que sostienen solas la atención de sus padres. Familias que no encuentran servicios accesibles y personas cuidadoras que viven agotadas, invisibles para las políticas públicas.
Mientras el Gobierno de México y el Gobierno de la Ciudad de México avanzan en la construcción de sistemas de cuidados, las alcaldías tienen la responsabilidad de involucrarse desde sus atribuciones y recursos.
En Miguel Hidalgo necesitamos respuestas concretas.
¿Cuántas personas cuidadoras han sido identificadas? ¿Qué servicios existen para apoyarlas? ¿Qué tan accesibles son? ¿Qué coordinación se está construyendo con el Gobierno de la Ciudad para acercar esta política a las colonias?
No basta con hablar de bienestar cuando se ignora el trabajo que sostiene diariamente a miles de familias.
Una alcaldía no puede presumir calidad de vida si desconoce las condiciones en las que viven quienes dedican la suya a cuidar a los demás.
Desde mi responsabilidad como diputada federal, he asumido la defensa de los derechos de las mujeres como una causa permanente. Y desde la Fundación María Teresa Ealy Díaz A.C. he aprendido que acompañar a una mujer implica también reconocer las condiciones económicas, familiares y sociales que limitan su autonomía.
Por eso seguiré impulsando una agenda legislativa que contribuya a fortalecer los servicios de cuidados, ampliar las oportunidades de las mujeres y avanzar hacia una distribución más justa de las responsabilidades dentro y fuera de los hogares.
Porque la autonomía de las mujeres no puede existir plenamente cuando su tiempo nunca les pertenece.
Y porque no podemos seguir celebrando como una virtud que una mujer sea capaz de sacrificarlo todo.
Hay una diferencia enorme entre reconocer la fortaleza de las mujeres y utilizar esa fortaleza como pretexto para exigirles que soporten cualquier carga.
Las mujeres no necesitan que la sociedad les repita que son extraordinarias por poder con todo. Necesitan condiciones para no tener que poder con todo.
Necesitan tiempo, independencia económica, oportunidades, servicios públicos y corresponsabilidad.
Necesitan que el Estado haga su parte, que los hombres asuman la suya y que la sociedad deje de considerar natural una desigualdad que lleva generaciones reproduciéndose.
Porque mientras cuidar siga significando para millones de mujeres renunciar a sus sueños, a sus ingresos, a su descanso y a su libertad, no podremos hablar de igualdad plena.
Y hay algo que debemos entender de una vez por todas: El problema nunca ha sido que las mujeres no puedan con todo. El problema es que hemos construido una sociedad que sigue esperando que lo hagan.
María Teresa Ealy Díaz. Diputada Federal LXVI Legislatura.
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