Alejandro Moreno es uno de los personajes menos queridos por los mexicanos y por la opinión pública nacional. Ha sido señalado en numerosas ocasiones por presuntos actos de corrupción durante su paso por el gobierno de Campeche, a la vez que ha sido vilipendiado por propios y extraños por su actuación como presidente nacional del PRI. Se le ha igualmente reprochado haber destruido la estructura organizacional de su partido y de haberlo conducido a la catástrofe electoral.
Conviene también recordar que es el único presidente de un partido político mexicano que es igualmente legislador de la República. En otras palabras, tras una serie de reformas y operaciones al interior del Revolucionario Institucional, impuso su permanencia en la dirigencia, pero a la vez, aseguró su fuero constitucional como senador. Es un hombre polémico, detestado por muchos y temido por otros.
En días recientes viajó de nuevo a Washington y presentó una acusación contra los consejeros del INE por haberle obligado a dejar de nombrar a Morena como “narcopartido”, y pidió al Departamento de Estado que, bajo la propia legislación estadounidense, se sancionará a los citados funcionarios por actos de censura, lo que podría implicar el bloqueo de activos en Estados Unidos. Difícilmente su solicitud será escuchada.
Con independencia sobre la solidez de los argumentos de Moreno, lo que sí es una realidad es que se ha tratado de un acto de desesperación. Por un lado, sabe bien que el PAN y MC venderán extremadamente cara su alianza con el PRI rumbo a 2027, lo que podría provocar un derrumbe absoluto de este último, y quizás, que el propio Alito se encuentre sin la protección de un cargo federal, lo que lo dejaría a merced de la FGR y de su enemiga la gobernadora Layda Sansores.
Y por el otro, sus acusaciones en Washington, aunque procedieran y el gobierno estadounidense actuara, tendría nefastas consecuencias, en términos electorales, para un PRI moribundo que parece no ver el remedio para sus males. Será acusado de traidor a la patria, de recurrir a los estadounidenses, y en suma, de vender al país.
Alito sabe bien que el PRI no puede ganar en solitario y que las inventivas por “vender” a México en Washington serán implacables. Sabe también que el Departamento de Estado prestará oídos sordos a un político mexicano condenado al ostracismo. ¿Ha pretendido entonces encender la polémica, ganarse el voto antimorenista a ultranza y defender el valor de su partido frente a MC y al PAN con miras a la elección del año que viene, y así gozar seguro de un cargo como legislador federal? Lo veremos.
